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Covid-ization

Santiago Villa

12 de agosto de 2021 - 12:00 a. m.

Imagino libros de historia de un futuro no muy lejano que hablen de la pandemia de COVID-19 como el primer acontecimiento plenamente globalizado. Por más que se resalten las interconexiones de los mercados, las cadenas de producción transnacionales, la movilidad de las personas, la caída de los regímenes políticos cerrados y la apertura de prácticamente todos los países a una comunidad de economías de mercado (entendiendo a China como una economía de mercado), la COVID-19 ha sido el primer evento plenamente global.

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La lista de países que han estado libres de COVID-19 es tan pequeña como sus habitantes. La mayoría son islas: Tuvalu, Tonga, Tokelau, Palau, Niue, Nauru, Kiribati y Micronesia, por ejemplo. Algunas dictaduras como Turkmenistán y Corea del Norte afirman, con poca credibilidad, que a sus regímenes no llegó la COVID-19. Sea como fuere, todos estos países libres de COVID han puesto en práctica políticas para mitigar o evitar su entrada. Ninguno es indiferente.

Los fenómenos estructurales, por su naturaleza generalista, suelen albergar paradojas. No excepciones, sino contradicciones que hacen parte de su misma lógica. Ese acontecimiento global absoluto que es la COVID-19 confirma la solidez de la globalización. COVID-19 es hasta ahora el ápice de esa gran estructura civilizatoria de nuestra especie, la globalización, al tiempo que constituyó su más seria amenaza.

Habría podido suceder de otra manera. Si el virus fuese un poco más letal y no se hubiera desarrollado la vacuna, las barreras al movimiento habrían sido más profundas y los países habrían comenzado a aislarse. La globalización es una estructura de civilización estable y duradera, pero una pandemia como esta habría podido echarla abajo.

Hubo, sin embargo, procesos que sí se vieron afectados y que han cambiado el rumbo que llevaba la globalización.

La posición de China es uno de los principales cambios. Durante el 2020, el gobierno de China echó por la borda la política de “soft power” que le había caracterizado desde los años noventa, y entró decididamente al terreno del imperialismo “hard power”. Hubo, por ejemplo, incursiones armadas a territorio indio que generaron breves escaramuzas.

Desde la masacre de Tiananmen de 1989, el gobierno de China también se había cuidado de ejercer acciones abiertamente desafiantes hacia los valores de la comunidad internacional. Esta política le había permitido ampliar su radio de influencia en el mundo desde una imagen de gigante benevolente. Si bien era una maniobra de propaganda a escala global que disimulaba los muchos abusos que el gobierno cometía contra los ciudadanos dentro de sus fronteras, el “Gran Panda” podía presentarse como la nueva superpotencia que, a diferencia de Estados Unidos y los demás poderes occidentales, no invadía otros países, no derrocaba gobiernos extranjeros y sumía sociedades en el caos por interés monetario o fantasías políticas, y abogaba por un nuevo orden mundial basado en el multilateralismo y el diálogo.

El secretario general del Partido Comunista de China, Xi Jinping, comenzó a virar el timón de esta macro política hacia un iceberg desde un par de años después de comenzar de su mandato, y la colisión finalmente ocurrió en 2020.

El genocidio de los uigures le introdujo a la deshonrosa lista de estados genocidas, como la Alemania nazi, la Ruanda hutu y Myanmar. Su ruptura del acuerdo de Un País/Dos Sistemas en Hong Kong, y el aprovechamiento de la pandemia para eliminar las libertades civiles en la isla, es una bofetada a un proceso de goodwill que todos tácitamente habían aceptado que terminaría mal para las libertades de Hong Kong, solo que no antes del tiempo acordado. La negativa del gobierno de China a colaborar con la investigación por los orígenes de la COVID-19 despierta sospechas de si el virus es el Chernóbil del siglo XXI.

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China ciertamente no está aislada. Ya no podrá estarlo por los profundos lazos comerciales y financieros de las cadenas de producción y circulación de capitales. En suma, por la globalización. Sin embargo, la globalización pos-COVID-19 nos presenta a un Partido Comunista de China que asoma la misma agresividad que cualquier otra potencia imperialista.

Twitter: @santiagovillach

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