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No tenemos más opción que hacer lo posible por dejar atrás nuestra dependencia estructural en los combustibles fósiles y tratar de reducir su uso en el presente, en la medida de lo económicamente factible.
Cuando la ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, dijo que la solución a la crisis ambiental era el decrecimiento económico muchos se burlaron, pero tenía toda la razón. Para un problema de estas dimensiones no hay solución más veloz que la abstinencia. Si no lo creemos, recordemos los breves pero dicientes efectos positivos que tuvieron sobre el medio ambiente las cuarentenas estrictas durante la pandemia.
Así que su sugerencia del decrecimiento es la solución rápida, aunque no es una solución realista. Es pensar con el deseo. Si no lo creemos, recordemos los ruinosos efectos económicos que las cuarentenas estrictas tuvieron sobre las sociedades humanas durante la pandemia.
Por eso no soy optimista con respecto a que podamos evitar un futuro ambientalmente catastrófico. ¿Qué es “catastrófico”? Los efectos de 1,5 o 2 grados centígrados, a los que probablemente llegaremos durante este siglo hacen prácticamente invivible para el año 2100 a buena parte de las zonas costeras (generalmente las más desarrolladas) y las longitudes ecuatoriales.
Pero, ¿no es tiempo ya de celebrar aquí la noticia más importante del año, de la década, del siglo XXI? Por supuesto. La Piedra Filosofal, el Santo Grial de la Energía Atómica se ha descubierto. Entramos en una insospechada era de prodigalidad energética. Con un vaso de agua podríamos desatar la energía suficiente para alumbrar una ciudad, ¡un país! Detengámonos y respiremos hondo el optimista éxtasis de Marinetti, ese poeta precursor del auténtico fascismo, el radiante mediterráneo, no el teutón esotérico y suicida.
Después entendamos la distancia entre la poesía futurista y la realidad. Comprendamos los peligros que aún se ciernen sobre nosotros y echémosle un baldado de agua fría a esos arriesgados entusiasmos, precursores del optimista fascismo mediterráneo.
No pasarán muchas décadas antes que esta tecnología cambie el mundo (predecir cómo no es cuestión de la imaginación, porque lo que imaginemos seguramente está errado), pero pasarán décadas. La crisis ambiental no puede esperar décadas.
Hay entonces senderos que se bifurcan. Un sendero está empedrado por la esperanza. La nueva tecnología puede solucionar los problemas climáticos sin importar en qué etapa de gravedad se encuentren.
La pregunta a la que no tenemos respuesta aún es qué tanto la energía liberada por la fusión pueda alterar los tiempos largos y frágiles del planeta. Es, finalmente, una de las tensiones centrales entre la tecnología humana y los ciclos no-humanos. Podemos acortar los tiempos de desplazamiento y la comunicación, pero somos impotentes ante los ritmos de la evolución y el clima.
El otro sendero es el que conocemos y ninguna tecnología ha podido aún alterar: la estructura de transporte, principalmente, está anclada en los combustibles fósiles, así como buena parte de la energía que sustenta la producción industrial.
Si tuviera que apostar dinero (esta expresión ya se está volviendo un cliché de este columnista), diría que ambos procesos van a confluir y crear un mundo familiar e irreconocible, como todos los futuros. Es una predicción sin riesgo ni optimismo. La extinción masiva de mamíferos grandes culminará. Las selvas tropicales prácticamente se acabarán. Un mar más inhóspito se devora las costas.
Pero la nueva energía hará que los favorecidos de la especie humana sigan floreciendo en este clima que, para la especie más inteligente de primates (quizás la única especie de primates que va a sobrevivir fuera de los zoológicos y algunas zonas artificialmente ambientadas), no pasará de ser arisco.
Twitter: @santiagovillach
