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Enorme lección de paz de Íngrid

Sergio Ocampo Madrid

27 de junio de 2021 - 10:00 p. m.

Yo quiero entender qué hay en el aparato mental del hombre, o de los hombres, que la semana pasada decapitaron a Santiago Ochoa en Tuluá. Qué pensaban mientras lo hacían; que sentían ante los probables ruegos del muchacho, ante sus alaridos de dolor. Qué sensación les produciría la sangre manando; mirarían esa cabeza ya desmembrada; soñarían algo al irse a dormir; le darían un beso a alguien antes de acostarse; cobijaron a algún hijo, llamaron a alguna mamá a desearle buenas noches; qué pensarían a la mañana siguiente.

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Son preguntas que se me han vuelto recurrentes. Me las planteé hace 21 años cuando supimos que los paramilitares entraron a El Salado y luego de asesinar a 20 jóvenes y decapitarlos, decidieron hacer unos toques de fútbol con los cráneos. ¿Qué sentirían, que pensarían al hacerlo?, ¿qué emociones les producirían los llantos y lamentos de los familiares mientras ellos pateaban las cabezas?, ¿irían a fútbol alguna vez después de eso?, ¿verían algún partido por televisión? ¿cantarían el himno en un estadio? ¡Qué responderían ante la frase rutinaria de “qué hiciste ayer” preguntada por alguien un día después de la masacre?

Interrogantes parecidos me surgieron al escuchar hace unos años a un exguerrillero cuando contó sobre el día en que murieron el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, y su asesor de paz, Gilberto Echeverri, secuestrados semanas antes por las Farc y a quienes decidieron ejecutar para impedir su rescate por un operativo del Ejército. Aquella vez, Echeverri, un reputado patriarca paisa, honesto, a quien las propias Farc consideraban amigo y aliado en la causa de la paz, se arrodilló frente al comandante guerrillero y le imploró que no lo mataran. La respuesta fue un tiro de gracia. ¿Qué sentiría ese jefe al dar la orden? ¿Estrecharía la mano más tarde a otros amigos? ¿tuvo alguna vez en su vida un mejor amigo, un alguien a quien contarle problemas, dudas, pesares?

El miércoles pasado, Íngrid Betancourt habló en la Comisión de la Verdad. Ya había hablado varias veces en otras ocasiones, y contado su dolor, el horror de siete años en la manigua secuestrada, sometida a tratos inhumanos, degradantes, pero ahora lo hizo después de que las Farc aceptaron hace un mes, de modo inédito, que cometieron crímenes de guerra y de lesa humanidad, entre ellos el secuestro. Lo de Íngrid fue histórico, así lo sentí, no porque se contaran cosas que no hubiéramos sabido de antemano sino porque ubicó el perdón, el que se pide, el que se otorga, en un nuevo nivel, uno que va infinitamente más allá de la política; uno que de verdad busca sanar a través de la palabra, pero también de la actitud, y sobre todo de una nueva comprensión profunda del otro. Uno que resignifica la compasión como valor imprescindible de una sociedad. En últimas, un clamor por el retorno a esa humanidad que se hizo añicos en Colombia por el envilecimiento del conflicto (y no solo de la guerra sino del profundo e irresuelto conflicto social). Hablo de esa deshumanización que desciende desde las clases dirigentes y se expresa en tantos ámbitos de la vida nacional. Como en aquel noviembre de 1985 cuando los organizadores del reinado de belleza de Cartagena decidieron no cancelar ese certamen a pesar de un Palacio de Justicia en ruinas, con parte de la Corte inmolada, y de los 25.000 muertos de Armero. “El evento sigue, pero vamos a hacer un donativo para las víctimas”, dijeron los Angulo Pizarro. O como aquella declaración de un expresidente ante el clamor de unas madres por sus hijos desaparecidos: “No sería por estar sembrando café que los dieron de baja”, o el “estudien, vagos”, de una senadora por la protesta de un grupo de muchachos. Y cabe igualmente el “quizá, quizá, quizá”, en tono cantadito y burlón de un comandante guerrillero en La Habana ante la pregunta de la prensa sobre si iba a pedir perdón a las víctimas.

Entonces, Íngrid nos recordó que para esa rehumanización del otro, además de la bondad que implica perdonar, desde las víctimas, se requiere obligatoriamente una búsqueda de redención de los victimarios. Y refiriéndose concretamente a un combatiente allí en el auditorio, afirmó: “Pedro Trujillo, usted dijo que miraba atrás con orgullo su lucha por los pobres, y con vergüenza las conductas que se habían tenido durante la guerra. Yo necesito que usted exprese qué siente con esa vergüenza. ¿Es una vergüenza social porque la sociedad le está reclamando por lo que hicieron, o es la vergüenza del alma?”.

Y si el perdón es una conquista, pasa entonces por la comprensión profunda de las circunstancias del otro. Así, la mayoría de las víctimas además de aceptar el perdón, han conseguido vislumbrar que la exclusión, la marginalidad, el desamparo llevaron a esos victimarios a deshumanizarse, a entrar en la dialéctica de que solo hay aliados o enemigos, y a deshumanizar a su vez a estos últimos como única respuesta, para borrarlos o degradarlos.

En nuestro afán por la paz, los que la defendemos quizá no hemos notado que sí falta una reciprocidad del otro bando. Y que la reconstrucción de la verdad tiene que ir mucho más allá de aceptar cifras, casos, y peticiones de perdón, y debe adentrarse en la búsqueda profunda de cómo surgió esa deformación monstruosa, y qué mecanismos culturales, mentales, llevaron a considerar la compasión como una conducta a proscribir. Así lo dejó claro Íngrid cuando dijo: “He visto llorar a mis hermanos de dolor, los oí, los vi y he llorado con ellos. Me sorprende que nosotros de este lado estemos todos llorando y que del otro no haya habido una sola lágrima… (Timochenko) usted habló de la generosidad de las víctimas… Yo quería escucharlo desde su corazón, no desde la política…”

“Más allá de esa reflexión que es un esfuerzo de voluntad, pero donde todavía no está la fuerza del alma, yo debo repetirles que mientras que ustedes no se despierten por la noche con las mismas pesadillas que nosotros, estaremos todavía en la distancia de no poder explicarle a Colombia lo que realmente sucedió. Volver a ser humanos es llorar juntos. Algún día tendremos que llorar juntos, por el sufrimiento de ustedes, por el de su vida, por el que nos causaron, a nuestros hijos, a nuestras familias, y por el sufrimiento de Colombia que lo vemos hoy en esos muchachos en las calles porque tienen hambre, porque no tienen trabajo y porque los señalan de terroristas, pues siendo pobres y jóvenes los asimilan a combatientes de las Farc. Y esa es una responsabilidad que ustedes también tienen”.

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