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Esequibo, una apuesta a pérdida

Sergio Ocampo Madrid

10 de diciembre de 2023 - 09:00 p. m.

Todo el manejo dado al tema del Esequibo en los últimos meses por el gobierno de Nicolás Maduro da para un estudio de caso sobre cómo hacer mal las cosas, y quizá conseguir los peores resultados posibles. Así, desde la idea misma de convocar a un referendo para consultar a los venezolanos lo inconsultable hasta quitar del mapa un sombreado que lleva más de un siglo, y que muchos veíamos como un anhelo justo de un pueblo.

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Comencemos por el referendo, construido por cinco preguntas de las cuales las dos primeras se mueven entre el perogrullo de preguntar lo evidente o aceptar públicamente que se tienen dudas sobre la legitimidad de las cosas; y lo uno y lo otro son altamente inconvenientes cuando se es parte de un pleito. La primera pregunta era si se aceptaba el Laudo de París de 1899, en el que un tribunal arbitral de británicos y estadounidenses (estos últimos como voceros de Venezuela), decidieron que el Esequibo debía ser territorio británico, y luego guyanés tras la independencia de ese país. La respuesta de cualquier venezolano sobre si acepta esa decisión debería ser un no rotundo, sin necesidad de referendo alguno. La segunda pregunta es justo lo contrario, o sea si se acepta como válido el Acuerdo de Ginebra de 1966, en el cual Gran Bretaña admitió (cuando ya Guyana tramitaba su independencia) que existía un diferendo territorial y se debía buscar una salida negociada. La contestación más que obvia debe ser un sí unánime venezolano.

Maduro pensó que agitar el tema iba a inflamar de nacionalismo a la gente, los iba a convocar a la unidad en torno a un asunto de la fibra más honda, y que eso le daría unos apoyos a su gobierno con la consecuencia de un nuevo aire para enfrentar las presidenciales del 2024, y una distracción a los numerosos problemas que afronta. El resultado final fue una presencia bajísima en las urnas, con una cifra dudosa de participantes, pues el Gobierno entregó el dato oficial de diez millones y la oposición de dos. ¿Cómo se explica una brecha tan grande? Según la oposición, el Gobierno sumó por aparte las cinco preguntas, o sea que multiplicó por cinco el número de los votantes. Pero inclusive sea una u otra la cifra real, para un país con un censo electoral de 21 millones, la abstención osciló entre alta y brutal. Y toda esta confusión solo sirvió para volver a poner en evidencia las dudas de la comunidad internacional sobre la transparencia del aparato electoral venezolano, un tema neural para el próximo año.

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La pregunta número 5 era la realmente problemática pues interrogaba a los venezolanos sobre la creación del estado de la Guayana Esequiba, si se incluía en la cartografía oficial ese territorio, ya sin el sombreado de siempre, si se iniciaba la expedición de documentos de identidad para los habitantes, y si les daba asistencia estatal. En la práctica, implicaba anexar 160 mil kilómetros cuadrados.

La semana que acaba de terminar, Maduro oficializó el nuevo mapa, y fue más allá al pedir a PDVSA, la estatal petrolera que gestione los contratos de exploración y explotación de las multinacionales que lo soliciten. Eso lo pone en una encrucijada que quizá nunca calculó: uno, quedarse en el plano meramente retórico, con lo cual la incorporación no pasa de ser una bravuconada, que va a derivar en un ridículo internacional. El segundo es el de la comprensión de que la única manera que tiene de ejercer soberanía es con una movilización militar que equivaldría en el derecho internacional vigente a una invasión a otro país soberano. No es claro si está en capacidad de hacerlo, y mucho menos si su voluntad llega a este escenario extremo. Hace 25 años, Sadam Husein, el dictador iraquí, primero incluyó a Kuwait en el mapa de Irak y luego procedió a invadirlo. Y todos sabemos en qué terminó esa decisión.

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Adicional, con el empobrecimiento progresivo de Venezuela en los últimos veinte años, con su desprestigio internacional, su aislamiento, no es razonable esperar una acogida entre la población guyanesa del Esequibo a cambiar su estatus y su nacionalidad.

Es casi seguro que Venezuela se quede solo en el asunto retórico, pero aun así también en el plano diplomático perdió con todo este episodio pues de alguna manera hizo variar el estatus y la percepción de su antigua reclamación al hacer que Estados Unidos y la Unión Europea se alinearan en un apoyo directo a Guyana, cuando en los últimos cincuenta años la posición fue de no dar la razón a ninguna de las partes, y llamar al diálogo y la negociación. De carambola, predispuso a la Corte Internacional de Justicia, que debe entregar un fallo preliminar de este caso en abril. Y, por si fuera poco, Guyana es además miembro de la Commonwealth, el grupo de las antiguas colonias británicas, y Georgetown es la sede del Caricom, la comunidad del Caribe, en la que Venezuela ha conseguido, a cambio de petróleo, votos claves en el pasado para evitar por ejemplo resoluciones en su contra en la OEA. Caricom ahora está al lado de su socio natural, angloparlante y de cultura muy similar.

Por último, la actitud de Brasil de movilizar tropas a su frontera del norte también deja un mensaje no tan sutil de que no va a apoyar la postura venezolana. América Latina, incluida Colombia, está bastante callada, pero es altamente improbable que, salvo los respaldos de siempre, Nicaragua, Bolivia, algún otro se resuelva a un apoyo abierto e incondicional.

Es tan torpe toda esta acción de Venezuela, desde el referendo hasta la publicación del nuevo mapa, que académicos e intelectuales convencidos de una causa latinoamericanista en la que esos tres países que se llamaban guayanas simbolizaban los últimos rescoldos de un colonialismo abyecto, y en la certeza de que Venezuela tiene los argumentos y las credenciales para aspirar a ese territorio, no están de acuerdo ni con el momento ni con los procedimientos, y menos con el oportunismo de Maduro y su populismo de mandar por la borda un litigio de un siglo y medio, para sobreaguar y estirar el que puede ser su tiempo final.

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