El uribismo es un proyecto político que siempre tendrá la posibilidad de resurgir, porque depende de la continuidad de la guerra y del miedo a la izquierda. El conflicto armado no se va a acabar en el mediano o largo plazo, y la izquierda está para quedarse.
Sin embargo, la frustración con la firma del Acuerdo de Paz, el muerto viviente de las Farc y el temor a Gustavo Petro podrían quedar en segundo plano por la crisis socioeconómica en la que nos está sumiendo la pandemia.
El gobierno de Iván Duque, en parte por malas apuestas para asegurar el acceso a las vacunas y en parte por motivos estructurales —geoeconómicos y geopolíticos— que poco tienen que ver con el presidente de un país del mundo en desarrollo —cualquier otro presidente estaría en una situación similar y casi todos los presidentes del mundo en desarrollo están en situaciones similares—, no ha podido asegurar un ritmo de vacunación que nos saque de la pandemia antes de las próximas elecciones.
Entretanto, la economía se va a desplomar, el aumento de la pobreza seguramente alcanzará los dos dígitos, los ahorros de los colombianos casi se acabarán —y con ello su capital— y la sociedad seguirá en olas intermitentes de enfermedad y cuarentenas, mientras el descontento social se disparará.
Al ritmo previsible no se puede asegurar para la fecha de elecciones que la mitad de la población esté vacunada. Tendremos suerte si llegamos a la cuarta parte, y no es claro cuál es el Plan B del Gobierno. Iván Duque no tiene la capacidad para maniobrar un barco que va directo al iceberg, si me permiten esta metáfora cansada.
Los modestos avances económicos que Colombia logró por una época de bonanza en las materias primas se esfumaron. El turismo tardará tres años en recuperarse, el carbón como producto de exportación ya no es viable, la agricultura y las manufacturas no están al nivel de sostener la economía. Dependemos del petróleo para mantener la economía nacional ligeramente a flote y su precio está a un nivel modesto.
En el horizonte no hay salidas a esta dura coyuntura, pero los políticos en campaña dirán que ellos tienen la solución. Durante el uribismo Colombia se quebró, así que la esperanza de la gente estará puesta en otra opción. La reconstrucción económica, o la segunda etapa de la misma crisis, generalmente no les toca a los grupos políticos que gobernaron cuando esta comenzó. Con o sin razón, la gente considerará que cambiar de liderazgo equivale a mejorar sus probabilidades de recuperación. Ojalá sea así. No tengo muchas esperanzas puestas en ello porque no veo de dónde podría un gobernante echar mano para darle un vuelco a la economía, pero sí apuesto a que el uribismo no gana en 2022, y eso al menos es un buen prospecto.
Twitter: @santiagovillach