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A la izquierda, gracias por los cuatro años que se vienen

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Sergio Ocampo Madrid
08 de junio de 2026 - 05:06 a. m.
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Si en 2022 por estas fechas el país se embarcaba en una experiencia inédita en su historia, la llegada de la izquierda al Gobierno, lo de ahora, con Abelardo de la Espriella muy cerca de convertirse en presidente, es una aventura aun más insólita, incierta, que además pinta aterradora y peligrosa.

De la Espriella es una enorme incógnita, porque lo que sabemos de él se mueve entre la caricatura del wannabe, el ateo arrepentido, el bogotano que se cree costeño, el colombiano fantoche que presume de italiano, y de gringo, y el oscuro abogado de la mafia, de los paramilitares, defensor de personajes y casos muy siniestros, entre ellos Alex Saab y David Murcia. Y en la campaña le escuchamos declaraciones delirantes como esa de “destripar a la izquierda”, encarcelar a Petro, sacar a Colombia de la ONU y de la OEA, derribar aviones por sospechas narcotraficantes y ejecutar sumariamente a agresores de policías.

De no atemperar estas posiciones, taquilleras como candidato, estaremos abocados a cuatro años de una máquina de coerción y mano dura como no se ha visto en medio siglo, un Estado carcelero, un poder ejecutivo litigioso, empapelador (es su experticia), de talante autocrático y vengativo, con cero tolerancia a la crítica. Una mezcla inédita y tropical de un presidente farolo y represivo. Y la respuesta esperable de la oposición es la de todos sus libretos de cartilla, estallidos, primeras líneas, bochinches en ciudades, zozobra en los campos. Se viene la oscuridad, quizá toques de queda, restricción de garantías.

Creo que lo de la Espriella presidente no tiene vuelta de hoja, inclusive con una ventaja de hasta dos millones de votos sobre el candidato de la izquierda. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo estamos abocados a este panorama aterrador?

Sin duda hay muchos responsables, pero creo que la mayor culpa de la tempestad que se avecina la tiene la izquierda colombiana, desde el presidente Petro hasta las Farc y el ELN, sin excluir a los partidos y movimientos de esa ideología, a los militantes y seguidores ciegos del petrismo, y también Iván Cepeda. Todos desperdiciaron, desperdiciamos, la oportunidad histórica, excepcional, de comenzar a cambiar a fondo este país, de transformar lo más urgente e importante que es cómo se hace la política. Lo demás viene después.

Hace dos meses, cuando Petro alcanzó una imagen positiva del 49 %, los analistas se apresuraron a explicar dónde estaba la clave de ese dato. Se dijeron muchas cosas, algunas simples y otras no tanto. Hubo uno que apeló a Antonio Gramsci, para explicar que Petro había logrado entender a ese italiano, genial teórico del marxismo, en el sentido de que las revoluciones verdaderas no se hacen con ejércitos ni leyes, ni siquiera con la economía, sino que operan con mecanismos culturales, símbolos, íconos, referentes, que acaban por volverse identitarios, construyen lealtades, y rompen las hegemonías para instaurar unas nuevas que se asuman como un sentido común, también nuevo. Ahí estaba la clave de Petro, en la guerra cultural, en haber conseguido una narrativa que reivindicaba a los eternos olvidados, que incluía a los nadies y las nadias, los de Francia Márquez.

El gran problema de la campaña de Cepeda fue creer que aquello era una nueva realidad, una aplastante, y que esos ninguneados saldrían a votar, y que él no necesitaba acercarse al centro, ni mostrar moderaciones, ni siquiera hacer campaña, ni definir posturas, ni ir a debates, casi ni siquiera ser candidato; ganaría en primera vuelta; Petro estaba haciéndole el trabajo. Pero resulta que esos nadies nunca han votado ni lo hicieron esta vez. Un mal cálculo.

Petro sin duda acumuló un capital simbólico a favor, pero también restó en la misma cantidad, o más, porque adicional fue un presidente demasiado expuesto, invasivo, que copaba la agenda periodística semana tras semana, casi siempre con el discurso divisivo, con el mensaje tácito de desprecio por medio país, a menudo con incongruencias y rastros de racismo, de homofobia, de machismo. Y aquí vale la pena recordar la advertencia del propio Gramsci acerca de que las hegemonías son tan incólumes que logran asumir la crítica y volverla un producto funcional y asimilable, y que la condición entonces de una guerra cultural es la honestidad intelectual del líder que busca el cambio. Y en cuanto a la de Petro…

Entonces, paralelo al eventual crecimiento de su base con los nadies, también aumentó ese antipetrismo que, mal contado hace cuatro años, rondaba los 11 millones.

Tampoco hubo un partido que se echara al hombro esta oportunidad única de la izquierda en el poder, y dejaron solo al presidente para hacer y deshacer, sin llamados al orden, sin advertir de correctivos, ni una inteligencia crítica que lo contuviera. A cambio de eso, mucha de la intelectualidad, esa que fue feroz para cuestionar el proyecto paramilitar del uribismo y sus corruptos, se dedicó a aplaudir a Petro, a minimizar los errores, y a comprar sin reservas que las culpas sí eran de los medios, de las oligarquías y de los gringos. Y dinamitaron todos los puentes con el centro político, en la estrategia de aplastarlo. Lo más absurdo de todo fue la acción de las guerrillas en estos cuatro años. Si cabe suponer que ellas siguen un ideario de izquierda y que su objetivo es la conquista del poder, qué lógica tiene haber enconado el conflicto al máximo cuando uno de los suyos lo logró y se dio por fin la ocasión de mostrar otra propuesta distinta de Colombia.

Sin todo esto, hoy la candidatura de Abelardo de la Espriella hubiera sido un chiste más, como sus pintas de colores, como sus cantos de tenor mal afinado.

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