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La pandemia de COVID-19 ha coincidido con las acciones más decisivas durante los últimos años, por parte de China y Rusia, para mostrarse como poderes que no están dispuestos a aceptar las limitaciones que las potencias occidentales se acostumbraron a pensar que eran normales, porque fueron acordadas con ellas cuando estos países estaban en una condición de debilidad.
Los jugadores fortalecidos no aceptan ya las viejas reglas, y esto está generando un resquebrajamiento del orden centrado en la visión de mundo que las potencias occidentales proyectaron a partir de la década de 1990. ¿Es esto bueno o malo? Depende para quién y cómo se mire. En general, augura una contracción de los valores democráticos en el mundo, pero también una reducción del caos y la desestabilización que generó la propagación violenta de los valores democráticos. Es posible que el COVID-19 tuviera algo que ver. China, por ejemplo, aprovechó el peor pico de la pandemia en occidente para, el 30 de junio de 2020, imponer una ley de seguridad en Hong Kong, que efectivamente eliminaba las libertades civiles que debían regir hasta el 2047. Los derechos democráticos de los que gozó Hong Kong entre 1997, cuando la isla pasó de ser una colonia británica a territorio de la República Popular de China, fueron negociados por el gobierno de Margaret Thatcher y el gobierno de Deng Xiaoping. El gobierno de Xi Jinping, sin embargo, ha decidido acelerar el final de la política de “un país, dos sistemas”, de forma que en 2047 Hong Kong esté plenamente integrado al sistema que rige en el resto de la República Popular de China.
En Europa Oriental, Rusia está desafiando la expansión de OTAN y la Unión Europea (UE) hasta países que solían hacer parte de la Unión Soviética. Su resistencia es comprensible. Al menos desde el año 2000, la OTAN ha actuado como una organización ofensiva y agresiva, que no se ha limitado a cumplir el papel de defender los países miembros, sino de propagar la democracia en países extranjeros, muchas veces con consecuencias catastróficas. Invadió ilegalmente a Afganistán y participó en derrocar a su gobierno en 2001, a partir de 2004 dio apoyo a la ocupación ilegal de Irak y entrenó a las fuerzas que habían derrocado al gobierno de Saddam Hussein, y en el 2011 bombardeó ilegalmente a Libia para apoyar el derrocamiento del gobierno de Muamar Gadafi.
Mientras participaba de la desestabilización ilegal de países extranjeros y el caos político en el mundo islámico, la OTAN procuraba ampliar su influencia a países vecinos de Rusia, también usando como bandera la democracia. Entrar a la OTAN era una forma de asegurar que los estados miembros podrían gozar de gobiernos abiertos y liberales, mientras ampliaba el manto de la influencia y los valores occidentales. La OTAN, incluso, podía ser un paso que facilitaba el ingreso a la Unión Europa, como sucedió con Lituania, Estonia y Letonia.
Está visión optimista de la democracia podría ser bienintencionada (asumámoslo en gracia de discusión), pero a lo largo de la década de 2010 se ha estrellado contra los acantilados de la realidad. La democracia puede ser sistema más deseable desde una perspectiva ética, pero no necesariamente es el que trae el mayor bienestar a cualquier sociedad, en especial cuando el camino hacia la democracia pasa por una invasión extranjera y una guerra civil, como sucedió en varios países del mundo islámico.
Rusia no es el país herido que fue durante los años 1990 y comenzando el 2000, cuando aconteció la más avezada expansión de la OTAN y la UE hacia Rusia y se acordaron las fronteras de Ucrania. Las mismas que Rusia ahora, también ilegalmente, desafía. Las leyes y los tratados internacionales siguen siendo unos lineamientos útiles, necesarios, pero no hay cómo hacerlos cumplir cuando quien los incumple tiene suficiente poder estratégico. China los violó con Hong Kong y no ha pasado nada. Rusia apuesta a estar en una posición similar, y es probable que tenga razón.
Twitter: @santiagovillach
