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Era el 8 de enero de 2017, y Meryl Streep, hermosa, enorme, recibía un premio en la gala de los Globos de Oro. Su discurso no fue sobre cine, ni sobre su vida, sino sobre los nubarrones amenazantes y espesos de totalitarismo y autocracia que se veían venir sobre su país. Por eso pidió proteger a la prensa, a los periodistas, como los diques naturales de contención a los abusos y desviaciones del poder y los primeros salvaguardas de la verdad. No mencionó a Trump en ningún momento, pero era evidente la alusión a él, que iba a asumir como presidente días después.
Y vinieron cuatro años de excesos en el poder, y de un abandono demencial al principio de la verdad, como valor irreductible de la democracia, como búsqueda y lugar posible e ideal, y en su reemplazo se instaló una realidad paralela construida por el propio presidente y copiada sin ningún filtro por millones de seguidores. Algo tan alucinante que el Washington post, con su equipo de comprobadores de datos dejó asentadas un total de 30.573 falsedades emitidas de 2016 a 2020, con un récord de 503 mentiras en un solo día, el 2 de noviembre de ese último año. El dato está en el libro Frente al poder Trump, Bezos y el Washington Post, escrito por Martin Baron, exdirector de ese diario, quizás el más importante del mundo.
Estuvo Baron en la Feria del Libro de Bogotá que termina hoy. En una hora y media de charla recordó cómo su periódico logró demostrar la evidente filtración y manipulación rusa en las elecciones de 2016, las reuniones del yerno de Trump, Jared Kushner, con banqueros rusos, la responsabilidad del príncipe heredero de Arabia en la muerte y desmembramiento del periodista Jamal Kashogi, ocurrida en el consulado árabe en Estambul, y la respuesta de Trump de no hacer nada porque no quería arruinar unos estupendos negocios de su país con los árabes, la verificación posterior de esos negocios pero con la familia Trump incluida. También, recuerdos más viejos sobre la investigación por abusos sexuales en la iglesia católica, que él lideró siendo director del Boston Globe en el 2002, y que significaron la renuncia de un cardenal, las millonarias indemnizaciones a víctimas, y una nueva política dentro de la iglesia menos sigilosa y permisiva con sus curas pedófilos.
Baron se jubiló en 2021, y se fue con la satisfacción y el orgullo eternos de haber sido una presencia firme contra los abusos del poder, y un custodio de la verdad. No vale la pena hacer el triste recuento de los hechos que vinieron luego, con el inconcebible retorno de Trump al poder, y su renovada persecución a la prensa, cotidiana, metódica, para minar su credibilidad, desvirtuar de antemano cualquier señalamiento en su contra, en últimas para crear un marco de significado en el que el poder de vigilancia y escrutinio de los periodistas siempre quede en duda.
En tres meses se va Petro del cargo y justo uno de sus “logros” indiscutibles es haber conseguido montar el imaginario de que la prensa colombiana es un bloque homogéneo de mentiras y maquinaciones, que solo existe para servir al interés de sus jefes banqueros y empresarios, y que es además una de las grandes responsables de que Colombia no sea hoy la potencia mundial de la vida que prometió. Lento, sistemático, reiterativo, consiguió deslegitimar a priori toda información que emitieran los medios, entre ellas muchas denuncias serias y contundentes sobre la corrupción o los desgreños y anomalías en su gobierno y hasta de su campaña, léase topes electorales, Ecopetrol, UNGRD, polígrafos ilegales, fiestas vallenatas en el servicio exterior con prófugos de la justicia, títulos universitarios fraudulentos, ministros que se volvían ministras de la noche a la mañana, o los numerosos cuestionamientos a funcionarios muy controvertidos, Benedettis, Quinteros, Sarabias, Guerreros, de cuyas conductas seguimos esperando que hable la justicia. En casi ninguno de esos episodios se pudo apreciar a un Petro autocrítico, partidario de investigar y buscar la verdad, preocupado por depurar, y sí a uno en la tarea recurrente de descalificar y desmentir sin pruebas los cuestionamientos. Así, a lo Trump, la verdad terminó entrando en un espacio brumoso que solo sirve para reconfirmar las creencias preexistentes, o simplemente deja de importar y se subordina, excusa, por el carisma del jefe y sus transgresiones simbólicas. O meramente porque todos los anteriores han hecho lo mismo.
Hay un caso muy doloroso en estas dos últimas semanas que compromete a uno de los medios más serios, rigurosos y valientes desde su origen en 2009: La Silla Vacía. En una intrincada mezcla de circunstancias, desde varios flancos y medios tan disímiles como Semana y Raya, y muchas redes sociales, con informaciones parciales, descontextualizadas, o abiertamente amañadas, le han empezado a cobrar su actitud vigilante e independiente. Desde el Gobierno, pero también desde el abelardismo (si es que esto existe) han logrado poner a tambalear el prestigio y una reputación bien ganadas a lo largo de casi dos décadas. Esa izquierda que los aplaudió a rabiar todos estos años por las denuncias certeras contra el uribismo, ahora no perdona las preguntas de este portal sobre la presencia de Iván Cepeda en el computador de Raúl Reyes, ni los informes que han cuestionado a este gobierno; tampoco el grupo de Abelardo, ni la familia Gillinski, por las respectivas financiaciones a las campañas de De la Espriella y Vicky Dávila, escrutadas por La Silla Vacía. Hay dos pedidos de rectificaciones en marcha, uno para Semana y el otro para Raya, que deben resolverse pronto, antes de pasar a acciones judiciales.
De corazón, espero que La Silla Vacía consiga aclarar este seudo complot contra ella y mantenga el espíritu de lucha por contarle a Colombia lo que los poderosos de todos los colores no quieren que se sepa.
