Termina siendo hasta cruelmente divertido: el gobierno de Duque quería evitar que la Feria del Libro de Madrid, donde Colombia es país invitado de honor, se convirtiera en una “feria política”, y eso fue exactamente lo que consiguió. Llevamos una semana hablando del tema, aquí y allá, de política y no de literatura, y hasta una marcha de protesta se convocó a última hora para aguardar la llegada del presidente a la capital española, ayer domingo, desde la Puerta del Sol hasta la Puerta de Alcalá; es difícil pensar que lo dejen instalar la feria sin protestas y rechiflas, o que le permitan presentar su libro en los próximos días, libre de alborotos. Inclusive El País de Madrid tituló con todo el sarcasmo “La ‘neutralidad’ del gobierno colombiano desata polémica en feria del libro de Madrid”.
No es simple torpeza de un embajador, como lo han querido presentar algunos, aunque en efecto las declaraciones de Luis Guillermo Plata al portal WMagazín son entre mezquinas y estúpidas, proferidas además de modo inconsciente con lo cual guardan toda la sinceridad de un discurso ideológico: “Uno no quisiera que una feria literaria se convirtiera en una feria política(...) Ni para un lado ni para el otro (...) Se ha tratado de buscar cosas neutras donde prime el lado literario de la obra”. No vale la pena detenerse en la profunda torpeza de esas palabras en las que se acepta de frente que hubo criterios políticos en la elección de los escritores; tampoco en el escaso vuelo intelectual del embajador, al considerar que la neutralidad es deseable en el arte, y que el “lado literario” de una obra riñe con una postura política. Es más, ¿cuál es el lado no literario de una obra?
Además de esta evidente censura a muchos autores, tampoco vale la pena recabar en el insulto contra aquellos que sí clasificaron, al sugerir que el régimen estima su “valor literario”, que los considera “neutros”, o sea sin definición, y en últimas, anodinos. Eso, viniendo de un Gobierno claramente inepto, represor y corrupto, es una afrenta para cualquier librepensador. La respuesta de dignidad y protesta era esperable: Melba Escobar y Margarita García desistieron de ir, y Juan Esteban Constaín, en una excepcional columna en El Tiempo, afirmó que iría por no dejar colgados a aquellos con los que se comprometió a conversar o a presentar libros, pero que no aceptaba un solo peso del Estado colombiano. Mejor dicho, que ya no era parte de la delegación oficial.
Lo que sí vale la pena mirar es la nueva evidencia de que este gobierno deforme y pequeño aborrece la protesta en cualquiera de sus posibilidades, así en toda entrevista diga que la respeta y la garantiza, en declaraciones siempre antecedidas por un “le voy a decir una cosa”, una muletilla sin imaginación ni valor literario. En este caso, se infiere de las palabras del embajador, que ante las eventuales críticas de los intelectuales en Madrid actuó de modo preventivo y cortó cabezas de antemano. Lo mejor es que era altísimamente improbable que una fiesta de las letras terminara en alguna manifestación significativa contra este gobierno, más allá de alguna declaración personal de alguien frente a una posible pregunta. Lo que se consiguió entonces fue desplazar el tema literario por el político, y ahora la mayoría de las preguntas confluirán hacia allá. La multitud de notas de prensa, las columnas, los editoriales de la semana pasada así lo auguran.
Lo otro que desnuda una vez más este episodio es esa convicción delincuencial y subdesarrollada de la clase política de que lo público es de ellos. Eso se hace patente en todos los niveles, desde disponer del erario para repartirlo entre amigos, como va quedando cada vez más claro en el incidente de la hoy exministra Abudinen y su contrato amañado y multimillonario con una unión temporal de familias de la costa y otros lugares, hasta invitar a una feria de libros no a una delegación nacional, diversa, poderosa, incluyente, representativa de todos los sentires, sino a un grupo si no de amigos (sería ofensivo plantearlo así) al menos de voces que no consideran enemigas. Todo, en esa pobre, dañina y peligrosa convicción de la ultraderecha (aunque de la ultraizquierda también, valga decirlo) de que el que no está conmigo está contra mí. Con esa perversa lógica, la invitación a Madrid no fue a Colombia sino al gobierno de Duque.
Nunca ha sido muy clara cómo es la curaduría para escoger a los representantes del país en estos grandes eventos, y muchos nos hemos sentido excluidos más de una vez, pero nunca por conceptos como “neutralidad”, o por lo que “prime en el lado literario” de nuestra obra. Tuve el placer de asistir como escritor en la delegación oficial colombiana a la Feria del Libro de Lima 2015. Éramos 37 y allí estaba, por ejemplo, William Ospina, quien un año antes había dicho, y escrito, que iba a votar por Óscar Iván Zuluaga porque Juan Manuel Santos representaba lo que más aborrecía de este país, y que, si bien los Uribes habían hecho daño veinte años, los Santos, doscientos. Y ahí estaba Ospina con sus ensayos y sus poesías. Es que la invitación era a Colombia no al gobierno de Santos.
Es una terrible ironía final que, además, el pequeño presidente vaya a presentar un libro en esta feria de Madrid, y que ese libro se llame justamente “El humanismo importa”, un compendio de 72 columnas con seguridad muy neutras, que no van “ni para un lado ni para el otro”, y en las que “prima el valor literario de la obra”. ¿De verdad le importa el humanismo, presidente? Lo pregunto porque no se ha notado en estos tres años en los que quizás el único logro de la economía naranja ha sido aportarle al castellano un término nuevo: abudinear, como verbo; abudinado, como adjetivo; abudineo, como sustantivo. Una inversión de su gobierno que costó apenas 70.000 millones de pesos, ah, perdón, más 19.500 millones de la auditoría. Un nuevo vocablo para la lengua de Cervantes. Eso lo podría decir en su discurso inaugural en la feria de Madrid. ¡Qué mejor lugar para ello!