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Del talibán a un tal Iván

Sergio Ocampo Madrid

29 de agosto de 2021 - 10:00 p. m.

Muy buenos la mayoría de los memes acerca de la llegada de 4.000 refugiados afganos a Colombia. Muy ingenioso aquello de mostrar el dilema mortal entre quedarse bajo el yugo talibán o venirse a otra tierra donde gobierna un tal Iván. Divertido, genial, pero impreciso y hasta cierto punto injusto. No con el tal Iván, sino con esta Colombistán nuestra, en el entendido de que el sufijo stan en persa significa tierra de afganos, uzbecos, pakis o colombianos.

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Sin duda, hay similitudes entre aquella nación milenaria y esta patria apenas bicentenaria: ambas, pobladas por gente mayoritariamente buena, pero indiferente, resignada a su papel de víctima en el mundo, ignorante de sus derechos, poco demandante con sus altos mandos; una y otra aporreadas por unos dirigentes que han hipotecado recursos y soberanías a poderes foráneos, para embolsillarse lo que era de todos. Ambos, pueblos de sobrevivientes que aprendieron a convivir con la guerra, a resistir. Los dos, productores a gran escala de estupefacientes: aquí, coca; allá, hachís. Por eso, estigmatizados adonde se muevan, en los chistes, en los prejuicios y en las aduanas.

Natalia Aguirre, quien vivió casi un año en Kabul trabajando como ginecoobstetra de Médicos sin Fronteras, cuenta en “300 días en Afganistán” que quizá su cerebro nostálgico la hacía ver asociaciones donde no existían, pero que al poco tiempo de su exilio descubrió que afganos y colombianos eran muy similares, en lo básico. Somos habitantes de montañas; somos títeres políticos; somos primarios y violentos en nuestras reacciones; tenemos una malicia de la que carecen los europeos, los norteamericanos, y los asiáticos lejanos; ellos y nosotros tenemos camiones llenos de colores festivos y dibujitos, como las chivas; compartimos chistes con doble sentido, y tenemos expresiones casi idénticas: “Vaya con Dios”, “Dios le pague”, “Al que escupe hacia arriba en la cara le cae”. Inclusive, dice ella que el dari, que es el persa afgano, usa más o menos los mismos fonemas que el castellano.

Aquí bebemos bastante, y allá casi nada, por la religión. Y ahí es donde empiezan las diferencias enormes entre Colombia y Afganistán, que hacen hiperbólico aquello de que nuestros 4.000 refugiados afganos salieron de Guatemala para venirse a Guatepeor. No, no cabe comparación y plantearla solo ayuda a confundir más nuestra realidad, a hundirnos en el fango de la desilusión, además de constituir una burla a la tragedia medular y crónica del pueblo afgano. Baste decir que en los últimos 40 años ellos vivieron dos gigantescas invasiones de superpotencias, la de los soviéticos en los 80 y la de los gringos desde el 2001. Y ambas tuvieron que claudicar e irse ante los abismales costos de una guerra que podía ser eterna y que no iba a permitir instaurar los gobiernos de sus intereses.

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En “Afganistán, crónica de una ficción”, un libro de 2012, Mónica Bernabé desnuda la falacia de creer que Estados Unidos consiguió armar un ejército profesional allí, que las condiciones de vida mejoraron tras su invasión, que las mujeres adquirieron un estatus nuevo y que el gobierno de Hamid Karzai constituía una democracia real. Tenía razón esta reportera de guerra y eso quedó amargamente claro con la maniobra militar que en menos de una semana les entregó el control absoluto a los talibanes. El documental “Las cuatro claves del colapso de Afganistán”, de Visual Politik, consigue explicar que las Fuerzas Armadas afganas nunca tuvieron los 300.000 hombres de los que hablaba Estados Unidos y que financiaba, pues casi 100.000 de esas tropas solo existían en el papel y eran nóminas ficticias cuyos salarios iban a las arcas de varios políticos kabulís, y que, si bien estaban dotados con última tecnología, muchos vendían sus armas sofisticadas en el mercado negro. Todo un desangre económico de dos décadas que tuvieron que sostener cuatro presidentes, de Bush a Biden, con la ironía de que uno de ellos era un premio nobel de la Paz (Barack Obama), y con la traición de otro (Trump) que, sin contar con el gobierno de Ashraf Ghani, firmó un acuerdo con los talibanes, en Doha; un acuerdo que en la práctica era una rendición. Ghani fue el primero en huir la semana pasada cuando los talibanes llegaron a la capital. Y Estados Unidos acumuló su segundo Vietnam, menos sangriento en vidas, pero más costoso en dólares. Para darle un último giro a la tuerca, Afganistán duerme con el enemigo al lado: el oscuro Pakistán desde donde le llegaron los talibanes y los terroristas de Al Qaeda.

Nuestra tragedia como colombianos, aun con los 6.402 asesinados en los falsos positivos, con los entre cuatro y siete millones de desplazados, con los 150.000 muertos en cinco décadas y hasta con el horror de las motosierras, de los secuestros, es pequeña, manejable, solucionable, frente al horror de la mitad de Kabul destruida por los tanques rusos, por los bombardeos norteamericanos, por las guerras intestinas de los muyahidines, por la locura delirante de los talibanes, que destruyen budas enormes de 15 siglos de antigüedad, cortan manos a los ladrones, les prohíben educación, trabajo, autonomía, evolución a las mujeres y lapidan a las adúlteras, y encarcelan a hombres imberbes. Nuestros problemas de largas filas en las EPS, las quejas por el sistema de salud, adquieren otra dimensión cuando se mira que el promedio de vida de un afgano es de solo 53 años (aquí es de 76), que de cada mil niños que nacen allá mueren 108 (aquí son 16), nuestros serios reparos a la educación en Colombia palidecen al constatar que el 34 % (uno de cada tres afganos mayores de 15 años) no sabe leer ni escribir, y que el 74 % de los campesinos, tampoco. Aquí, el analfabetismo entre la gente joven llega al 1,5 %.

En fin, es bueno hacer chistes, es bueno cuestionar nuestra realidad dura y difícil, las monstruosidades que tiene la clase política y las deformaciones que cargamos como sociedad, pero no es bueno perder el contexto ni las perspectivas. Comparar Afganistán con nuestra Colombistán y ponerlas en el mismo nivel de fracaso político, social, económico, es maltratarnos sin necesidad y de alguna manera burlarnos de esos hombres y mujeres que vimos por televisión tratando de pegarse a la llanta de un jet para huir del último círculo del infierno. Bienvenidos todos los afganos, bienvenidos a este purgatorio en el ombligo del trópico.

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