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“Despetrificar” a la izquierda

Sergio Ocampo Madrid

29 de junio de 2026 - 12:07 a. m.
"También alcancé a confiar en la promesa de Petro de que, culminado su tiempo, se iba a cuidar nietos, a leer y escribir; esa era la verdadera despetrificación. Pensar en más izquierda y menos Petro. Y me di cuenta de mi imperdonable ingenuidad" - Sergio Ocampo.
Foto: Joel_Gonzalez
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Consumada la derrota, alcancé a tener una ilusión. Luego de los resultados electorales, con De la Espriella ganador por segunda vez y tras enterarnos con todo el rigor de una investigación periodística marca Ricardo Calderón que este gobierno negoció la inteligencia del Estado y las cabezas de una treintena de generales con la organización más criminal del país, alcancé a pensar que lo que venía era una reflexión profunda, una búsqueda de respuestas, un examen de responsabilidades y quizá correcciones en la dirigencia, en las bases, en los militantes de la izquierda.

Era razonable esperar que ante un Abelardo que prometió destripar, y medio país diciéndolo que lo hiciera, los partidos de esta ideología iban a darse cuenta de que necesitan “despetrificarse”, salir del discurso, las lógicas, las costumbres, y hasta los imaginarios de los años 60 en los que están petrificados. Frente a tal amenaza lo que se requiere sin duda es una izquierda más fuerte y más legítima que nunca. Y fuerza y legitimidad no vienen del número, de la cantidad, sino de una apuesta ética y una claridad moral, de recuperar ese valor esencial que es la verdad, y jugar con inteligencia para leer los tiempos y actualizar los lenguajes y símbolos.

Alcancé a pensar que se llegaba el momento de dar el salto cualitativo, la transformación profunda, la renovación que no ha conseguido y que le imposibilitó continuar en el poder luego de estos cuatro años. Pero entonces vino un primer aviso al ver que su reacción inicial fue esgrimir de nuevo el libreto de que la culpa siempre es ajena: de que aquí hubo un robo de elecciones, compra de votos de la ultraderecha, y un complot internacional orquestado por Trump. No se escuchó a nadie significativo aceptar que en esta derrota tuvieron una enorme responsabilidad el jefe de Estado y los partidos y las fuerzas, legales e ilegales, que lo acompañaron. Otra vez, como la contraparte que tanto combaten, apelaron a la estrategia de mentir, porque no hay pruebas del fraude. Y no hay autoridad moral para hablar de compra de votos cuando en 2022 eso fue lo que inclinó la balanza a favor del Pacto histórico, y Benedetti lo sabe y lo usó para quedarse reinando en el centro de todo. Y acerca del llamado voto fusil, solo vimos negación total ante la evidencia de votaciones muy sospechosas del 98 y 100 por ciento en el Pacífico por Iván Cepeda; nada del ímpetu con que investigaron y denunciaron en el pasado el constreñimiento electoral en las zonas paramilitares. Esta izquierda anacrónica sigue creyendo que si lo hacen ellos es bueno, si lo hace el otro es inadmisible.

Esta izquierda autista, además, se contenta con el pajazo mental de que esas comunidades negras e indígenas se sintieron reivindicadas y visibilizadas. Y puede ser cierto, pero lo otro también, y eso da argumentos al opositor para seguir denunciando que quizá no se ha superado del todo aquello de la combinación de todas las formas de lucha. Sobre lo de Trump, yo creo que le restó más a De la Espriella que lo que pudo sumarle, y en parte esa intervención grosera en nuestros asuntos internos explica el gran crecimiento de Cepeda de primera a segunda vuelta, y el estrecho margen final. Centro e indecisos decidieron y resistieron.

Alcancé a creer que había llegado el momento de trascender la añoranza de los años 60, actualizar Las venas abiertas, aquel libro totémico que ubica como raíz de todos nuestros males a los imperialismos y las imposiciones externas. Pensé que había llegado el tiempo de encarar a Estados Unidos de un modo distinto y reconocer que es allí donde primeramente se está resistiendo a la dictadura de Trump. Y clarificar las relaciones con los imperialismos del este, el ruso, el chino, y superar la nostalgia de un comunismo que ya no existe ni en uno ni en otro. Hasta Eduardo Galeano renegó un poco de su creación cuando en 2014, en una charla en Brasilia, aseguró que “no sería capaz de leer el libro de nuevo, porque cuando lo escribí no sabía tanto sobre economía y política”; también esperé alguna revisión de aquel mito de la raza cósmica, ese invento de José Vasconcelos del que se adueñó la izquierda de mitad del siglo pasado y modificó para refrendar una ilusión paternalista sobre la bondad y superioridad espiritual de los pueblos nativos, la pureza de sus saberes y haceres, y añadirle una malignidad al elemento hispano. Esos son los “blanquitos ricos” de Petro. Hay paternalismo en el gesto endogámico de Iván Cepeda al escoger a Aida Quicué como su vicepresidenta, y lo hay en ese determinismo fatal de que no se puede ser negro y conservador, o indio y de derecha. Que todos los pobres son de facto de izquierda, y que el centro es tibio y baboso. Lo de Claudia López adhiriendo a Cepeda, un acto coherente e inclusive noble si se tiene en cuenta cómo la vapuleó Petro todos estos años, fue recibido como camaleonismo y oportunidad. ¿Y si hubiera optado por el voto en blanco?

Alcancé a imaginar que se venía el momento de revisar el discurso y dejar las retóricas huecas, que hoy son un lastre si no van a la práctica; el ejemplo está a la vista en la culminación de un gobierno que fue mejor acuñando eslóganes, haciendo diagnósticos y dejando constancias, que concretando y ejecutando. También, que se iba a repensar el principio de la violencia como dispositivo, la destrucción como medio, sobre los que se ha edificado toda una épica, y muchas justificaciones y símbolos, banderas, espadas, que degradaron el conflicto hasta el límite de creer que hay víctimas buenas y víctimas malas, justas e injustas, y de que solo los de abajo han puesto el dolor y la sangre. Dylan, el chico muerto en el estallido social, es digno de ser llorado; Uribe Turbay es apenas “el hijo de una mujer árabe”.

También alcancé a confiar en la promesa de Petro de que, culminado su tiempo, se iba a cuidar nietos, a leer y escribir; esa era la verdadera “despetrificación”. Pensar en más izquierda y menos Petro. Y me di cuenta de mi imperdonable ingenuidad el viernes tras la reunión de Petro y Cepeda en la que se acordó que el jefe de la oposición será Petro. Vistos los antecedentes, seguro empezará a ejercer desde ya, aunque De la Espriella no haya sido investido. Cuatro años, u ocho o diez más, perdidos.

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