Inquietante esta nueva faceta de la política colombiana que quedó prefigurada hace una semana con varios hechos coincidentes, aunque quizá no fortuitos ni vinculados por cuenta del azar. Luego de varios indicios de que Gustavo Petro se encaminaba a ser un presidente de balcón, de agitación de masas y movilización, cuando algo no le guste, o no le convenga, el discurso del primero de mayo desde la Casa de Nariño despejó todas las dudas y anticipó lo que se viene en los tres años largos que le quedan de mandato. Dos días después, una minga indígena se vino a Bogotá como respaldo al presidente, mientras el Congreso discutía el Plan Nacional de Desarrollo, para exigir “que se cumpla lo pactado en las mesas de consultas previas”. Dicho de otro modo, lo que se consultó con las comunidades adquirió estatus de “pactado”, y al Congreso solo le queda el camino de aprobarlo.
En su intervención desde el balcón, el presidente lanzó varios mensajes, pero fue muy llamativo el de la apelación a la historia, a la independencia de Colombia como una confrontación contra un poder foráneo tiránico y dictatorial. Petro habló de la epopeya contra el “yugo español” y de que a los próceres “la palabra cambio no los asustaba, iban al paredón cuando los aprisionaban y se escapaban a los llanos y montañas con alguna escopeta al hombro para sobrevivir hasta poder vencer(...) fueron ellos los que crearon esta república, una juventud en aquel entonces de muchachos y muchachas dispuestos a hacerse matar porque este país fuese libre, y acuñaron la palabra libertad”. También hizo un elogio emocionado a la participación de los indígenas, los negros, los sin camisa, en ese ejército libertador.
Ocurrió apenas ocho meses después de que el mismo personaje exigiera que trajeran la espada de Bolívar para su posesión presidencial, pero también ocurrió un día antes de viajar a España en visita de Estado, un periplo en el que en su agenda estaba reunirse con el rey borbón, ser condecorado con el collar de la orden de Isabel la Católica, la iniciadora de la invasión a estas indias occidentales, y hablar ante las Cortes, el órgano legislativo de ese reino que impuso su yugo por tres siglos.
Veo todo esto como un punto de quiebre en el gobierno, uno en el que ya no tiene vuelta atrás esa estrategia de apelar a la protesta popular, inclusive de antemano, si algún otro poder no le camina a sus políticas, y uno en el que se enroló ya sin rodeos en el club de presidentes de la izquierda que quieren una reescritura de la historia, una que engrandece la leyenda negra de España, la del genocidio, la ignominia, el dolor y la exclusión, magnifica la epopeya del criollo americano, con Bolívar como el Mesías precedente, y pontifica sobre la superioridad espiritual de las razas nativas de estas tierras; una reedición de “Las venas abiertas de América Latina”, de Galeano, pero con el elemento adicional de una creciente cancelación de lo foráneo y de lo que en el pasado contrarió el nivel de conciencia y las conquistas éticas de hoy. Un discurso perfecto para vender en unas mingas que vienen derribando estatuas y rompiendo monumentos desde el sur, y que en adelante se anticipan como una de las guardias pretorianas, o mejor petrorianas.
Por esas hermosas coincidencias de la vida, tuve una mesa en la Filbo pocos días antes del discurso del balcón, con ese latinoamericanista fabuloso que es Juan Villoro y salió a relucir una carta de Bolívar, aquella que le envió al general Flores, gobernador en la parte sur de una Gran Colombia a punto de romperse. En esa misiva del 9 de noviembre de 1830, un Simón casi moribundo escribía que “la América es ingobernable para nosotros”; que “el que sirve una revolución ara en el mar”; que “la única cosa que se puede hacer en América es emigrar”, y que “este país (Colombia) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas”.
Todo un torpedo al discurso indigenista y a la ilusión de la independencia como la empresa formidable de una indiada, de unos desarrapados, y olvidados.
Concluía Villoro contando cómo el movimiento por los derechos civiles de los negros en los no tan lejanos años sesenta pidió que estatuas significativas no solo por su estética sino porque representaban a líderes esclavistas no fueran derribadas. El propio Luther King las consideraba un testimonio histórico de algo que había sucedido y que no debía ser borrado.
Decía Walter Benjamin que “todo documento de civilización es un documento de barbarie. Hay algo que se destruyó para que algo fuera construido”.