Qué mal sabor dejó esta primera crisis ministerial. Por todo. Si la educación es una de las banderas innegociables de este gobierno, no se puede nombrar a un peso pesado, como Alejandro Gaviria, y removerlo cuando ni siquiera han pasado seis meses. No suena serio. Pero además es inquietante que salga Gaviria por la filtración de un documento en el que él y dos ministros más, Hacienda y Agricultura, hacen serios reparos al proyecto de reforma a la salud. ¿Por qué sale únicamente Gaviria?, ¿están los días contados para Ocampo y López?, ¿el despido de Gaviria es por la oposición franca y abierta al proyecto o porque eventualmente fue él quien filtró el documento? No hay respuestas, y sí queda flotando la mala sensación de una novela de complots y de espías, al estilo de “El factor humano”, de Graham Greene.
Adicional, si el mensaje inicial del Gobierno en Cultura y en Deporte era la apertura de un nuevo tiempo para permitir que llegaran a armar las políticas públicas los artistas y los deportistas, los oficiantes directos de la cultura y de los ciclos competitivos, cuyas voces escasamente se han escuchado, tampoco tiene lógica prescindir de ellos en un lapso tan breve. ¿O de entrada escogió mal el presidente?
Petro a menudo parece enredarse en los métodos y saltarse las formas. En este caso supimos que al menos a las ministras de Cultura y Deporte no les notificaron previamente sobre su salida, y que se enteraron a través de los medios. Un irrespeto, sin duda, una falta de consideración con una figura capital del teatro colombiano, de la cultura, pero también de la izquierda más consecuente y más fiel, y con una medallista olímpica, cuya presencia en el Gobierno, además, abonaba un reconocimiento a un sector de la población siempre despreciado.
Un error de táctica a varias bandas, porque lo que podría haberse hecho con un trámite deferente y respetuoso, derivó en serios interrogantes de forma y de fondo. De forma, porque ya se están evocando los primeros meses de Gustavo Petro frente a la Alcaldía de Bogotá, cuando comenzaron a abandonar el barco personajes muy cercanos como Daniel García Peña, quien renunció justamente por el modo en que fue removida del gabinete la secretaria de Hábitat (su esposa), quien se enteró de la decisión por la prensa. “Un déspota de izquierda, por ser de izquierda no deja de ser un déspota”, escribió en su carta de retiro García Peña. Meses más tarde se fue Ana Luisa Flechas, de Movilidad, y treinta días después, Antonio Navarro, personaje de todos los kilates. “Razones personales”, adujo este último, pero lo que quedó en el ambiente fue la sensación de que trabajar con Petro era imposible, por autocrático.
Pero la forma es el fondo, y en ese sentido la crisis de gabinete terminó generando unas reacciones de los excluidos que abren incógnitas de mucho calado. Es el factor humano, presidente. Herida en su ego, María Isabel Urrutia habló de que fue sacada por haberle quitado puestos a Dilian Francisca Toro, la cabeza del partido de la U. Duro señalamiento hacia un gobierno al que elegimos justo para cambiar las aberraciones y las malas prácticas de tantas décadas, y romperle el espinazo al clientelismo. Desde el 7 de agosto del 2020, generó suspicacia el modo en que aterrizaron de tan buena gana en la coalición de gobierno las centenarias y corruptas colectividades de siempre, en particular el liberalismo y el conservatismo, y otras como el partido de la U, toda una corporación “gestora” e “intermediadora” de empleos desde su origen.
Por el lado de la ministra Ariza, la pregunta que abrió su salida a los sombrerazos es si hay desconexión evidente entre el mandatario y sus ministros, los ejecutores de sus políticas. Ariza aseguró que esperaba desde hacía tiempo poder hablar con el presidente, pero que esa cita nunca se le concedió.
Si la gestión de alguno de los tres ministros salientes era deficiente, o inclusive si se presentaron irregularidades en uno de esos despachos, en la alocución para anunciar los cambios en su gabinete el mismo Petro debería haberlo dicho. Por transparencia, por rigor y exigencia, por romper otra tradición de la política tradicional que es el “tapen tapen”.
Paradójicamente, hay algo bueno en la salida de Alejandro Gaviria del Ministerio de Educación. Si algo le ha hecho falta a este gobierno en su primer semestre es oposición. Luego de tantos intentos desde Virgilio Barco hasta hoy, casi podría afirmarse que apenas en el gobierno anterior se verificaron las verdaderas bondades de un esquema serio de Gobierno-oposición, y que en alguna medida el mandato de Duque fue menos desastroso gracias a una oposición garantizada por ley y ejercida la mayoría del tiempo de modo adecuado e inteligente, entre otras por personajes como Gustavo Petro.
En estos primeros seis meses, los contrapesos al nuevo presidente, el papel antagónico y supervisor ha estado en manos muy pobres, en las estridencias de María Fernanda Cabal, los pruritos fascistas de Enrique Gómez, el folclorismo risible de Polo Polo, y la indignación amateur y clasista de Miguel Uribe. Imaginamos, y esperamos, que luego de conocer la criatura por dentro, y con un capital político por hacer crecer, Alejandro Gaviria pueda convertirse de verdad en un formidable jefe de la oposición.
Eso podría ser bueno para el momento político, para el juego democrático, y aun para el mismo Petro.