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Yo no voté hace cuatro años por Gustavo Petro para que salvara a nadie, redimiera a los pobres, nos llevara a una arcadia de vida sabrosa, a volvernos potencia mundial, ni de la vida ni de nada. Tampoco para que salvara al planeta de sus depredadores, ni de sus genocidas ni dictadores. Nunca fui petrista, pero sí creí que, dada la magnitud de la proeza de derrotar a un aparato político, y mental y social y cultural, muy viejo, inamovible, monolítico, endogámico, dado el tamaño de ese desafío, de la ocasión única y feliz de hacer historia, el tipo podía dar la talla.
En realidad, me contentaba con que al menos hiciera un par de cosas: una, que alcanzara la paz. ¿Quién si no un exguerrillero podría conseguirlo, quién mejor que él les hablaría en su lenguaje para convencerlos de que sí es posible proponer desde la democracia y la legalidad unas visiones y un modelo distinto de país? No vale la pena volver a decir que el fracaso fue estruendoso, y que hoy la guerrilla tiene más hombres que hace cuatro años, ni recordar a los “Calarcá” y otros “gestores de paz” pillados movilizando armas, plata, uniformes, en autos oficiales, o la afrenta del tarimazo en Medellín, con varios capos de los grandes en día de permiso carcelario para acompañar a Petro en plaza pública; menos, de la terrible denuncia de que este gobierno negoció con bandas criminales asuntos clave de la inteligencia del Estado y purgó a los generales incómodos para los peores grupos criminales.
Mi segunda aspiración con Petro era la fe en un cambio en las costumbres políticas. De un tipo que por años fustigó la corrupción, la compra de votos, el origen oscuro de la plata en las campañas, la compra de congresistas para sacar proyectos en el legislativo, el clientelismo para ubicar en el Estado personajes sin méritos ni experiencia, los contratos superfluos, el gasto desmedido, las corbatas, el turismo presidencial, de un tipo así llegando a la presidencia lo más esperable era un accionar que lo diferenciara de modo claro y radical. Tampoco vale la pena volver a mencionar aquí los altos funcionarios presos o prófugos por el saqueo a la Ungrd, los Olmedos, los Sneider, las Sandras, los Carlos Ramón, este último enfiestado en Nicaragua; tampoco recordar los ministros encarcelados por cohecho y otras cosillas, los Velasco, los Bonilla; menos, hablar de Papá Pitufo, el mayor contrabandista del país, y los serios indicios de chorros de su dinero en la campaña petrista; para qué recabar en una Juliana Guerrero, viceministra con títulos falsos, o en un Florián, un ministro que se acostó una noche y se despertó al día siguiente como ministra porque su nombramiento contrariaba la ley de cuotas de género. Ni decir nada sobre los contratos de Nehrú en Casa de Nariño para que la primera dama tuviera sus aeróbicos, o de Caicedo, contratista de Ecopetrol y novio del presidente de esa entidad. Ni de Petro armando viaje de siete días a Italia, para una audiencia papal, ni de su viaje final a Cuba, para despedirse. ¿De quién?
Paz y moral pública eran mis únicas expectativas, y no hubo ni lo ni lo otro. Y a cambio de eso, vimos a un gobierno sucumbir ante sus propias falencias, contradicciones y pequeñeces. A un megalómano, fanfarrón, demagogo, mitómano, sin capacidad de maniobrar con sus propios demonios y sus múltiples carencias. Y como en estos cuatro años casi todo se fue en informalidad, improvisación y en cháchara, prefiero decirle a Petro un hasta nunca con esas frases que nos fue soltando a cuentagotas hasta armar el cuadro de sus contradicciones, convicciones genuinas y verdaderas lealtades. Su verdadero tamaño humano, político y moral.
Hasta nunca, presidente, porque usted nunca lo crió.
Hasta nunca porque en tres meses se hacía la paz con el ELN.
Porque el fiscal olvidó que usted era el jefe de Estado y por ende su jefe.
Porque un día para una cita oficial usted terminó dormido y no lo despertaron.
Por su despedida en árabe luego del atentado contra el hijo de una mujer árabe llamado Miguel Uribe Turbay.
Porque a usted nadie que sea negro le va a decir que hay que excluir a un actor porno. Y porque nunca entendió que un negro pueda ser conservador.
Porque si una mujer sabe acompasar su clítoris con su cerebro será una gran mujer.
Porque usted es inolvidable en la cama.
Porque las periodistas que cuestionan las protestas son muñecas de la mafia.
Porque Juliana y Verónica Guerrero son buenas muchachas.
Porque Epa Colombia está en la cárcel por pobre y no por destrucción de bienes públicos. Y hay que buscar cómo sacarla.
Porque usted volvería a empuñar un arma y vivir en clandestinidad por la patria.
Porque en París, cuando se le perdió al país todo un día, usted estaba subrayando “El capital”, de Marx, con actores porno y con Florián.
Por el chuchuchú para acabar con las EPS y la salud.
Porque al final para usted Juan Daniel Oviedo resultó ser solo plumas y lentejuelas.
Porque siempre hubo un golpe, a veces blando, a veces duro, acechándolo.
Hasta nunca, presidente, porque Angie pasó de ser su mano derecha a una mera paciente psiquiátrica.
Ojalá, en serio, hasta nunca, señor Gustavo Petro.
