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La tragedia de Taiwán

Santiago Villa

22 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.

“Taiwán es un país cuyo destino no está en sus manos, sino en las de poderes extranjeros”, me dijo con obvia frustración y un poco de resignación histórica un taiwanés en diciembre de 2025. La identidad de Taiwán, una isla rebelde o una nación fantasma, como la han catalogado algunos historiadores y periodistas, se ha forjado mediante una lucha anticolonialista que se extiende durante siglos.

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Las tribus originarias de origen austronesio que habitaban la isla comerciaban, o a veces combatían, con los súbditos de la dinastía Song (960-1279) al otro lado del estrecho. Los colonizadores portugueses avistaron la isla en el siglo XVI y le dieron el nombre de Formosa (Hermosa); los españoles fundaron un asentamiento a inicios del siglo XVII, pero fueron los holandeses los europeos que asumieron el control más sólido, en especial de su costa occidental, que miraba hacia la China continental.

Su Beng, historiador marxista y líder del movimiento de independencia taiwanés, explica que durante el dominio holandés (1624-1662) los europeos auspiciaron una migración masiva de empobrecidos súbditos de la dinastía Ming como mano de obra barata. Fue esta ola de unos 150.000 colonos pobres —la cifra es de Beng— la primera piedra de una población Han que presionaría violentamente a los nativos de la isla hacia las montañas, que cubren el 70 % de su geografía. En un acto quizás involuntario de crueldad lingüística, a estas tribus se les llamaba oficialmente “los pueblos de las montañas” hasta 1994, cuando el estado democrático de Taiwán comenzó a resarcir a las tribus nativas y cambió su denominación a “pueblos originarios”.

En 1661 Koxinga, un líder militar de la recién derrocada dinastía Ming, invadió Taiwán y estableció un gobierno que mantenía la continuidad Ming, en rebeldía frente a la recientemente instaurada dinastía Qing. Su proyecto se derrumbó en 1683, cuando los Qing invadieron y sometieron a la isla rebelde. La nueva dinastía gobernó a las tribus indígenas y a los migrantes Ming como una misma capa de sujetos coloniales. Durante los más de 200 años de dominio Qing, Taiwán fue un territorio de frontera —prefectura de la provincia de Fujian— con fines más que nada militares, y hubo la más intensa migración de chinos hacia la isla, que según Beng pasó de unos 200.000 a 2.500.000 habitantes, la mayoría de la etnia Han.

En 1895 había ya una identidad política propiamente insular, separada de la China continental. Tanto así que ese año, cuando el imperio Qing firmó el Tratado de Shimonoseki que le entregaba la isla de Taiwán a Japón, los locales montaron una de las muchas rebeliones que durante siglos han librado sus habitantes, e instauraron la República de Formosa. Taiwán fue un país independiente durante seis meses, tras los cuales los japoneses aplastaron el movimiento independentista y gobernaron con puño de hierro hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos tuteló el traspaso de Taiwán al gobierno del Kuomintang, enfrentado en China con el Partido Comunista liderado por Mao Zedong.

Desde que el Kuomintang perdió la guerra civil contra el Partido Comunista en 1949, Taiwán fue gobernada por los exiliados del comunismo, que bajo el liderazgo de Chiang Kai-Shek impusieron la ley marcial hasta 1987. Desde entonces, Taiwán ha iniciado un camino de apertura democrática y revaluación de su pasado, que incluye legislación para resarcir y proteger a los pueblos indígenas. Hoy su nacionalismo cultural e identitario tiene como única solución digna la plena autonomía política.

Muchos taiwaneses quedaron inquietos con los resultados de la reunión entre Xi y Trump. “Si bien no somos el plato, estamos en el menú”, fue un comentario que se escuchó por parte de analistas en los medios.

El manejo de Taiwán es construir una cuerda floja como puente entre las dos superpotencias mundiales, y esta cuerda está hecha en buena medida de palabras y expresiones clave, cuyos cambios milimétricos pueden modificar o frustrar el equilibrio. La política tradicional sostenía que Estados Unidos “no apoya” la independencia taiwanesa. Trump, ante una petición explícita de Pekín, se desplazó hacia oponerse a ella. El aliado al que Taiwán se ha aferrado durante décadas no se ha retirado, pero ha recalibrado en público los términos de ese respaldo. La pregunta que queda abierta es qué espacio de maniobra le queda a la isla cuando ambas potencias prefieren administrar la cuestión de Taiwán en lugar de garantizar el futuro de quienes la habitan.

Threads: @santiagovillach

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