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Voy a votar por Petro, aunque no haya sido mi opción original. A la mía, la del grupo en el que siempre he creído, le quedó grande el momento histórico y la toma de posición frente a la terrible encrucijada en que nos metió un proyecto político, paramilitar en su ideología, irremediablemente corrupto en su accionar, amoral y promotor de una guerra como statu quo para perpetuar el clasismo y la exclusión. A ese proyecto se le fueron sumando los partidos de siempre, por comodidad, por coincidencias, y para el 2018 ya no quedaban muchas fuerzas políticas que se le opusieran; básicamente Petro y los míos. Los míos lo hicieron con temor, con timidez; Petro, de frente y con todo, como se debe contener al mal. Por eso voy a votar por él desde la primera vuelta, para no correr el riesgo del 2018, el que nos costó el infierno de estos cuatro años.
Y no es solo un antivoto: al comparar a Petro con Fico Gutiérrez, el aspirante apoyado por aquel grupo, creo que lo supera de lejos, uno a uno, en conocimiento del Estado, en profundidad y coherencia de propuestas, y en densidad intelectual.
Hay algo de temor en mi voto, no lo niego, por los vestigios populistas que nos ha dejado ver algunas veces, pero sobre todo porque su movimiento está básicamente nucleado alrededor de un solo hombre, así hayan terminado confluyendo en él distintas fuerzas, las de los olvidados, silenciados, y pospuestos desde siempre. Un solo hombre, además, con un talante muy personalista en su manejo del poder.
No obstante, a mi voto también lo mueve la ilusión, esa de que por primera vez un independiente, un personaje sin nexos directos ni indirectos con las castas centenarias, llegue a gobernar. Uno, además, de una izquierda que se asume como tal, sin ocultarlo, sin ponerle remoquetes ni adjetivos que enmascaran intenciones. Nuestra guerra proviene, antes que nada, de la visión fundacional de unas élites de excluir del manejo del poder a la izquierda y a las corrientes populares, a sangre y fuego o con el mazo de la ley, o de acuerdos, o de trampas. Quizá Jorge Eliécer Gaitán hubiera sido un buen presidente, quizá no, pero con seguridad su presidencia sí hubiera sido un mensaje poderoso de que todos cabíamos, que el sistema dejaba unos resquicios de inclusión, y podía respetar y cumplir unas reglas democráticas. Un argumento menos para un conflicto muy antiguo que aún sigue vigente. Pero, sobre todo, el optimismo de mi voto está anclado en la esperanza de que, llegado al poder, y ante la magnitud del hecho histórico, del desafío y la oportunidad única en dos siglos, el hombre actúe en consecuencia y se decida a pasar a la posteridad como un gran reformador, o como la génesis de un cambio.
Yo quiero pedirle a ese Petro cinco cosas. Podrían ser más, pero me contento con estas y las dejo por escrito para mi balance personal en unos años sobre si valió la pena haber depositado la fe en él. Ni siquiera voy a mencionar aquella estupidez de que no expropie, o que se quede solo 4 años. Lo de la expropiación es un ardid para asustar ingenuos porque él no es Chávez, ni esto es Venezuela, y porque la desmesura de la catástrofe vecina es irrepetible. En lo de no alargar su tiempo, contrario a las otras izquierdas, que se montaron al poder jurando reescribir constituciones, él insiste en poner en marcha la que suscribimos tres décadas atrás.
Si Petro existe y es hoy una opción firme y poderosa es porque el país se saturó y encolerizó con tantas trampas del uribismo y sus secuaces; de las mentiras que no solo pretenden ocultar la realidad sino insultar la inteligencia. Entonces, mis cinco peticiones a Petro tienen que ver con hacer las cosas de un modo radicalmente diferente. La primera es no más “jugaditas”. El reciente episodio de Daniel Quintero en Medellín es una “jugadita”, e insulta nuestra inteligencia ese pretexto de que el video sobre “el cambio en primera” es la expectativa de una campaña institucional del municipio. No puede haber “jugaditas buenas” y “jugaditas malas”, señor Petro, porque tan urgente como reducir brechas sociales, visibilizar a tantos excluidos, redistribuir riquezas, lo es reconstruir el concepto de verdad como parte sustancial de la actividad pública y del debate nacional.
Lo segundo que le pido tiene que ver con lo anterior. En Colombia los órganos de investigación y control han tenido mucha cercanía con el poder, pero no en los niveles aberrantes del gobierno que termina, cuando salían directo de la Casa de Nariño, para la Fiscalía, la Procuraduría. Duque degradó esas instituciones, las subordinó con toda alevosía, y por eso Quintero al sufrir las consecuencias de su juego se pudo escudar, en toda lógica, en que aquel que lo sanciona no es legítimo.
Lo tercero también va por esa vía. Después de 20 años de persecución a la rama judicial, de sembrar dudas acerca de sus juicios, de espiarla, hacer escarnio público, lo mínimo que podemos esperar de su gobierno es no repetir ese libreto ni siquiera cuando los fallos no lo satisfagan o no le convengan, o cuando alguno de los suyos resulte un “buen muchacho” al que la justicia llamó a rendir cuentas.
La cuarta solicitud tiene que ver con nuestra relación con el tío Sam, que a menudo ha sido obediente y obsecuente. La petición aquí es encararla en el nivel del respeto y la soberanía, pero sin caer en la discursiva de esa izquierda rechinante y anacrónica de asumirnos antiyanquis. Ojo con la tentación de armar clubes con algunos de los impresentables del cercano vecindario para marcar distancias hacia el Tío. Lo he dicho varias veces: los gringos han sido a menudo unos “hijos de perra” con América Latina (parafraseando a Cordell Hull, secretario de Roosevelt, en alusión a Anastasio Somoza), pero finalmente son “nuestros hijos de perra”. En un mundo donde Putin está husmeando dónde intervenir, dónde atizar tempestades, y China dónde colonizar, sería garrafal alejarse del “malo conocido”. En esa línea, tampoco cabe exportar revoluciones ni soñar con liderazgos continentales. Si su modelo hacia adentro resulta exitoso, se exportará tarde o temprano.
Lo último de esta lista personal es combatir desde su primer día de gobierno aquella idea tan nociva en estas tierras de que un presidente puede ser un redentor, un salvador, y que de él depende en absoluto nuestra vida, el futuro. Petro puede pasar a la Historia, con mayúscula, si consigue que al final de su mandato haya más instituciones que petrismo.
