Antes de hablar sobre Gustavo Petro, hago una apreciación personal sobre las manifestaciones múltiples y variadas que por defecto llamamos “paro nacional”, pero que ya no son simplemente un paro nacional. El tal paro sí existe, pero en torno a él ocurren muchas otras manifestaciones simultáneas y diversas.
La situación es alarmante más por sus causas que por sus efectos. Es decir, las causas son lo más grave (el desempleo, la crisis económica desatada por la pandemia, el aumento de la pobreza, la violencia armada y el incumplimiento del Acuerdo de Paz, por ejemplo), y menos graves son los efectos (las manifestaciones, los bloqueos, los disturbios). Esto, porque llegará el momento en que esos efectos pierdan impulso, como sucede siempre, pues ningún país ha permanecido indefinidamente en esta situación. Se levantarán los bloqueos, se levantará el paro, se irán apagando las marchas, pero seguirán las causas estructurales.
Esa solución de lo superficial conducirá a otro evento similar pero más intenso (así como este paro es una repetición de los paros del 2019, porque nunca hubo una respuesta estatal a ese paro). También, como dije en la columna anterior, en un país que no ha dejado de estar en conflicto, o en el que no han dejado de haber ejércitos narcotraficantes urbanos y rurales, volveríamos a una intensificación del conflicto y una desintegración del territorio nacional en áreas controladas por grupos violentos. En Cali, como dije en una columna pasada, ya vimos asomar la cara del paramilitarismo.
Ahora sí, Petro.
La revista Semana, que pasó de ser uno de los medios más prestigiosos del país a convertirse en la plataforma ideológica de Vicky Dávila, culpa a Gustavo Petro de orquestar unas manifestaciones que, según Vicky, tienen a Colombia al borde de la anarquía. Las acusaciones no están fundamentadas y contradicen lo que ha repetido Petro en público desde que comenzó el paro. Vicky tiene un resentimiento personal contra Petro, y la revista está al servicio de su inquina personal. No sorprende: ya varias veces hemos visto “Confidenciales” que tienen su inconfundible redacción confusa.
La portada y su editorial son una respuesta a que el único (pre)candidato presidencial que ha logrado capitalizar esta ola de indignación es Gustavo Petro.
Por una parte, es lógico: es la cabeza de la oposición. Durante estos tres años (por no hablar de toda su carrera como parlamentario), Petro no ha dejado de protagonizar los más importantes debates del Congreso, como el que eventualmente dio al traste con la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez.
Su ascenso también se debe a que es el (pre)candidato que más credibilidad genera con respecto a atender esas causas estructurales de las manifestaciones. Le cabe el país en la cabeza, y pese a que tuvo grandes errores administrativos (aunque menos grandes de lo que quieren hacernos creer algunos), ninguno fue de unas dimensiones tales que entorpecieran su carrera política. Al contrario: va en ascenso.
El país no está al borde de la anarquía y esta no es, de lejos, la situación más grave que ha vivido. Hay peligros reales y graves, pero van más allá del paro y estarán con nosotros después del paro. Si Petro queda de presidente tendremos que tener expectativas realistas. No será una presidencia que transforme el país. Le tocarán arcas vacías y en cuatro años es poco lo que se alcanza a hacer. A esto se le suma el problema central de Petro: tiene un movimiento político muy pequeño que le da poca gobernabilidad y respaldo en el Congreso, y en el que el único presidenciable es él, debilitando así la continuidad de sus políticas más allá de su mandato. Puede ser un gran llanero, pero en el fondo, Petro sigue siendo solitario.
Twitter: @santiagovillach