Mientras vemos las aeronaves americanas salir de Afganistán, los antiamericanos celebran una derrota más al imperialismo; y quienes simpatizan con el derecho de los países islámicos a decidir cuál va a ser su gobierno (así sea este radicalmente conservador) insisten en que es más importante promover ese mito de la “libre determinación de los pueblos”, que una cultura cosmopolita de libertades civiles e igualdad de género.
Sin embargo, ni los antiamericanos ni los pro-“autodeterminación” parecen ser conscientes de que no es “el imperialismo americano” el que hoy comete las mayores agresiones contra una comunidad islámica, sino el Partido Comunista de China, precisamente a causa de la salida de Estados Unidos de Afganistán.
La vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores de China dijo que su país respeta la voluntad y elección del pueblo afgano. Casi al mismo tiempo, el Ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, atacó la apresurada y desordenada salida de Estados Unidos.
Esta salida es contradictoria para China. Por una parte, le abre oportunidades de negocios y acceso a los recursos naturales de Afganistán, y aleja a miles de tropas estadounidenses, con sus bases y aeronaves, de la frontera que China comparte con Afganistán. Sin embargo, también genera un potencial problema de seguridad, pues esa misma frontera se halla en Xinjiang, una región islámica que el imperio chino colonizó en el siglo XVIII, y donde el Partido Comunista mantiene subyugada a la población local uigur.
Más que Israel, más que Estados Unidos, más que cualquier país europeo, hoy es el Partido Comunista de China el que desata la mayor opresión y violencia contra una nación del islam. El gobierno chino, en buena medida, ha iniciado un genocidio precisamente para prepararse contra lo que ha sucedido: el fin de la presencia estadounidense en Afganistán.
Uno puede atacar a Donald Trump por muchos motivos, pero fue el único presidente de Estados Unidos en décadas que no ha iniciado un conflicto bélico en un país extranjero, y cumplió su promesa de campaña de sacar a las tropas americanas de Afganistán, un proceso que Biden podía aplazar o continuar, y con buenos motivos culminó. Se cometieron en el camino una infinidad de errores y transgresiones éticas: algunas de las últimas fueron dejar a la deriva a los afganos que confiaron en el proceso de construcción de nación cosmopolita en el que Estados Unidos equivocadamente se embarcó.
Desde hace al menos cuatro años, China sabía que la ocupación estadounidense de Afganistán tenía los días contados. Esa ocupación fue conveniente para China, porque distrajo los recursos y las fuerzas militares americanas, y porque mantenía bajo control al extremismo islámico en un país que le era fronterizo. Por eso, hace unos cuatro años, comenzó una nueva fase de opresión a la nación uigur en el territorio de Xinjiang.
Se calcula que uno de cada ocho uigures de China han estado en uno de los campo de concentración que el Partido Comunista ha creado para los musulmanes de esa etnia. Los campos de internamiento, que China llama de reeducación, son para combatir el extremismo y terrorismo islámico en Xinjiang, en palabras de China. El Partido Comunista dice que, desde 2014, han eliminado en Xinjiang a 1.588 grupos violentos y terroristas, arrestado a 12.995 terroristas, decomisado 2.052 artefactos explosivos, y confiscado 345.229 copias de material religioso ilegal.
Hasta ahora, ha sido tímida la denuncia de los demás grupos y países islámicos a los abusos del Partido Comunista de China contra los musulmanes. Entretanto, el terrorismo islámico en China ha sido casi nulo. No se sabe, sin embargo, qué pueda suceder con una Afganistán ocupada por talibanes que han protegido a grupos terroristas internacionales.
Mientras Occidente se ha puesto en la costosa tarea de impedir el terrorismo haciendo avanzadas militares en otros países, y exportando campos de internamiento (Estados Unidos tiene el suyo en Cuba); China no acude a las invasiones internacionales, sino a campos de concentración dentro de su propio territorio, a la permanente vigilancia de los grupos sospechosos, al control policial y a una represión que cabe dentro de la definición de genocidio.
Cómo impedir el terrorismo en un Estado totalitario es una receta que ya existe, y es la que China va a seguir, no sabemos aún con cuánto éxito. No obstante, lo complejo no es reprimir con campos de concentración y autoritarismo automatizado, sino con herramientas democráticas y sin invadir otros países.
Occidente lleva 20 años luchando contra el terrorismo con herramientas más o menos democráticas en casa, y herramientas totalitarias fuera de casa. Ahora que se le acaban los terrenos de lucha en el extranjero, ¿qué hará para proteger sus fronteras?
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