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Hay expresiones colombianas que me hacen sentir avergonzado de mi país, de mi gente, de mí mismo, y me hacen reconfirmar que lo mejor de Colombia no son propiamente sus habitantes, aunque algunos foráneos nos sigan mintiendo al decir lo contrario. La semántica escondida de las palabras dice mucho de los pueblos; la forma en que acuñan sus aforismos, sus dichos populares, refleja la mentalidad colectiva que han ido modelando la historia y la cultura. En los refranes y en los usos idiomáticos se pueden rastrear los horizontes éticos de una sociedad, los dilemas morales, la profundidad de las miserias y grandezas.
El “papayazo”, por ejemplo, nos define en sus dos derivaciones. La más triste, a la que se le ha dado incluso el título de décimo segundo mandamiento, es el “no hay que desperdiciar papaya”, porque es una oda a la viveza, a la actitud de estar siempre a la espera del error ajeno para hacer escarnio, para sacar ventaja, para aprovecharse. Obviamente, antes de ese décimo segundo mandamiento hay un décimo primero que es “no hay que dar papaya”, y aunque este al menos albergue un vago mensaje de prevención, de autocuidado, también es una gran apología a la desconfianza, una renuncia irrevocable y pesimista a la buena fe del otro, a las buenas intenciones del resto. Una y otra expresión son bien descriptivas de una sociedad no solo recelosa y taimada, en guerra consigo misma, sino en negación absoluta del sentido público, de la construcción de proyectos entre todos y con todos. ¿Cómo hacerlo si yo, por mandamiento, debo vivir en permanente suspicacia hacia el otro? Es revelador que en la medición del Latinobarómetro, ese observatorio de las democracias latinoamericanas, Colombia siempre está en los últimos lugares cuando se hace la pregunta sobre la confianza en los demás.
Un verbo colombiano bastante retorcido es el “sapear”, cuya génesis parece coincidir con la irrupción de la cultura narco entre nosotros, y subvierte, como la mentalidad mafiosa logró subvertir la mayoría de fundamentos y certezas, esa inveterada obligación civil de denunciar. Esta es probablemente la expresión que más se vincula con unas actitudes del colombiano (y del latinoamericano) que siempre me han llamado profundamente la atención: el descaro y la indolencia. Cuando a un japonés o un alemán los descubren saltándose una norma, digamos un semáforo en rojo, un no pago en el sistema de transporte, es visible una sensación de vergüenza. El colombiano, al contrario, se alebresta, se enoja y hasta se violenta. Tras de ladrones, bufones, diría un refrán foráneo. Aquí inclusive ha muerto gente por hacer un simple llamado de atención ante una falta. Sucedió en 2017, cuando Leonardo Licht, funcionario de recaudo de Transmilenio le reclamó a un colado el pago del pasaje, y terminó apuñalado luego de escucharse un “no sea sapo”. La complicidad, la inacción, el silencio, y en todo caso, el “no ser sapo” terminan siendo si no un valor, al menos una conducta deseable.
La otra expresión infame de esta colombianidad es ese “de malas”, que casi siempre esconde una afrenta, un ultimátum vertical, una intención autoritaria, a menudo acompañada de arbitrariedad y abuso, y siempre con finalidad provocadora y camorrera.
La vicepresidenta Francia Márquez la pronunció hace una semana para poner punto final, a su manera, al debate acerca del uso de unos helicópteros para llegar a su residencia en los suburbios de Cali, una vivienda de lujo que fue alquilada para ella y su familia. “Lo siento y perdónenme los colombianos por decirlo así, pero, de malas, soy la vicepresidenta de este país...” Y reveló detalles acerca de un posible atentado contra ella.
Es hasta tonto y ridículo considerar incoherente y contradictorio que la vicepresidenta de Colombia viva en un sitio estrato seis, donde viven los ricos de Cali, y también debatir si una funcionaria de su jerarquía puede o no usar los helicópteros para su seguridad. El problema es que Francia se dejó enganchar en la mala leche de esas discusiones. Hay cosas que no se tienen que explicar, y que, si se quieren aclarar, por transparencia, deben dejarse en manos de voces subalternas.
El año pasado una de las enormes rupturas históricas fue precisamente que un negro (me sigo negando al eufemismo ofensivo y triste del afrocolombiano) llegara al segundo cargo en la línea directa del poder (porque también me parece peregrino y pendejo aquello del segundo más importante). Pero hay que hacerse cargo de esa gran ruptura y asumirse como el gobernante. Mujer gobernante, simplemente, no gobernante negro, ni con pasado excluido, y menos en la actitud de la revancha y del cobro de unos agravios y unas deudas centenarias.
Error caer en esa controversia, pero más aún zanjarla con ese “de malas” dictatorial y pendenciero. Francia “dio papaya”, y las derechas y las ultraderechas “no desperdiciaron la papaya”. Y como soy “sapo” desde niño y prefiero decirlo yo, que voté por ella y aun me regocijo de esa ruptura histórica del 2022, no pude dejar de recordar ese episodio cuando Claudia Palacio, sin mala intención, le preguntó a la misma Francia si iba a vivir sabroso en la casa oficial de la vicepresidencia. La respuesta de ella, aun no posesionada, fue que vivir sabroso “se refiere a vivir sin miedo… y tal vez no con un poco de gente armada, porque eso no es vivir bien, vivir sabroso. Tener que andar todos los días con treinta personas armadas no es vivir sabroso”.
En conclusión, Francia no está viviendo sabroso. Y es la vicepresidenta. Una forma inconsciente de reconocer que falta mucho para cumplir esa promesa por la que votamos hace un año.
De todas maneras, yo no le voy a decir a Francia un “de malas, para qué te metiste en esto”. Ella es mi vice, y que esté allí es un simbolismo poderoso; además, sigo en la apuesta de que esa puerta que se abrió el año pasado no se cierre nunca más.
