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Una persona de Virginia que votó por Kamala Harris me dijo unos días antes de la inauguración de Trump que no pensaba que la segunda presidencia fuera a ser muy distinta de la primera. No estaba muy preocupado. Al principio, dijo, habrá mucho ruido que se reducirá a una inofensiva inactividad.
No he vuelto a hablar con esta persona desde entonces, pero cuando lo haga le preguntaré si aún cree que estos dos meses de presidencia Trump pueden calificarse como ruido, o si están afectando aspectos estructurales del Estado y su posición en el mundo.
En la ráfaga que ha disparado Trump durante estos dos meses hay políticas y actividades que puedo distinguir entre ruido y estructura. Eliminar instituciones, debilitar la supervisión sobre el ejecutivo y reducir el poder de la rama judicial son aspectos estructurales afectados por las actuales políticas. Una más cosmética sería participar en una campaña de publicidad para los vehículos Tesla.
La primera presidencia Trump no generó muchos cambios estructurales. Esta vez parece decidido a no dejar pasar una oportunidad para transformar el Estado y las relaciones internacionales. ¿Qué son las tarifas entonces, una política cosmética o estructural? ¿Una anomalía que tiene una duración breve o un cambio en el funcionamiento mismo del sistema?
Las tarifas pueden generar una transformación estructural en la percepción de Estados Unidos como un socio confiable para los países aliados y económicamente cercanos. Hasta ahora han sido caóticas. Después de anunciar su imposición decide aplazarlas, luego las impone de nuevo, en un juego de gallina que no ofrece claridad con respecto a los elementos que determina si un país se libra o no de las tarifas más fuertes.
La evidente motivación política de las tarifas es preocupante porque refleja una visión oscura de la actual Presidencia con respecto a su lugar en el mundo: las democracias liberales no son amigas, sino rivales. Las tarifas son la forma más significativa como el presidente Trump puede expresar su antipatía por las democracias que solían ser aliadas, comenzando por sus dos vecinos: México y Canadá.
La respuesta negativa del mundo empresarial y económico a las tarifas de 30 % a estos dos países hizo a Trump titubear, pero sigue insistiendo con imponerlas de alguna manera. Por ahora la más grande es de 25 % al acero y aluminio, que han sido ampliadas para incluir a la Unión Europea.
Un motivo superficial, es decir público, por el que Trump dice aplicar las tarifas es proteger a la industria local. Sin embargo, la industria local es por ahora una de las más afectadas, pues opera bajo un cierto marco tributario y burocrático que se ve sacudido por las tarifas.
Por eso hay analistas que dicen que las tarifas son básicamente un aumento de impuestos al consumidor estadounidense, para poder financiar recortes de impuestos a los ricos. Esto porque los dramáticos números iniciales pueden reducirse, distribuirse entre muchos países y no pasar de ser un aumento de máximo diez por ciento al impuesto al consumo. Así, se sigue afectando la estructura social, pero es improbable que la política genere una ola de indignación en la opinión pública.
Según el trumpismo, este además es el mal necesario que el consumidor debe pagar mientras la industria regresa a Estados Unidos. Pero este renacimiento local de la industria tarifada está lejos de ser automático o asegurado: es una apuesta arriesgada que tardaría muchos años en dar recompensas. Las tarifas, sin embargo, no son el resultado de un análisis cuidadoso del tema. Ningún medio económico o economista reputado cree que estas tarifas van a lograr lo que Estados Unidos se propone y que los beneficios lo valgan.
Las tarifas en realidad son atractivas para Trump porque logran muchos efectos a la vez con el menor esfuerzo personal. Crea un espectáculo nacionalista, generando la ilusión de un impuesto a extranjeros, facilita un ambiente de corrupción y clientelismo, pues queda abierta la posibilidad de juegos individuales de “toma y dame” para reducir las tarifas, y finalmente, establece una relación de poder basada en la amenaza y la intimidación económica.
El resultado estructural, si las tarifas se mantienen y siguen operando durante los próximos cuatro años, es debilitar a las economías occidentales por capricho, porque Trump se percibe ideológicamente opuesto a las democracias que componen el sistema de influencias de Estados Unidos.
Si Trump logra generar tantas disrupciones en ese sistema que lo rompe, habrá logrado un enorme cambio estructural con sus tarifas.
Threads: @santiagovillach
