Sinceramente no entiendo el escándalo que le han querido armar a Nelson Alarcón, directivo de Fecode, por unas declaraciones sin mayor misterio de que detrás de las marchas hay una intención política “de largo aliento”, e inclusive electoral, para 2022. Solo un gobierno con un despiste estructural como este nunca lo sospechó.
Han querido presentar el video de esa conversación como una prueba reina que deslegitima las marchas y las protestas del último mes y medio, pues un sindicalista admitió, y quedó grabado, que hay que derrotar al Centro Democrático y a la ultraderecha. ¿Y dónde está el pecado? Esa, si no lo ha sospechado el Gobierno, es la simple lógica de las democracias donde hay garantías para la oposición. Reconforta, además, que Fecode se sintonice con una causa de construcción nacional, más allá de sus peleas tradicionales por los sueldos y los escalafones, por demás también válidas. Reducir a la ultraderecha a sus justas dimensiones, como proclamaba Turbay con la corrupción, debe ser uno de los objetivos prioritarios de la política nacional. Y digo reducir y no barrer, como pregonan miles de voces en la protesta, inflamadas de justa rabia, porque creo que, en un nuevo país, en esa democracia más cierta a la que aspiramos, debe haber espacio para todos. Y, sin duda, para todos los que acepten jugar limpiamente, así piensen distinto, o hasta muy distinto, como María Fernanda Cabal y su adscripción ciega hacia la fuerza como solución, o Fernando Londoño y su falangismo entre costumbrista y barroco, o Alejandro Ordóñez y su esperpentismo moral.
Pero inclusive el Gobierno ha querido darle tal gravedad a la declaración de Alarcón que el consejero presidencial Emilio Archila le pidió a la CIDH tener en cuenta la grabación de ese video, con lo cual se intenta poner en el mismo nivel los abusos de autoridad, las ejecuciones extrajudiciales de agentes del Estado, las violaciones a los derechos humanos, con la simple intención de hacer política por medio de movilizaciones y protestas.
No sé si, sin darse cuenta, el establecimiento de este país, con sus partidos de siempre, con sus noticieros y revistas como altavoces, terminó revelando uno de sus secretos mejor guardados, una de sus estratagemas mejor urdidas: evitar a toda costa que la gente asuma una conciencia política, que la gente haga política.
Es una enorme paradoja que las élites nacionales y regionales han buscado ese objetivo por medio de “la combinación de todas las formas de lucha”, esa estrategia que tanto se les cuestionó a las guerrillas y que terminó siendo la justificación, como política de Estado, para el exterminio de la Unión Patriótica hace treinta años. Y más irónico aún, que de algún modo se siga apelando al mismo libreto hoy para soslayar el asesinato sistemático de los líderes sociales.
De esa manera, el establecimiento primero optó por la violencia partidista, para impedirle al otro hacer política. Luego, por la estrategia legislativa de repartir el poder, pero no en una gran apertura y un gran diálogo nacional sino bajo el signo de la exclusión, y millones quedaron por fuera. La estrategia entonces fue adormecer el sentimiento político y presentarlo como un gran demonio que solo ellos sabían exorcizar. Sin embargo, parte de los excluidos se metió en una guerra, urbana y rural, que es otra forma de hacer política, como lo dijo Carl von Clausewitz hace ya doscientos años. El proceso de paz intentó traerlos a la política, a la del debate, el diálogo y la concertación, pero la ultraderecha se opuso con todas sus artimañas, convenció a buena parte del país de que era mejor que continuara la guerra y por eso, en buena medida, las marchas y las protestas de hoy, con sus derivaciones tristes de ira desaforada y las indeseables de oportunismo y saqueo.
Desde la propia entraña de los partidos han surgido iniciativas para resignificar la política y desde allí mismo fueron sofocadas. El intento más claro fue Jorge Eliécer Gaitán, quien intentó abrir un espacio a unas periferias sociales, a una población enruanada, con unas aspiraciones siempre pospuestas, y terminó masacrado por un contubernio siniestro de las élites liberales y conservadoras. Quizás el hombre no hubiera sido un buen presidente, quizá sí, pero su sola presencia en el poder hubiera dejado un mensaje para cien años de que en Colombia existía al menos una cierta inclusión y un respeto por permitir el juego a todas las opciones. El otro caso evidente fue Luis Carlos Galán y su proyecto de involucrar a las clases medias, con su ética civilista, con su convicción formalista, pero, tal vez por eso mismo, poco dispuestas a meter las manos en el fangal público. Él y su movimiento también fueron ahogados en sangre por ese brazo paraestatal que ha sido más de una vez el narcotráfico, o asfixiados por el neoliberalismo de César Gaviria. También, la Constitución del 91 y la descentralización administrativa se encendieron como luces de esperanza, pero la dupla paramilitarismo/narcotráfico, en amancebamiento con los eternos poderes feudales de las regiones, malograron de nuevo las semillas que intentaban germinar, una vez más por medio de la violencia y la corrupción.
Lo de Álvaro Uribe es la cristalización de la toma del poder de esa dupla narcotráfico/paramilitarismo, y ha conseguido estar doce años en el poder directo y otros ocho administrando una poderosa oposición, que ha terminado cogobernando más de una vez desde los órganos de control, los tribunales, los medios y el empresariado. Y así como más de una vez él dijo que aquí no había guerra, con lo cual desconoció la profunda urdimbre política del conflicto armado, ahora pregona que hay que sacar al Ejército a la calle y abrir fuego para proteger a la gente de bien contra el terrorismo. Y se horroriza, y busca convencernos, a través de los medios, sobre el descaro de que haya intención política en las protestas.
Sin darse cuenta, el establecimiento (en mala hora en las peores manos posibles) nos reveló ese secreto tan bien guardado hasta hoy de que no quieren que hagamos política, que la asumamos, la entendamos y que ojalá ese casi 50 % de colombianos que nunca se acerca a las urnas mejor nunca vaya.