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Tres temas cruciales en la pandemia.

Saúl Franco

20 de abril de 2020 - 04:41 p. m.

Esta pandemia es ya mucho más que las cifras de casos infectados, muertos y recuperados por el COVID-19. O que la estructura y el comportamiento del virus (SARS-CoV-2) y la consiguiente competencia por medicamentos y vacunas. Es esta grave, compleja e inesperada situación mundial que viene interpelando desde nuestros valores, prioridades e intereses más íntimos como seres humanos, pasando por los cimientos del ordenamiento económico y político mundial imperante, hasta las prácticas más sencillas de nuestra cotidianidad personal y familiar. De ese universo de valores, emociones y tensiones en plena efervescencia por el coronavirus, quiero resaltar tres que creo nos conciernen a todos como seres humanos.

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La fragilidad como individuos y como especie. Tal vez la sensación más profunda y universal que nos ha producido esta pandemia es la de nuestra fragilidad como seres humanos. Tanto saber y poder acumulados y tantos logros obtenidos y records superados en todos los campos nos habían creado la idea de nuestra fortaleza, nuestra capacidad casi infinita de superar obstáculos, enfrentar desafíos y obtener lo deseado. Pero llegó este ser invisible y desconocido, nos movió el piso a todos y nos puso cara a cara e indefensos ante la debilidad de nuestra salud y nuestra vida, ante las carencias de nuestros conocimientos, la intrascendencia de muchos de nuestros empeños y las inconsistencias de nuestras instituciones.

A la fragilidad le siguió entonces la incertidumbre. Vivíamos creyendo que sabíamos mucho, o al menos suficiente, de biología, de medicina, de cómo gobernar, de cómo convivir, de cómo comportarnos en lo privado y en lo público.  Poco a poco fuimos sintiendo en lo más profundo de cada uno que podríamos ser la próxima víctima de esta enfermedad. Hoy, cuando ya pasamos de 2,4 millones de contagiados y 150.000 muertos en el mundo, sentimos aún más cerca la posibilidad de ser el próximo caso o el siguiente muerto.

La ciencia, por su parte, reconoció desde un comienzo que no sabía cómo se comportaba el virus, que carecíamos de manuales, medicamentos y vacunas para enfrentarlo y, casi a tientas, ha tratado de aclarar procesos y tendencias y buscar tratamientos adecuados. Los gobiernos, de todos los matices ideológicos y tendencias políticas, empezaron a improvisar propuestas y respuestas, más o menos acertadas unas, torpes y prepotentes otras, vacilantes la mayoría. Las religiones han seguido aportando su dosis de moralismo en unos casos, de amenazas divinas en otros y de compasión y solidaridad en la mayoría. Pensadores y escritores han abundado en complejas elaboraciones racionales con cara de firmeza y fondo de duda e incertidumbre. Nada parece sólido, ni permanente, ni ofrece un punto de apoyo o referencia inamovible.

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Ante la evidencia de nuestra fragilidad y de las incertidumbres frente al presente y al futuro, parece tan insensato intentar volver a las certezas y soberbias anteriores, como sumergirse en el desespero, la angustia y la impotencia. Nadie es quién para afirmarlo y predicarlo, pero parecería más coherente tener el valor de asumir definitivamente la fragilidad y la incertidumbre como condiciones esenciales de nuestro ser y nuestra existencia. Y llevarlas a la práctica en valores y actitudes más realistas y flexibles, más plurales y menos dogmáticas, más solidarias y menos egocéntricas.

Sobre las enormes inequidades que ha evidenciado esta pandemia va habiendo cada vez más documentación, análisis y conciencia. Baste mirar a las calles de Guayaquil, en Ecuador,  o a las condiciones de vida de los casos de COVID-19 en Singapur (más del 80 % obreros migrantes que viven en condiciones inhumanas de hacinamiento y pobreza en las afueras de la imponente ciudad-estado), o a la composición étnica de las muertes por este coronavirus en Estados Unidos, o a la distribución de las UCI y los respiradores mecánicos en Colombia, donde hay departamentos enteros con casos ya comprobados y  sin ninguno de tales recursos, para tener que aceptar que una de las características esenciales de la sociedad en la que vivimos es la inequidad. Y que ésta no es sólo la diferencia injusta en los ingresos sino también un riesgo escandalosamente desigual de padecer ciertas enfermedades, e inclusive de morir por ellas.

Fragilidad e incertidumbre, elementos constitutivos de nuestra identidad y condición humanas, olvidados con frecuencia y ahora revalorizados por el coronavirus. E inequidad, componente estructural pero no necesario, y muy denigrante de nuestra sociedad. Tres realidades para asimilar con calma en esta cuarentena y reorientarnos en presente y, sobre todo, en futuro.      

* Médico social.

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