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Desde que Mary Shelley publicó Frankenstein (1818), el peligro de una ciencia prometeica que roba el fuego a la divinidad, motivando un castigo a la arrogancia humana, se ha vuelto una de las moralejas favoritas de la literatura, y por ende también de la vida real.
King Kong (1933), del cineasta Merian C. Cooper, advierte sobre la necedad de la cultura moderna, que irrumpe en los santuarios de la naturaleza y lo primitivo, y desde allí trae organismos que, en un contexto urbano, desatan la destrucción.
El origen de la pandemia de la COVID-19 probablemente nunca se esclarezca, pero las dos teorías que más fuerza tienen al momento se hallan ligadas a dos mitos de la sociedad moderna, y reflejan sus culpas existenciales. Son también una muestra de cómo los prejuicios del periodismo contemporáneo y su creciente desprecio de la objetividad están nublando su mirada.
Una historia de origen del virus, la canónica, la que desde el principio se asoció con mentes ponderadas, es que el coronavirus es un virus zoonótico, y que, a causa de la destrucción de hábitats naturales y el calentamiento global, le habríamos traído a un contexto en el que, como King Kong, desataría su furia. La lección: hay lugares en la tierra que deben estar vedados a una modernidad que por lo general se halla motivada por la codicia.
La segunda historia, catalogada como una teoría de la conspiración desde muy temprano, asociada a mentes irresponsables y de ultraderecha, es que el virus se originó en el Instituto de Virología de Wuhan.
Esta segunda teoría tiene, a su vez, dos variantes. Una es la abiertamente política: el virus es un arma biológica de China, que intencionalmente o no se propagó en Wuhan, causando una pandemia que le ha permitido a China ponerles fin a las libertades democráticas de Hong Kong, y vender billones y billones de dólares en implementos médicos. Esta sería la versión “villano de película James Bond”.
La segunda variante de la segunda historia (Ver: https://nymag.com/intelligencer/amp/article/coronavirus-lab-escape-theory.html) es la versión Frankenstein del coronavirus. Esta se origina en las buenas intenciones, en la arrogancia de la ciencia y en un error humano. El Instituto de Virología de Wuhan, financiado en parte con dinero del gobierno de los Estados Unidos y en colaboración con científicos de ese país, habría adelantado experimentos en mutaciones de ganancia de función. En pocas palabras, se trata de generar mutaciones en virus zoonóticos que podrían contagiar a seres humanos, para adelantarse a las posibles mutaciones que podrían ocurrir en la naturaleza y provocar una pandemia. Así, la ciencia estaría mejor preparada para las sorpresas que le arroje la divinidad.
Una de mis palabras favoritas en chino es chabuduo, porque se parece a chambonada, y viene a significar más o menos lo mismo. A finales de 2019, sin embargo, habría ocurrido un accidente, y se habría fugado la COVID-19, un coronavirus altamente contagioso y mortal creado en el laboratorio, así como lo hizo el monstruo del doctor Frankenstein.
Si bien China puede tener la mejor ingeniería del planeta, y su ciencia pasó de ser incipiente a pionera en escasos 30 años, hay tres elementos muy peligrosos en la arquitectura de su modernidad: la obsesión con los resultados rápidos, la costumbre de negar y ocultar los errores, y no cuestionar a los superiores. Estos tres ingredientes han sido el caldo para algunas tragedias cotidianas y exuberantes. Hasta ahora, ha sido un tabú sugerir que el coronavirus es el Chernóbil del siglo XXI. Tanto que Facebook censuraba a quien lo publicara. ¿Por qué?
La presidencia de Donald Trump y su guerra contra los medios de comunicación generaron una respuesta defensiva desde los medios. La objetividad, un valor periodístico que ya iba cayendo en desgracia, porque se supone que es imposible ser objetivo y que todo sujeto habla desde un lugar, se volvió imposible de ejercer ante los embates de Trump. La responsabilidad del periodismo era ser anti-Trump. Algunos lo decían abiertamente, otros no, pero todos los medios liberales asumieron el papel de opositores.
Por eso, cuando el expresidente de los Estados Unidos dijo que el virus se había originado en el Instituto de Virología de Wuhan, la teoría fue descartada como una patraña. Pero Trump ya no está. Ahora Joe Biden, que ha recibido los mismos informes de inteligencia que otrora recibió Trump, está considerando públicamente la posibilidad de que el virus se originó en el Instituto de Virología de Wuhan. Si bien no ha ido tan lejos como señalar que podría haber financiación estadounidense tras este accidente, el hecho que ya no sea “la teoría de Trump” le ha quitado el estigma. Ahora los periodistas pueden hablar sobre ella sin ser atacados por propagar una teoría de la conspiración.
Esta semana se anunció que hay una fuga en una planta nuclear a 135 kilómetros de Hong Kong, pero no parece ser peligrosa. De todas formas, si llegase a serlo, el gobierno de China no lo diría. Lo ocultaría. Al menos ahora el periodismo podría informar sobre el tema sin tener la preocupación de respaldar a un presidente al que le hace oposición.
Twitter: @santiagovillach
