El principal problema de Sergio Fajardo es que se comporta como si estuviera en todas partes, pero a la postre parece no estar en ninguna. Durante los últimos cuatro años llegaba a los principales temas nacionales, pero tarde y con lugares comunes.
En cuanto a alianzas o lealtades, le sucede como a la persona de muchos oficios que no es experto en ninguno. Fajardo en teoría podría tenderle la mano a cualquier fuerza política, pero pocas parecen querer jugársela por él. Ni siquiera quienes deberían ser sus aliados. Sectores del Nuevo Liberalismo y la Alianza Verde lo están dejando atrás. Las fuerzas que está reuniendo no son electoralmente fuertes.
Seguramente Sergio Fajardo hubiera sido un buen presidente. Sin duda mejor que quien ganó la presidencia en 2018, pero creo que no lo sabremos. Su derrota puede cantarse y no sería sabio de su parte intentarlo de nuevo dentro de cuatro años. Para ello es mejor dar el paso a voces más fuertes. Sobre todo, tener más candidatas: las políticas en el contexto actual de Colombia son mucho más interesantes que los políticos.
Buena parte del problema de Fajardo es culpa de Fajardo. Su discurso no inspira y se queda corto. La importancia de la educación es indiscutible, pero como marca política se ha vuelto redundante. Fajardo no parece haber hecho un análisis acertado de sus problemas de comunicación desde su último fracaso, e insiste en posturas que, si bien no son equivocadas, resultan repetitivas y les falta variedad. A menudo no habla como un candidato presidencial, sino como un ministro de Educación.
Este es el punto más fuerte de Gustavo Petro en comparación con Fajardo, y por eso en su discurso siempre le saca ventaja. Fajardo no proyecta la misma capacidad que tiene Petro de hablar sobre una amplia variedad de temas. En seguridad, por ejemplo, Petro parece ser el único que tiene una visión compleja y multidimensional del problema. Ahora, si bien Petro tiene una concepción compleja de la seguridad, cuando se trata de economía, el proyecto de Petro tiene serios problemas de viabilidad y, por lo pronto, es una apuesta que seguramente tiene buenas intenciones, pero tal como está dibujada es destructiva.
Algunos califican de injusta la impopularidad de Fajardo, pero en realidad es una mezcla de autosabotaje y cansancio. Es débil para ponerse en el centro del debate con ideas novedosas. Tiene un discurso que, si bien tiene puntos importantes, no se actualiza ni es ambicioso en amplitud. Es exactamente el mismo problema que tenía en las elecciones de 2018.
La suya tampoco es una candidatura que esté convocando fuerzas con gran capacidad electoral. A Fajardo, a medida que nos acercamos a las elecciones, se le nota en soledad. Quizás esto cambie con los asesores que ha contratado, pero tiene muy poco tiempo para quitarle los electores a Federico Gutiérrez.
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