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Cesó la horrible noche. Esa expresión tan manoseada, socorrida, escrita por la mano pretendidamente poética de Rafael Núñez hace ya casi 140 años, podría ser uno de los leit motiv de este país en este siglo y medio. Muchos pensaron que efectivamente se disiparían las tinieblas en junio de 1953, cuando el general Rojas le dio un golpe de Estado (de opinión, dijeron los periódicos) a uno de los hombres más polarizantes de la historia colombiana, Laureano Gómez, “el monstruo”, para el país más liberal; luego volvieron a pensarlo cuando se instauró el Frente Nacional que sucedió a Rojas, cuando godos y liberales prometieron paz política. Fuimos bastantes los que alcanzamos a creerlo en 1991 con la firma de una nueva carta magna, una nacida del consenso más amplio hasta ese instante, con Antonio Navarro, del M-19, Horacio Serpa y Álvaro Gómez (el hijo de Laureano) juntando sus manos en foto histórica en el teatro Colón, y decretando la muerte de la vieja constitución de Núñez, el del himno. Uno que otro apeló al estribillo a comienzos de diciembre del 93 cuando cayó baleado en un tejado del barrio La América ese otro monstruo que se llamaba Pablo Escobar. Un buen número volvió a repetirlo cuando en 2002 subió a la presidencia Álvaro Uribe con la promesa de acabar con una guerrilla ya muy deformada y degradada. Algunos lo llegamos a creer en 2016 tras la firma de la paz en La Habana con esa misma guerrilla. También, en 2022, cuando por primera vez en la historia subió por las vías democráticas un presidente del M-19 y prometió darle el mayor de los impulsos a la paz y a esa Constitución que su grupo ayudó a diseñar. Y como no cumplió ni lo uno ni lo otro, Juan Guillermo Cuadrado, gloria indiscutible de nuestro fútbol, la volvió a utilizar hace unos días después de que el país eligió a Abelardo de la Espriella como nuevo Jefe de Estado.
Así pues, la horrible noche ha cesado decenas de veces en 80 años, y evidentemente nunca ha cesado de verdad. Y no puede hacerlo porque, quizás, estar sumidos en el terror de la penumbra, en sus zozobras, fantasmas, pesadillas, sea parte del ADN colombiano, no como una predestinación genética sino como un atavismo cultural, una incapacidad medular para dirimir los desacuerdos por las buenas, un espíritu bronco y agresivo a flor de piel, y que han instrumentalizado hasta el cansancio las clases dirigentes para acceder al poder y eternizarse allí. Imposible establecer si surgió así espontáneo en nuestro parto como pueblo o si nos lo fueron inoculando estratégicamente nuestros líderes. Así lo expuso en 1990 Antonio Caballero en el ensayo “La violencia como método”, y así lo volvió a proponer en 2017 en “Historia de Colombia y sus oligarquías”. De Laureano, o antes, hasta sus nietos y biznietos, que ahora van a gobernar con Abelardo, nadie ha conseguido, o intentado, desactivar ese mecanismo pérfido en el cual el desacuerdo se vuelve una dinámica, la conciliación un sinsentido y el centro, como visión atemperada y dialogante del mundo, en una opción de pusilánimes.
Una de las profundas decepciones con este gobierno que culmina es que, con esas promesas del “vivir sabroso”, de “la potencia mundial de la vida”, del “hasta que la dignidad se haga costumbre”, y las apologías a las diversidades, muchos creímos plausible un regreso al humanismo, una reformulación de la asertividad como dispositivo, y de la empatía, esa capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, como un elemento clave en el discurso y la comunicación. Pero prontamente Petro fue demostrando que sus lemas y sus eslóganes estaban mediados por la premisa maniquea de amigo/enemigo, y que su filosofía y método eran los de la guerra a muerte, con bandera y narrativa histórica incluidos. Y así en estos cuatro años con horror vimos a la masa seguidora y ferviente del petrismo, en la que se incluye buena parte de la inteligencia del país, terminar cayendo en la misma antigua dialéctica perversa de conmigo o contra mí, y mudar de la lógica de la denuncia airada por los desafueros de la derecha, al silencio cómplice por los de la izquierda. Así, el año pasado, tras el atentado a Miguel Uribe, recuerdo a un profesor de literatura a quien conozco, humanista, un hombre de letras, asegurar en redes que todo era una pantomima, y que el candidato empezaría campaña en 15 días, victimizado y convertido en héroe. Y le llovieron likes. Luego Uribe Turbay murió y todo fue silencio. Hace una semana, el asesinato de Joan Sebastián Durán, a manos de ICE en Maine, Estados Unidos, mostró de nuevo cuán lejos estamos de abandonar la horrible noche, con la violencia virtual de muchos, la burla, el escarnio, porque el chico muerto había votado por Abelardo de la Espriella.
Hasta el fútbol, ese terreno que fuimos sacralizando con el paso de los años, que se convirtió casi en nuestra única unanimidad, el punto de encuentro, intocable, terminó sucumbiendo a este fenómeno. Estos días de mundial lo demostraron, cuando los viejos héroes de la selección se convirtieron de la noche a la mañana en traidores a la patria, malnacidos, por despedirse fríamente de Petro antes de partir, y esquivar una foto con su hija. Y se aplaudió y festejó que nos eliminaran en octavos de final. Y Cuadrado, el gran Cuadrado, se volvió un negro malagradecido que olvidó su origen, y a quien el propio Petro, que no esquiva una pelea, le aseguró atrevidamente que su voto fue por los mismos que asesinaron a su padre, un chofer de un camión de gaseosas, baleado en Necoclí en los azarosos años 90. Es que un negro no puede ser de derechas, y todos los muertos cayeron a manos de los paras.
No, la noche no ha cesado, ni va a cesar en estos cuatro años que se vienen. No puede cesar si el futuro presidente fue elegido para destripar al opositor; es que solo plantearlo ya es escandaloso. Y no va a cesar si con los hechos de Joan Sebastián baleado por ICE en Maine, y masacrado en redes en Colombia por ser firmes con la patria, la única respuesta de Abelardo ha sido el silencio. Abyecto y obsecuente.
