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A Rosa Elvira la jodió Nicolás

Sergio Ocampo Madrid

06 de agosto de 2023 - 09:00 p. m.

Once años después de que una mujer fue violada, torturada e inclusive empalada en el Parque Nacional de Bogotá, cuando ya empezamos a olvidar su nombre, una jueza de la República nos la trajo a la memoria el miércoles con un fallo al que solo con hacerle unos retoques de lenguaje, incluirle algunos artificios narrativos y ponerle un poquito de tono lírico, podríamos convertir en la mejor novela nacional de este siglo; la que aún no hemos escrito sobre la exclusión en Colombia, sobre el absurdo de nuestra realidad, esa cercanía mórbida con la violencia, la suicida normalización de la muerte por nuestra claudicación a exigir que las cosas funcionen, así sea un poco, y que el Estado actúe para preservarnos la vida y la tranquilidad.

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Imagino que muchas de las sentencias de los jueces deben ser grandes piezas procesales, de reconstrucción de verdades jurídicas o reivindicación de derechos; sin embargo, este dictamen de la jueza Adriana del Pilar Camacho es toda una obra casi literaria, sobre una mujer de la clase trabajadora que estudia en jornada nocturna para validar su bachillerato y que sale con dos compañeros una noche de jueves, deambula con uno de ellos en su moto hasta la madrugada y cuatro días después fallece en el hospital Santa Clara, con el útero destrozado por empalamiento. El fallo es un clamor de cuan hiperbólicos somos en la desatención a los procedimientos, en nuestra ligereza y provisionalidad con los protocolos, en nuestras moratorias, y termina siendo el manifiesto de unas responsabilidades que en el fondo deberíamos asumir todos por haber dejado de reverenciar el valor de la vida. El tiempo narrativo primordial, para seguir con la analogía a lo literario, son los cuatro días de agonía de Rosa Elvira Cely luego de ser atacada por Javier Velasco y toda la macabra comedia de equivocaciones y negligencias del sistema de salud colombiano hasta su deceso; sin embargo, como en las buenas novelas, rastrea en el pasado, como en un flashback, todo el encadenamiento de pequeños sucesos que en los laberintos de los juzgados, en las dilaciones de la Fiscalía, fueron gestando toda su futura tragedia. Y, como en un colofón de una obra existencialista, alguien desde el Estado termina sugiriendo que la gran culpable fue la propia muerta. La sentencia de la jueza podría ser, entonces, una magistral novela, pero también un tratado de la sociología de la exclusión y el clasismo colombianos, y de nuestra psicología de la resignación y la claudicación a que las cosas funcionen.

El texto logra inquietar y conmover desde esa angustia de Rosa Elvira a las cuatro de la mañana del 24 de mayo de 2012, cuando empieza a pedir ayuda a la línea 123 en la que reporta que fue violada, que no se puede mover y que por Dios la busquen cerca de una quebrada por la calle 43 o 42 con circunvalar. Pasan los minutos y ninguna ambulancia resulta disponible; casi una hora después la policía tiene que detener a una que pasa por la séptima y a la que le ordena recogerla. Con una hipotermia muy grave la llevan al hospital Santa Clara, a ocho kilómetros de allí, adonde llega minutos antes de las 8 a.m.; nadie explica por qué no fue conducida al San Ignacio que queda a cinco cuadras y a un par de minutos.

Por testimonios de varios enfermeros, sabemos que no se siguieron los protocolos para los casos de violación ni se le llevaron a cabo los exámenes exhaustivos de los genitales. Estuvo todo un día en un pasillo de observación y no se le tomaron muestras, por eso no se detectó a tiempo la grave infección que la mató finalmente. Los médicos, dice la sentencia, no tuvieron certeza con prontitud de su cuadro clínico y por eso no se tomaron las acciones que exigía el caso.

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Leyendo el expediente de Rosa Elvira y el fallo del miércoles pasado, uno puede concluir que el gran valor de Gabriel García Márquez fue descubrir que nuestra realidad puede tener más ficción, por absurda, por alucinante, por desdeñosa de la vida, del deber ser, que la ficción misma y que a la literatura le cuesta seguirle el paso, rastrear los hilos profundos que amarran la tragedia de ser colombiano, en este caso concreto, además, pobre y mujer. De ese modo, queda claro por qué ella estaba sentenciada a muerte desde cinco años atrás, sin aún conocer a su victimario, cuando en noviembre de 2007 Javier Velasco fue denunciado por abusar sexualmente de una de sus hijas, pero solo fue judicializado en 2012 y condenado a 36 años de cárcel en 2013, pero para entonces ya Rosa Elvira estaba muerta.

Pero hay más. Velasco ya había matado a una mujer y violado a otra, esto último en 2008. Por lo primero, la justicia determinó que fuera internado tres años en un hospital psiquiátrico, donde solo estuvo nueve meses, y por lo segundo, aunque había pruebas contundentes solo se activó orden de captura cuatro años después, dos meses antes de la muerte de Rosa Elvira, y solo se hizo efectiva, por el escándalo, tras el deceso de esta.

Un capítulo clave, como en una que otra novela policiaca clásica, las de Chesterton, por ejemplo, en el dictamen se registra una voz que sugiere que Rosa Elvira puede haber sido su propia asesina, y la jueza decide cerrar toda esta historia de horror haciendo ver el absurdo de un Estado que culpabiliza a las víctimas de sus propias tragedias. Es una dura reconvención, un llamado a sentir vergüenza, al gobierno de Bogotá, en la alcaldía de Peñalosa, cuando una funcionaria de apellido Boada, de la Secretaría de Gobierno de Miguel Uribe, la responsabilizó de su muerte en un concepto jurídico pues si “no hubiera salido con compañeros de estudio después de terminar clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”. Solo le faltó decir que además de todo era jueves, y los jueves no se debe rumbear.

Esas novelas me gustan, esas que nos condenan, al Estado, a sus desgreños, a todos como sociedad, por todas las rosas elviras, por todos los javieres, los de las ambulancias, los médicos y enfermeros, los fiscales y jueces, por todo este engranaje feroz que parece diseñado para matarnos o dejarnos morir. Una novela que, como esta, no se vendió mucho pues la noticia del miércoles pasado sobre el fallo de esta jueza valiente se hundió en el mierdero político que armó ese “buen muchacho” llamado Nicolás Petro.

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