En cuatro años, cuando vuelva a haber elecciones, habremos agotado la tercera década de este siglo XXI, en el que ya he vivido un poco más de la mitad de mi vida. En la comprobación de que quizá me queden otros veinte, treinta a lo sumo, o cinco o uno, me deprime pensar que se me fue la vida al maldito vaivén de unas opciones extremas que se me impusieron y me forzaron a elegir sin fe, sin convicción, a ejercer más un derecho al veto que un derecho al voto, a escoger entre el cáncer y el sida cada cuatro años… a votar por “el menos pior”.
Los resultados entregados por la Registraduría el pasado 8 de marzo me reafirman en ese fatalismo porque en pocas horas quedaron barridas casi todas las opciones de centro, las moderadas, las que no comulgan con ningún extremo, y se arriesgan a fustigar, a denunciar, a llamar a cuentas a un bando y al otro. El Congreso que viene no tendrá la lucidez y responsabilidad de un Jorge Robledo, la constancia trabajadora de una Angélica Lozano, la franqueza valiente de una Katherine Miranda, la honradez sencilla y confiable de un Lucho Garzón; ese mismo día, personajes tan indispensables como Claudia López se quedaron sin espacio político; qué mal cálculo inventarse esa consulta absurda en la que se dejó contar sin ninguna excusa, hasta quedar en ridículo; movimientos ecologistas, indigenistas, de trabajadores, perdieron su personería jurídica. Todos ellos fueron orillados por las opciones más draconianas, por las del Todo Vale, y las Colombias parciales.
Es irónico que Petro, que fue creciendo electoral, política y moralmente en la última década como el muro de contención contra esa filosofía perversa que encarnaba y encarna el uribismo, hoy luzca más parecido que nunca a su némesis. Qué tal el uso y abuso de los medios de comunicación del Estado para favorecer a los suyos, denunciado por los observadores electorales que acreditó la Unión Europea, qué tal su estrategia preventiva y reiterada de que en los comicios iba a haber un gran chocorazo para perjudicar a su partido, y a la postre este terminó siendo uno de los ganadores indiscutidos, algo muy similar al Uribe de 2016 cuando nos quiso vender la idea de un tremendo fraude a favor del sí a la paz en el plebiscito, para minar de antemano un resultado que no le gustara, y tristemente el no se llevó el triunfo. Qué tal su populismo rampante de dejar para el último año, y a tres meses de elecciones, el más grande incremento del salario mínimo en toda la historia. Qué tal su desdén a la prohibición de participar en política en estos últimos meses.
En el caso del petrismo, la escogencia de Aída Quilcué como vicepresidenta de Iván Cepeda cierra la puerta a una apertura, a una flexibilización y más bien radicaliza el proyecto político hacia la izquierda y hacia el discurso vindicativo y confrontacional.
El petrismo y su izquierda fueron triunfadores, nadie lo duda; lo paradójico es que al mismo tiempo y en la misma dimensión lo fueron la ultraderecha y sus agregados. ¿Cómo se explica un país así? A partir del 20 de julio tendremos entonces en el Congreso la voz sectaria y belicosa de Enrique Gómez y su Salvación Nacional, que es el partido de Abelardo de la Espriella. ¿Qué diría al respecto un personaje como Álvaro Gómez Hurtado, un conservador de muchos kilates, intelectual, estadista, de tener a semejante chafarote como el aspirante del movimiento que él mismo creó para distanciarse del conservatismo más manzanillo y transaccional? Con todo, el gran vencedor de la jornada del domingo, incluso aún más que Petro, es Álvaro Uribe. Que se quemó, dicen varios analistas, pero era evidente que su mensaje al ponerse en el renglón 25 de su lista cerrada no era quedar sino jalonar al máximo una votación que le sumara más curules a su partido. Y logró cuatro más que las de hoy. Uribe, en una jugada maestra, consiguió colar a su candidata en una consulta que había nacido en la centroderecha, y se fue moviendo hacia una derecha más marcada y hacia el antipetrismo, desde que aceptaron a Vicky Dávila, otra ficha del expresidente. La llegada de Paloma Valencia dinamitó la pretensión independiente y cualquier posibilidad de triunfo para los demás. ¿Cómo competirle a ella en una votación el mismo día de las elecciones para Congreso, cuando el Centro Democrático suma 28 parlamentarios versus uno de Galán y cero de todo el resto?
La votación de Oviedo podría llamar a una cierta ilusión de que no todo está perdido para las opciones moderadas, para las propuestas que se niegan a caer en el Todo se vale y en la convicción de que hay que acabar la paz o, por el contrario, que hay que hacerla a saco y hasta con los forajidos. Pero lo de Oviedo lo siento episódico y restringido; no se puede olvidar que del millón 200 mil votos del exdirector del Dane más de 500 mil los puso Bogotá, y la capital es cuento aparte en cuanto a cultura política y voto de opinión. Y la esperanza con él languidece al haber aceptado fácil y rápido ser el vicepresidente de la candidata de la ultraderecha más tradicional. El uribismo lo aprovechó para pretender un acercamiento al centro que pinta más oportunista y coyuntural que programático y aun menos ideológico. Iluso pensar en que Oviedo logrará moderar a Paloma y al uribismo, y que adicionará de modo significativo cuando su capital político era altamente simbólico, construido sobre su posición moral e independiente, algo que se desdibujó rápidamente.
No me resigno a entrar en la vejez en este país en el que Uribe me hizo izquierdizar hace veinte años con su sentido del Todo vale, su “Sea varón”, sus 6.402 falsos positivos, y sus “articulitos”, y en el que Petro lleva tres años derechizándome con su otra versión del Todo vale, sus “blanquitos ricos”, sus discursos sobre los “Brayan”, sobre el robo de celulares como gestos de amor, sus delirios de segundo Simón Bolívar, y sus frases sueltas sobre la pobreza que terminan por exculpar hasta al clan de Aragua.