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Huir de esta mala patria

Sergio Ocampo Madrid

15 de agosto de 2021 - 10:00 p. m.

Nunca como ahora me había planteado tan en serio la opción de emigrar. De vivir afuera y aceptar para siempre la marca de sentirse forastero; de reburujar en mis cajones, mis fotos y recortes unos antepasados sefardíes, o de buscar arrestos en estos cincuenta y tantos para volver a empezar; empezar a escribir en otra parte, a ser profesor en otros salones sin recuerdos, sin certezas.

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Hace treinta años aún creía que irse era una pequeña traición, o al menos una claudicación; con tanto por hacer aquí, por decir, por aclarar, por construir, ¿quién haría todo eso si nos íbamos los que desde siempre nos sentimos movidos a intentarlo, los que lo asumimos como un imperativo ético y vital? Luego, en las últimas dos décadas, con todo este experimento paramilitar rotándose entre el poder y la oposición, se hizo más terca la certeza de que había que quedarse, si no para luchar al menos para resistir. Y si no, para no darles gusto a esos imbéciles numerosos que se arrogan la potestad de decidir quién puede y quién no puede vivir en su propio país; esos del “si no le gusta, váyase”.

Ahora sí pienso seriamente que hay que emigrar, por supervivencia, por estabilidad mental, por un temor cierto a sucumbir a la evidencia de que quizá fue idiota haberle apostado a construir la vida sobre unos principios todos estos años, cuando la realidad, cínica y tozuda, es que aquí se logra el éxito, se convierte en paradigma, en ejemplo, lo torcido, lo contrahecho, lo ilegal. Este último mes ha sido prolijo en demostrárnoslo. Así, el 20 de julio, vimos a un Congreso aplaudiendo a un mequetrefe y alimentando la farsa de que es el jefe del Estado; al rato, eligieron a Juan Diego Gómez como nuevo presidente del Senado, o sea presidente del Congreso, y supimos de sus negocios con socios de narcotraficantes, de las demandas por estafa y líos de tierras a su haber.

¿Cómo sigue uno teniendo fe en que vale la pena apostarle a jugar limpio, a conseguir las cosas por las vías adecuadas, sin robar, atropellar, engañar, si desde arriba el mensaje contundente es el contrario? ¿Cómo se les explica a unos hijos que es mejor portarse bien cuando el premio por eso es apenas poder dormir tranquilo, estar en paz con uno mismo, mantener la frente en alto y otras menudas huevonadas, mientras el vecino contratista parquea su Alfa Romeo al frente de su casa y cuelga sus fotos de Dubái?

Esta semana que pasó hubo más, y de qué manera vergonzosa, cuando supimos del negociado en el Mintic para dotar de internet a pueblos apartados, por el que le entregaron $70.000 millones de anticipo a la unión temporal “Centro Poblados”, sin experiencia ni solvencia. Varios de sus socios ya tuvieron escándalos por negocios sin ninguna relación con lo digital, en los que ni siquiera culminaron o cumplieron lo pactado, como distritos pesqueros inconclusos, placahuellas en vías veredales que nunca se hicieron y hasta contratos en los escandalosos Juegos Nacionales de Ibagué. Entre ellos está el tristemente célebre Jalim Rebaje, el hombre que golpeó a una pediatra y a su empleada el año pasado cuando le reclamaron por el exceso de ruido en una fiesta. Pero además nos enteramos de que la firma entregó falsas garantías y soportes adulterados, y les ganó la licitación a empresas con toda la experiencia. Difícil no pensar en que se armó un pool de amigos de la tierra de la ministra, Karen Abudinen, para recibir una platica fácil y sin muchas exigencias ni controles. Estalló el escándalo gracias a una valerosa periodista, Paola Herrera, y la respuesta oficial fue aún más ofensiva: la ministra Abudinen se declaró primero estupefacta, luego se consideró víctima de engaño y más tarde su Ministerio afirmó que no se revisaron las garantías pues “se confió en la buena fe”.

Y vinieron más insultos a nuestra inteligencia, pero ahora desde el periodismo de bolsillo. En la FM, de RCN, metieron las manos en el fuego por la pobre ministra. Luis Carlos Vélez afirmó sin sonrojarse que era una persecución contra la pobrecita y recalcó sobre su gesto valeroso de haber destapado ella misma el escándalo. Y Vélez y su mesa se quedaron callados, horas después, cuando salieron unos audios de Abudinen regañando furiosa a los funcionarios que filtraron esos datos.

A la fecha, Centros Poblados no ha hecho nada del proyecto de llevar internet a las periferias. O sea, unos millonarios de Barranquilla y otros sitios les robaron a los más pobres la posibilidad de conectarse con el mundo, de disminuir un poco su atraso mental y cultural, su opción de entrar un poco en una modernidad que cada vez les coge más ventaja. Menos mal, la Procuraduría va a investigar… Ah, verdad que la procuradora, Margarita Cabello, llegó a ese cargo impuesta por la misma casa política que puso a la ministra… Bueno, queda la Fiscalía… Ah, verdad que no hay riesgo de que allí abran un proceso que perjudique al presidente. A Karencita no le va a pasar nada pues ya el pequeño Iván salió a respaldarla, sordo ante el escándalo y en la misma actitud del tapen tapen de todo su gobierno.

Huir o sucumbir parece ser el dilema al que nos enfrentamos muchos con este panorama aterrador de los más malos sirviéndonos de ejemplo y cerrando toda opción de cambio a los que alguna vez creímos que algo podía cambiar. Hasta hace poco nos quedaba la calle para salir a gritar, a protestar, a hacer catarsis, a exigir ingenuamente, como los argentinos hace 20 años, “que se vayan, que se vayan todos”, en un mensaje a sus políticos. Pero la violencia nos arrebató la calle y también la protesta, y ya se volvió cotidiano quemar buses, y destrozar estaciones de Transmilenio, y dejar sin adoquines bulevares, y hasta tratar de quemar vivos a policías y patrulleros, aunque también morir bajo sus balas indiscriminadas. Es que tiene que haber ira desatada y ciega si la plata para dotar de internet a los más pobres, o la de los refrigerios de los niños en los pueblos, o la de las ayudas a la gente con hambre en medio de la pandemia se va para hacer reventar las arcas de unas pocas familias y redecorar sus mansiones en Miami, activar sus cuentas en Panamá o animar sus futuras rumbas ruidosas.

Hay que emigrar entonces pues nos dejaron sin salida, sin expectativas, sin margen de maniobra para un mínimo optimismo, a los que nunca tuvimos la aptitud para robar, expoliar, sobornar o dejarnos comprar, pero tampoco los arrestos para salir a destruir buses, lesionar tombos o romper cajeros automáticos.

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