Más que un ejercicio de elegir, o un derecho, votar es un acto cercano al deseo. Inclusive, la etimología de la palabra voto deriva del latín votum que significa deseo, y todavía la eleva más con una segunda posibilidad: promesa hecha a un Dios.
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En esa línea, el político por quien uno vota es un objeto del deseo, del anhelo de que haga algo, preserve mi vida, mi salud, mi seguridad, y en estos países donde votamos por el menos malo, es la aspiración a que frene, contenga a un mal mayor. Como dice el intelectual peruano Fernán Altuve, aquí la gente no vota, sino veta.
En ese acto de votar como deseo, entonces el deseado, o votado, adquiere un vínculo con uno, íntimo, comprometedor, o al menos así debería ser, en el que se le puede reclamar, pedir cuentas. Hoy quiero hacerlo con la persona que, en mi criterio, podría haber sido el político más interesante, más completo, más esperanzador en medio siglo: Piedad Córdoba. Desde los 90 seguí su carrera con bastante convicción y devoción. Venía de Medellín, del grupo de William Jaramillo, de dar la titánica pelea y resistir contra el gran cacique Bernardo Guerra Serna, todo un referente de la mala política. Me encantó desde el comienzo por todo lo que podía representar como afrenta a una sociedad tan jerarquizada, racista y goda como la antioqueña: negra, mujer, y con causas aún hoy disruptivas: maternidad deseada, reivindicación de minorías étnicas, derechos humanos, diversidad sexual.
La recuerdo como una mujer vestida de sastre en el Congreso, con su nariz chata y ancha y su pelo muy crespo. La vi tomando distancia del gobierno de Samper cuando supimos de la financiación de la mafia a su campaña; la imaginé encarando sin miedo a Carlos Castaño cuando la tuvo secuestrada en el 99. Lamento todavía su exilio forzado en Canadá, en el primer año de Pastrana, y que a su regreso perdiera la curul en el Senado en un reconteo que la perjudicó y sí dejó en firme a varios senadores que luego caerían por la parapolítica. La veo fustigando desde su inicio al uribismo y arruinándole el referendo con el que buscaba cambiar la Constitución en 2003; la escucho diciéndole “guaquero, impostor”, al oscuro Fernando Londoño, ministro de ese gobierno; la reconozco comprometida en el acuerdo humanitario para liberar a los secuestrados por las Farc. Inclusive, me recuerdo madrugando con Lisa y Bart Simpson cuando estaba nominada, junto con Íngrid Betancourt, al premio Nobel de Paz, en un episodio de 2010, y mi desencanto cuando se lo dieron a Krusty el payaso, en la serie, y a Obama, en la vida real.
Me gustaba aún esa Piedad reloaded de hace 12 años, aunque ya era muy distinta a la señora negra, que usaba sastre en el Congreso. No sé en qué momento fue el cambio, pero ahora era una cincuentona voluptuosa, sexy, con una nariz respingada, ya no chata. Hasta la piel me pareció más clara, pero descarté cualquier síndrome de Michael Jackson en mi política favorita. Jamás le volvimos a ver el pelo chuto porque desde entonces lo lleva oculto en unos llamativos y, dicen que, muy costosos, turbantes, en esa pinta entre mujer yoruba y nigromante de los sótanos de Harlem. A Piedad le tenía que estar yendo muy bien en lo económico.
Pero la transformación no solo fue de look, sino también de pasiones y discurso, y empezó a hacer una apología creciente de Hugo Chávez, ya entonces todo un dictador. Muerto este, Maduro heredó el poder y las alabanzas de Piedad. Años antes, ya habíamos quedado con la duda de si ella era la comandante Teodora, que salía en los computadores de Raúl Reyes, y si su relación con las Farc era tan estrecha, al punto de que la tenían como consultora y estratega en temas de política.
El año pasado, Gerardo Reyes, el único colombiano con un Pulitzer, publicó un libro sobre Alex Saab, el señalado testaferro de Chávez y Maduro, que movió miles de millones de dólares de la revolución bolivariana, a través de empresas, varias de papel, y quizás ayudó a blanquear buena parte de esa plata. Dicho más claro, se robó el dinero de los venezolanos, de muchos de esos que hoy transitan hambrientos por nuestras calles, y tal vez sirvió de eslabón en el negocio de las drogas. En el texto, lo inquietante es descubrir que fue Piedad la madrina que introdujo a Saab con Chávez y Maduro. Y lo demoledor es que es probable que recibiera comisiones de un 10 por ciento de varios empresarios para conseguir que Cadivi (entidad administradora del flujo de divisas) desembolsara sus pagos atrasados luego de una decisión de Chávez de represar todo el dinero adeudado a empresas colombianas. Según el libro, él la designó para hacer “un mapa económico político de Colombia”, y así decidir a quién se le pagaba y a quién no, bajo el criterio de quién era amigo o enemigo, de Chávez, pero también de ella.
Y, de acuerdo con las fuentes, lo de Cadivi fue solo uno de múltiples negocios, y lo de fondo era un proyecto político para llevar a Piedad a la presidencia de Colombia. La revelación es entre macabra y divertida pues fue el propio Simón Bolívar, invocado por la gran Yolba, santera oficial del gobierno, quien predijo que Piedad sería presidente. Fue en una sesión espiritista a la que acudió la senadora por recomendación de Maduro, canciller; en adelante, Piedad se hizo imprescindible para el Gobierno venezolano, mientras chorros de dólares llegaban a sus cuentas.
En lo personal, no me preocupa si Piedad es alias Teodora; hasta bueno que las Farc que siempre fueron tan torpes en política tuvieran una consultora en estos temas; duele aquello de que posiblemente hubiera incidido en que Íngrid Betancourt siguiera secuestrada por un cálculo político, como lo afirma su muy cercano exasesor Andrés Vásquez, mencionado varias veces en el libro. Duele por la inhumanidad y la felonía, pero en últimas es un hecho incomprobable y termina diluyéndose en la amoralidad estructural de la política.
Lo que sí es apabullante es eso de que Piedad Córdoba se hubiera lucrado de dineros públicos de los venezolanos, que se convirtiera en una lobista de alto vuelo para amasar una fortuna por cuenta de una dictadura infame, y sobre la necesidad y el nerviosismo de unos empresarios; y, lo peor, que terminara en acuerdos con Saab, aun sabiendo que sus empresas eran fachadas para ganar licitaciones públicas, y quizá lavar activos. Todo eso puede terminar muy mal.
Piedad, la hija del chocoano Zabulón, la discípula de William Jaramillo, la implacable némesis de Uribe, la de la nariz chata y la cabeza sin turbantes debe responder. Debe respondernos.