Todas las potencias tienen áreas de influencia sobre las que quieren ejercer su poder. Por motivos tecnológicos y geográficos, las potencias europeas lo ejercieron sobre territorios ultramarinos con mayor amplitud que otras potencias contemporáneas. Fue un dominio despiadado, que cambió la geografía cultural y ecológica del planeta, y cuyos efectos reverberan por los siglos.
Una ola llegó la semana pasada a San Petersburgo, al tiempo que el imperialismo ruso, no menos pertinaz que el occidental, bombardeaba edificios residenciales de Izyum (Ucrania).
Líderes de 17 de los 54 países africanos asistieron a la Cumbre Rusia-África, en comparación con los 43 que viajaron a la cumbre de 2019. Durante algunos discursos se reconoció el apoyo que brindó la Unión Soviética a la descolonización africana. La estrategia de política exterior de Nikita Krushchev ejerció una necesaria política de apoyo a los movimientos nacionalistas africanos. El objetivo de debilitar a los poderes coloniales, si bien era interés propio envuelto en altruismo, logró el objetivo éticamente defendible de buscar la autonomía africana.
Algo similar puede decirse del papel de la OTAN en Ucrania. Si bien le conviene el debilitamiento del ejército ruso en Ucrania, también es éticamente defendible la autonomía de un país que ha demostrado estar dispuesto a dar una inspiradora y costosa lucha por su independencia.
Se ha popularizado una visión bidimensional y maniquea de la geopolítica. Quien es antiimperialista suele tener cierta simpatía hacia a las potencias socialistas como la URSS y China, por el apoyo que dieron a la causa antiimperialista en el Tercer Mundo y porque ellas mismas, al menos en el caso chino, tuvieron que sacudirse del yugo de los imperios occidentales. Lo entiendo. Yo también lo tuve.
Pero surgen algunos matices vistos desde Asia, no desde América Latina o África. El Partido Comunista de China revivió y superó las ambiciones imperiales terrestres de la dinastía Qing en Xinjiang y Tíbet, consolidando un imperio más extenso que cualquiera de los anteriores. La URSS procedió de forma similar con las naciones de Asia central, y aún envía tropas a los países de la antigua Unión Soviética para intervenir en sus asuntos internos y mantener líderes de sus afectos aferrados al poder.
Estos imperialismos son menos evidentes para nosotros porque quedan más lejos y se ejercen contra los vecinos de estas potencias, no contra territorios ultramarinos. Pero no por ello son menos imperiales. El imperialismo es un juego de ajedrez tridimensional. El tablero es multiforme y móvil. El imperialista de acá es el antiimperialista de allá y viceversa. Y dentro de cada potencia imperialista hay antiimperialismo. Corrientes políticas que buscan una forma de ejercer influencia sin dominación directa. Soft power.
Si somos antiimperialistas, tenemos que serlo cien por cien. No hay imperialismos buenos e imperialismos malos, y con cada potencia es posible encontrar formas de cooperación cuando en ella gobiernan las corrientes menos impositivas y expansionistas.