“Las impactantes imágenes revelan el instante en el que el hombre caminaba bajo la pertinaz lluvia, dirigiéndose aparentemente hacia su vehículo. Sin previo aviso, un rayo se abate sobre él, ocasionándole una descarga eléctrica fulminante y causando su fallecimiento prácticamente de inmediato”.
Cómico y triste, este párrafo firmado por Blu Radio pretendía informar sobre una noticia impactante: un rayo mató a un hombre en Rusia y el instante quedó grabado en video. Por malos gerundios, por clichés evidentes, pero ante todo por el absurdo de esperar que un rayo avise antes de caer, el texto no aguanta un análisis crítico.
Lo leí hace tres días y me hizo evocar dos cosas: la primera, una reflexión aterradora de Yuval Harari, en The Economist, bajo el título “La IA ha pirateado el sistema operativo de la civilización humana”. En ella, en un tono casi apocalíptico, el pensador israelí advierte sobre el peligro de una inteligencia artificial que ha logrado copiar el lenguaje humano, no solo en su gramática y su semántica, sino en su potencia para recoger nuestras viejas ficciones y proponer otras que ya no serán creadas por el homo sapiens y que abarcan desde la economía hasta la religión y la democracia misma. “El lenguaje ─asegura─ es el material del que está hecha casi toda la cultura humana. Los derechos humanos no están inscritos en nuestro ADN. Más bien, son artefactos culturales que creamos al contar historias y escribir leyes. Los dioses no son realidades físicas. Más bien, son artefactos culturales que creamos al inventar mitos y escribir escrituras. ¿Qué pasará una vez que una inteligencia no humana sea mejor que el humano promedio para contar historias, componer melodías, dibujar imágenes y escribir leyes y escrituras?”.
Tan escalofriante es su panorama del exterminio de la civilización, que parangona esta nueva ola con la amenaza atómica en su capacidad destructora de toda la especie y urge regularla y limitarla como prioridad, antes de que se hagan masivos los dispositivos y las herramientas que ya están circulando.
La segunda cosa que me hizo evocar el tragicómico párrafo de Blu Radio fue la inquietud que sentí terminando mayo cuando leí los textos finales producidos por varios de mis estudiantes, sospechosamente buenos en comparación con los leídos semanas atrás. Al inicio me dejé llevar por la vanidad de creer en la eficacia de mis enseñanzas. No había indicios de plagio porque estaban todas las fuentes, las atribuciones, la apelación a otros documentos, la evidencia de una mínima investigación. Lo seguí pensando, se cerró el semestre y caí en la cuenta de que detrás de la mejoría podría estar el Chat GPT. Hice el ejercicio y con unas indicaciones no muy complejas y el aporte de insumos (testimonios reales, fuentes, un par de datos) pude obtener un texto bastante completo, y de cierta calidad.
En un vistazo inicial, para alguien cuya vida ha gravitado sobre las palabras, desde la escritura, la reflexión, la enseñanza, esto se acerca absurda y hasta literariamente a una distopía, a un mundo en el que todos vamos a ser removidos por un super dispositivo, aun quienes creíamos ser los últimos en ser echados del barco porque la materia prima de nuestra labor era la creatividad, la imaginación, el arte y otros intangibles difíciles de alcanzar para la frialdad e impersonalidad de la tecnología.
Antes de leer a Harari, ya me había planteado con menos dramatismos que los suyos varias preguntas, entre ellas la más básica para un profesor: ¿El uso de la inteligencia artificial en la escritura es algo cercano a una trampa, al menos en el contexto de un proceso educativo para aprender a escribir? No lo sé. Lo deseable sería llegar al uso de este recurso luego de adquirir la seguridad de hacerlo bien por sí mismo; pero, ¿qué es hacerlo bien? ¿Comunicar con claridad? ¿Transmitir contenidos con eficiencia? ¿Obedecer la gramática? ¿Hacer una apuesta estética más allá de la simple labor informativa? ¿Poetizar, conmover, concitar? Son respuestas que la misma literatura, el arte de la escritura, nunca consiguió discernir. ¿Podría considerarse un texto producido por Chat GPT como una co-creación? En cierta medida sí, pues la escogencia del tema, la investigación previa, la recolección de unos testimonios, e incluso la estructuración del trabajo para impartir unas directrices a un dispositivo, fueron un acto de la voluntad y el esfuerzo humanos.
Las preguntas se me multiplicaron de modo casi geométrico, hasta llegar a una última, por ahora, que plantea en el fondo un interrogante este sí aterrador: ¿Necesitaremos en un futuro, cercano o lejano, aprender a escribir?
Es que la escritura, y su sucedáneo el lenguaje, es uno de los marcadores históricos del inicio de la civilización; con uno y otro se aseguró la acumulación y perpetuidad del conocimiento, se halló el antídoto para la volatilidad de la memoria con lo cual se logró construir una memoria colectiva relativamente confiable y hasta se le puso coto a la inconstancia de la voluntad humana. Buena parte de la educación en cualquier rama depende del lenguaje, en especial el escrito; estudiar una carrera es escribir, desde el ensayo para aplicar a un cupo hasta la tesis para lograr el cartón.
No sé si sea tan urgente, como asegura Harari, que se exija para la IA una regulación equivalente a la de drogas y alimentos, pero lo definitivo sí es empezar a plantear, ojala desde las universidades, uno de los debates más definitivos de la historia, sobre qué posiciones, fronteras éticas, líneas rojas, alianzas, renuncias, vamos a arriesgar frente a la presencia incontenible y avasalladora de la inteligencia artificial en todos los campos, pero sobre todo en el lenguaje y en la escritura. “La democracia es una conversación, y las conversaciones se basan en el lenguaje”, dice Harari y remata: “Si estoy teniendo una conversación con alguien y no puedo decir si es un ser humano o un AI, ese es el fin de la democracia”. Y de la historia, de la protagonizada por la especie humana.
Leer aquella noticia de Blu Radio me abrió una incertidumbre final: ¿podría haberlo escrito mejor el Chat GPT, sin clichés, sin absurdos, sin malos gerundios?