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El amén del fútbol a Miguel Ángel

Sergio Ocampo Madrid

17 de septiembre de 2023 - 09:05 p. m.

Lo he dicho y lo vuelvo a repetir: la única religión que queda en pie en este mundo cada vez más azaroso, sobrecalentado, super virtualizado, hiper banalizado, un mundo de “tiempo real” e “inteligencia artificial”, en el que el algoritmo ya no es el conjunto de operaciones aritméticas para solucionar un problema, y el metaverso tampoco alude al poema más sublime, la única religión válida, convocante, poderosa, es el fútbol.

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El fútbol es como Dios porque está en todas partes, y sus liturgias se celebran todos los días, pero especialmente los domingos. Contrario a la esencia de la mayoría de las opciones religiosas, no constituye una poderosa ficción sino que se edifica sobre unos desempeños que dependen totalmente de los hombres y, por fortuna, ahora también de las mujeres. Me arriesgo incluso a decir que es más ética que las otras religiones pues no se construye sobre verdades reveladas que pretenden erigirse como dogmas, ni sacraliza el sufrimiento y el martirio, ni asusta con apocalipsis; tampoco exige confesiones ni obliga a oír sermones; sus paraísos son eternos y se relatan de generación en generación sin que puedan cambiarse las versiones, pues un 5 a 1 contra Argentina en Buenos Aires siempre será el mismo glorioso 5 a 1; sus infiernos, en cambio, son efímeros, y se sale de ellos cuando vuelve la ilusión del próximo partido, el campeonato subsiguiente, la otra eliminatoria.

Volví a sentir todo este respeto reverencial por mi única religión hace un par de meses cuando pudimos conocer la historia de Miguel Ángel Berrío Borda, un hombre de 24 años que sufría del síndrome de Lesch-Nyhan, con lo cual sus músculos se hallaban atrofiados desde el momento de nacer, o mejor, nunca consiguieron madurar, y eso le impedía no solo movilizarse sino comunicarse con normalidad. Lo vimos por televisión en su silla de ruedas, con los brazos desgonzados y las manos deformes, y con un protector verde y voluminoso que emergía de su boca para protegerle la lengua de una conducta autodestructiva propia de este mal que impulsa a quienes lo padecen a morderse. Fue el pasado 10 de mayo cuando acudió a ver a su equipo, Millonarios, en el juego contra Alianza Petrolera. Una foto de su visita a los camerinos, con todos los jugadores y con el entrenador, Alberto Gamero, rodeándolo dejó el testimonio de su sonrisa, su cara plena de alegría, para la historia. Para la del fútbol colombiano, la del fútbol mundial, y hasta para la historia de la humanidad.

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Aquella foto era el registro del último deseo de Miguel Ángel antes de morir. Días atrás, una aficionada del club deportivo bogotano, Paola Moyano, comentó en redes que en su familia tenían a un conocido que se iba a practicar la eutanasia y que su anhelo más grande era conocer a los jugadores del equipo. Los azules entonces lo recibieron en el camerino, y a pesar de las sonrisas de la foto, lo que hubo fue mucho silencio, y un enorme respeto por el último partido de un aficionado. En las crónicas de la prensa quedó registrado cuando David Macalister Silva les pidió a sus compañeros dedicarle ese partido y ganarlo. “Si nos va a dejar, que nos deje feliz”, les dijo mientras subían las escaleras hacia el campo. Y salieron a jugar. Desde las tribunas, Miguel Ángel se debió regocijar con el 3-1 a favor de esa noche, última noche.

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Un día después, el jueves 11 de mayo, su familia lo llevó en la mañana a un hospital y al mediodía reportaron que ya había fallecido.

Es una historia muy hermosa esta de Miguel Ángel, la de su familia y su gesto de amor al facilitarle la muerte digna, la de Paola Moyano, al contarnos sobre su anhelo antes de irse de este mundo, y la de su equipo, al regalarle el paraíso de una victoria la última noche de su vida, sin exigirle creer en nada más, en si hay posteridad, si hay trascendencia; si hay premios o castigos.

Y entonces vuelvo a recabar en aquello de que quizás el fútbol sea la religión más ética de las religiones que nos quedan porque en últimas su doctrina es la del gozo, el de hoy, el inmediato; mañana se verá lo de mañana. El gozo personal pero también el colectivo. Y en ese sentido hace real la premisa de uno de los grandes doctores de la iglesia, Tomás de Aquino, quien en su Summa Teológica hablaba de cómo la búsqueda de la felicidad conllevaba una tensión existencial y un destino hacia lo que pueda hacer feliz a cada quien. Contrario a otras religiones, para las que la eutanasia es un pecado, pues en sus estatutos el único que puede disponer de la vida humana es Dios, el fútbol fue fiel el pasado 10 de mayo a su única doctrina, e hizo feliz a un muchacho la última noche de su vida. Hacer feliz a conciencia y como propósito a un ser humano, no en abstracto, no con mitologías ni expectativas de milagros, ni promesas de un mañana, es el más ético de los actos. Uno ante el cual solo queda decir un simple “amén”.

Postdata: Triste la partida del maestro de maestros Fernando Botero, un colombiano realmente universal, que en setenta años pintando, y sin vivir aquí la mayoría de su tiempo, nunca dejó de reflejar a este país, con sus palomas de la paz, alguna inclusive destrozada por la barbarie terrorista, con sus familias presidenciales, sus obispos, sus masacres, sus Pablo Escobar huyéndole a las balas, sus guitarrones, sus frutas pletóricas de trópico. Si lo que pregona el cristianismo termina siendo cierto, ya el maestro anda jugando de nuevo con Pedrito en su caballo.

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