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4 Aug 2022 - 5:00 a. m.

Con gastos reservados no hay Velásquez que valga

Más cómodamente que en el resto de la actual izquierda latinoamericana, Petro por lo pronto cae entre el liberalismo de Ernesto Samper y Juan Manuel Santos. Su prepresidencia es una brisa de aire fresco pero familiar. Los académicos experimentados con un crisol de afinidades políticas (salvo pseudoacadémicos de ultraderecha como Darío Acevedo) comparten gabinete con activistas que pasan de la oposición al gobierno, y se acunan en el pragmatismo de los fixers politiqueros enlistados para aceitar la máquina de gobierno y ganar elecciones regionales.

Pero hay un nombramiento que muy irónicamente lo acerca al estilo del primer gobierno de Álvaro Uribe: el ministro de Defensa Iván Velásquez.

Digo irónico, porque Álvaro Uribe atacó encarnizadamente a Iván Velásquez durante los juicios por parapolítica, que llevaron a unos 40 congresistas del uribismo a la cárcel por sus nexos con grupos paramilitares. No hay miembro del nuevo gabinete que esté más lejos del uribismo, pero su nombramiento tiene varias similitudes con el nombramiento de la primera ministra de Defensa de Álvaro Uribe.

En ese entonces, antes de ser senadora, antes del Memo Fantasma y los cuestionamientos por la apresurada y sospechosa APP del Canal del Dique, Marta Lucía Ramírez era una estrella en ascenso. Abogada y economista tecnócrata con un exitoso Ministerio de Comercio Exterior en su hoja de vida, su nombramiento como ministra de Defensa era el más avezado de cualquier presidente colombiano hasta entonces.

Al igual que el nombramiento de Iván Velásquez, el de Marta Lucía Ramírez detonó hondas molestias en el estamento militar. Tanto así que duró poco más de un año en el cargo. En 2014 tuve una interesante conversación con alguien que estuvo muy cerca de Ramírez durante su ministerio. Dijo que fueron los generales quienes presionaron para sacarla del ministerio, porque sus iniciativas anticorrupción estaban afectando los ingresos paralelos de los altos oficiales.

Quizás Uribe estuvo dispuesto a jugársela una vez por eliminar la corrupción entre las fuerzas militares, pero no a jugársela dos veces. Quizás la experiencia del ministerio le enseñó a Ramírez qué principios tendría que comprometer para realizar sus ambiciones políticas. Quizás el Ministerio de Defensa le dio una agria lección de cinismo y allí sepultó su ingenuidad.

¿Pero es ingenuo pensar en que se puede limpiar a las fuerzas militares?

Yo creo que sí. Admiro muchísimo a Iván Velásquez, pero creo que su misión, al igual que la de Marta Lucía Ramírez en el 2002, está condenada al fracaso, a no ser que se introduzca una reforma fundamental.

Si bien Gustavo Petro probablemente le dé un respaldo más sólido a Iván Velásquez que el poco respaldo que Álvaro Uribe le dio a Marta Lucía Ramírez, la batalla por la limpieza de las instituciones militares es de larga duración, no de cuatro años, y requiere de eliminar la reserva sobre los gastos del Ministerio de Defensa, las Fuerzas Armadas y la Policía.

Mientras los gastos militares no estén abiertos al escrutinio público, habrá enormes niveles de corrupción. Iván Velásquez es una piedra en el zapato para los militares, pero su ministerio eventualmente terminará y los cambios administrativos que haga se pueden echar para atrás en el siguiente gobierno. A diferencia de los funcionarios civiles, los oficiales están allí a largo plazo.

Creo que Iván Velásquez es el nombramiento más interesante y acertado del gobierno Petro. Confío en que su gestión tendrá éxitos, si lo dejan, y si Petro está dispuesto a pagar el costo de mantener un antagonismo aún más profundo con las fuerzas militares del que ya tiene.

Uribe, que tenía las fuerzas militares a favor cuando comenzó su gobierno, no pudo sostener el pulso contra los oficiales. Al final les dio tanta rienda suelta que terminamos en el máximo horror de la corrupción: un ejército que asesinaba campesinos para repartirse el dinero de millonarias recompensas.

El contexto de guerra ahora es otro. No hay ningún grupo armado amenazando directamente al Estado colombiano en una guerra de posiciones, así que oponerse a los oficiales corruptos no tiene el mismo costo estratégico. La lucha por permitir el escrutinio público de los gastos militares y de la policía puede darse. Es el paso más importante a largo plazo contra la corrupción, pero será duro y arriesgado.

Twitter: @santiagovillach

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