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El fin de la cooperación internacional

Santiago Villa

14 de febrero de 2025 - 12:00 a. m.
“Estados Unidos ha desechado su más poderosa herramienta de 'soft power' y sustento ético de su poder: la filantropía”: Santiago Villa.
Foto: AFP - JEWEL SAMAD

El mundo cambió. La confianza en Estados Unidos se diluye en un espectáculo de fuerza que será insostenible en el largo plazo; la democracia y la información verificable son monedas devaluadas; el respeto por las fronteras internacionales es espurio y fracasamos en la lucha contra el cambio climático. Vienen tiempos difíciles.

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Por ser historiador de formación aprendí la obsesión por la cronología y ponerle fechas al inicio de procesos de cambio, así sean aproximadas. Yo diría que el 11 de septiembre del 2001 comenzó la desintegración del orden que tuvimos después de la caída del Muro de Berlín y una breve etapa de globalización. La invasión a Irak en 2003 deshizo la red de alianzas internacionales de Estados Unidos y también la credibilidad en que fuera un poder que generara estabilidad mundial.

El fracaso de Estados Unidos por integrar por las buenas o por las malas a la región del Medio Oriente y Asia Central a ese mismo orden liberal al que integró durante un tiempo a los antiguos países de la Unión Soviética, y en mucha menor medida a China, frustró su aparente victoria en la Guerra Fría. Aparente porque no fue definitiva. La Guerra Fría no acabó: durante un tiempo sólo se puso más fría.

Pero para hablar de una continuidad de la Guerra Fría hay que sacarla del molde comunismo vs. capitalismo, y entenderla como lo que en realidad fue: la reestructuración de la competencia entre imperios que le sobrevino a la caída de los imperios europeos y japonés. Europa y Japón quedaron bajo la órbita estadounidense; Rusia y China como aliados inestables hicieron la competencia. No es claro cómo se resolverá esta tensión, pero con la presidencia Trump, Rusia y China toman la delantera. En especial porque Estados Unidos ha desechado su más poderosa herramienta de soft power y principal sustento ético de su poder: la filantropía.

Desde finales de siglo XIX, Estados Unidos ha oscilado entre impulsos de imperialismo ilustrado e imperialismo despótico, entre el misionero y el colono, el Demócrata y el Republicano. No obstante, desde que John F. Kennedy creó la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), poco a poco comenzaba a ser más protagónico el impulso misionero. No por nada a las agencias de esta organización en el mundo se les llamaba “misiones”.

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La influencia del Estados Unidos “misionero” (que de propagar el cristianismo y la democracia a comienzos de siglo XX pasó en la segunda mitad de siglo a propagar la democracia, las bases para una economía de mercado próspera y los derechos humanos) tuvo una época dorada entre 1992 y 2024. No obstante, con el colapso de Usaid en el mundo, el viernes Trump sonó el fin de la cooperación internacional.

Así en el futuro haya reversos, al igual que en la lucha contra el cambio climático, en la cooperación internacional Estados Unidos ya no es un socio confiable, porque no se puede contar con uno de los dos partidos de gobierno que alternan en el poder. Por ser el mayor financiador de organizaciones no gubernamentales en el mundo, la suspensión de las actividades de Usaid en el peor de los casos desencadenará un derrumbamiento similar al que padecieron las industrias de restaurantes y hotelería durante la pandemia de COVID-19. Y cuando pase la tormenta, las cosas no volverán a ser como antes. Los contratistas serán reacios a aceptar contratos de largo plazo y los programas serán más pequeños, de ambición limitada, y por tanto menos significativos.

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Entre 2020 y 2024 hice una transición hacia el trabajo con cooperación internacional, a pesar de que era escéptico de ella. No pensaba que solucionara los problemas estructurales y era aprehensivo de que propagara el imperialismo norteamericano. No obstante, durante los años que trabajé en organizaciones financiadas principalmente por Usaid y el Departamento de Estado, vi un equipo de funcionarios estadounidenses respetuosos de la autonomía de los países que apoyaban y dispuestos a trabajar con gobiernos democráticos de cualquier inclinación política. En las organizaciones que se apoyaban estuve rodeado de personas comprometidas con generar mejoras mediante los programas que implementaban y un profundo conocimiento de los problemas que atacaban. Su trabajo generaba cambios que, si bien no son estructurales, y no son por sí solos lo que saca a un país de la pobreza o el conflicto armado, sin duda son una enorme contribución.

Durante los últimos dos años he escrito muy poco en esta columna porque, como mencioné en una de mis últimas, mi trabajo en organizaciones de cooperación internacional generaba conflictos de interés periodísticos. Fue una limitación autoimpuesta. Ninguna de las organizaciones con las que trabajé me lo exigió y tampoco hubo ningún intento de su parte por influir en lo que yo escribiera para este diario.

Vuelvo a esta columna por varios motivos. No sé en este momento si habrá más cooperación internacional en mi futuro y no tengo ya conflictos de interés. También me había tomado un tiempo para revaluar sobre qué escribir. Tras más de diez años tendía a repetirme y no creía que aportara lo suficiente a quien leía mis textos. Ahora estoy en Washington D. C., y viendo desde cerca la llegada de Trump podría soplar aire nuevo a estos textos.

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