Donald Trump me recuerda un poco al personaje de Mel Gibson en la película Arma Letal. Al no tener instinto de autopreservación, el detective Martin Riggs actuaba como el más loco de todos, lo que descolocaba al enemigo y le daba las ventajas que aseguraban una victoria.
Trump también actúa como el presidente más loco del mundo, y cree que así podrá obtener ventajas similares, pero Trump no es Riggs. El mundo no es Hollywood.
En política exterior, el acto más cinematográfico del gobierno estadounidense hasta ahora ha sido la captura y el asesinato de jefes de Estado de países rivales, y el uso de bombas donde antes nadie se había atrevido a lanzarlas.
Apoyado en el descomunal poder de sus fuerzas militares, Trump ha decidido patear el tablero de las aproximaciones que convencionalmente se toman hacia los retos estratégicos de Estados Unidos, sin lograr mayor cosa. Mucho ruido y pocas nueces.
El bombardeo ilegal a los botes que supuestamente transportan drogas en el Caribe, de los cuales ninguno iba hacia Estados Unidos, no hace nada por debilitar a los carteles del narcotráfico ni evitar el objetivo manifiesto de las operaciones: detener el flujo de fentanilo a Estados Unidos, que entra por la frontera sur.
La captura de Nicolás Maduro, que la derecha continental gozó con un rapto casi religioso, no hizo mayor cosa por cambiar la realidad en el terreno. Aunque debe celebrarse la liberación de cientos de presos políticos y el cierre del Helicoide, que no son poca cosa, Venezuela sigue siendo la misma dictadura de antes.
En Irán, el bombardeo de la cúpula militar y política no tumbó al régimen, e incluso pudo haberlo fortalecido internamente. Si bien Estados Unidos rompió la espina vertebral militar del país, ahora toda la región está bajo la constante amenaza de la agresión propia de una bestia herida.
Falta ver a qué punto de irresolución llevará Estados Unidos sus futuras incursiones en Cuba o Nicaragua.
No es sólo la incapacidad de planeación, atención y disciplina política del gobierno de Estados Unidos la que está causando este efecto de imperialismo a medias ascuas. También es resultado de su estrategia militar. La reticencia a comprometerse con acciones que vayan más allá del bombardeo, y el asesinato o captura de líderes, conduce a una incapacidad para producir cambios políticos profundos.
Si Clausewitz dijo que la guerra es tan sólo la continuación de la política por otros medios, puede decirse que los medios con los que se libre una guerra determinan en buena parte sus efectos políticos. Para bien o para mal, Trump no se atreve a terminar de traicionar a su base electoral invadiendo con tropas terrestres a los países que agrede. El cambio político queda así cojo y los regímenes navegan la inestabilidad circunstancial, mientras Estados Unidos quema su integridad, prestigio y credibilidad en acciones que son espectaculares, pero también costosas y casi inocuas.
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