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Empezó el tiempo del miedo

Sergio Ocampo Madrid

31 de agosto de 2026 - 12:03 a. m.

Miedo, ese parece ser el signo de este gobierno en sus primeras tres semanas. Yo siento a Abelardo con miedo, mucho miedo, miedo físico y real. Lo intuí desde su primer discurso, en Barranquilla, al ganar la primera vuelta, cuando decidió hablar detrás de un potente vidrio antimotines y antibalas. Y lo vemos todos los días en la parafernalia de sus desplazamientos, con soldados prácticamente cubriéndolo con escudos, el uso permanente de helicópteros aun para trayectos breves y de nuevo los cristales muy gruesos en otras apariciones. Siempre me ha parecido el miedo una emoción muy respetable, que en sí misma no merma la dignidad de nadie y que no necesariamente es cobardía. Lo evidente es que sí contrasta con su personalidad desparpajada, su sentido costeño de la cercanía y el contacto.

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Pero si Abelardo tiene miedo, no es comparable con este que hemos comenzado a sentir muchos ciudadanos comunes y corrientes frente a varios indicios, puntuales pero claros, de lo que se avecina en estos cuatro años. De entrada, aclaro que el temor es consustancial a la idea del Estado como fuerza coercitiva y contenedora del Leviatán del que hablaba Hobbes. También, que es altamente deseable que los corruptos sientan miedo, que se asusten los grandes criminales.

Sin embargo, nuestro miedo hoy, el de muchos, no es ese miedo a actuar mal, a transgredir la ley sino a ser diferente, a ser diverso, a pensar distinto, a opinar, a ejercer la libertad. En este corto tiempo, el Gobierno ha entregado señales poderosas sobre cómo concibe la diferencia, la divergencia, y cómo la revancha es su timón. Primero, fue sutil pero contundente en su mensaje de que no busca gobernar para todos, ni subsanar heridas y reconciliar. Así, no solo excluyó cualquier presencia de la izquierda en su posesión, sino inclusive a dos expresidentes y también a Paloma Valencia, contertulia de derechas, pero contendora en primera vuelta.

Pero luego vino el episodio de reversar el nombramiento de Carlos Sepúlveda como director de Planeación Nacional por ser gay, por estar casado con otro hombre y ser padre adoptante de una niña, y ya las cosas empezaron a tomar otro cariz. Aparte de la humillación de nombrar y des-nombrar a alguien en 48 horas, el gesto se hizo más protuberante por el personaje que terminó designado finalmente en ese cargo, sin experiencia ni grandes méritos para ocuparlo, pero sí la confianza pública de ser esposo y hombre de familia. Si el Gobierno prefiere arriesgarse a improvisar en un campo como la economía, además del evidente desprecio a la diversidad, proclama que estos temas de la moral tradicional, la determinada por ideologías religiosas, van a estar en el primer plano de sus prioridades, con todo lo que ello sugiere en cuanto a contrarreformas eventuales, y en lo abstracto, un nuevo statu quo de preferir que la gente gay regrese a la clandestinidad, a la negación, al silencio. Si no quieren ser molestados, vuelvan a sus closets.

Y llegaron más indicios. El martes pasado el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Cristopher Landau, informó que a partir de la fecha le quedaba cancelada la visa a la activista de izquierda Viviana Marín. Días antes ella había posteado en redes “lo que se viene, camaradas, es calle (…) Esta es nuestra tarea, hacerle invivible el país a Abelardo”. Contrario a otras veces en que una visa es cancelada en silencio, en esta la embajada difundió la noticia e inclusive explicó la norma que autoriza a prohibir el ingreso de un extranjero “cuando el secretario de Estado tenga motivos razonables para creer que tendrá consecuencias adversas potencialmente graves para la política exterior de EE. UU”. “Le dan mucho crédito a Viviana”.

Sin compartir esa estrategia de la izquierda de llamar casi a una asamblea permanente contra el Gobierno, de hacer de la protesta un mecanismo preventivo, un método y un fin, de amenazar con bochinche cotidiano, movilización, bloqueos y eventuales estallidos, sí es muy preocupante, y llamativo, esto de silenciar y castigar a un personaje muy menor de la oposición colombiana, que la orden venga desde tan arriba, que se apuren a informarlo, que inclusive se invoque una norma federal, que EE. UU. parezca tan decidido a intervenir hasta en la política colombiana más menuda, y el gobierno de ADLE a utilizar al Tío Sam como mecanismo de coerción para silenciar opositores.

Y faltaba aún otra señal. La junta directiva de la Cámara Colombiana de la Infraestructura reversó el nombramiento de Carolina Soto, economista brillante, prestigiosa, como nueva presidente de ese poderoso gremio privado. Luego de su escogencia, el propio ADLE envió mensaje considerando su elección como una afrenta personal. Soto no es de izquierda, no es política, no es controversial, pero sí es la esposa de Alejandro Gaviria, un hombre de centro, crítico de izquierdas y derechas. En resumen, Soto tuvo que declinar por presiones internas, y al final de su carta llamó la atención sobre la importancia de la independencia de las decisiones del sector privado y del respeto del Gobierno a estas.

Una de las reacciones más sorprendentes ante estos hechos provino de la derecha misma, de la tradicional, del Centro Democrático, que en un fuerte llamado de atención afirmó: “En una democracia seria esto jamás debería pasar. La libertad es un valor innegociable”.

Es increíble. En menos de tres semanas de gobierno, De la Espriella nos tiene tan asustados, a los verdaderamente nuncas, a estas clases medias que jamás hemos hecho política, que pagamos los impuestos, que seguimos creyendo en la virtud burguesa del ahorro, del estudio, en el compromiso de votar, que ha conseguido convertir al uribismo en la derecha deseable, la respetuosa, la democrática.

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