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La otra foto de la Casa Blanca

Sergio Ocampo Madrid

09 de febrero de 2026 - 12:04 a. m.
Foto: X: @petrogustavo

Que le fue muy bien, concluyó María Jimena; que fue la visita más humillante y deshonrosa de un jefe de Estado colombiano en los últimos 40 años, calificó Aurelio. “Felicitaciones” —le dijo Julio Sánchez al embajador Daniel García-Peña, organizador de la cita— porque todo salió muy bien (¿desde cuándo está la prensa para felicitar a agentes del Estado por hacer su trabajo?). Que estaba presupuestada para 40 minutos y se alargó a una hora y cuarenta; que al brasileño Lula solo lo recibió 35, por reloj. En fin, la noticia quedó en primera página para la historia, para la nuestra, la pobre, incierta, bananera y acomplejada historia colombiana, pues la foto abrió todos los periódicos y páginas y portales, los nuestros, pero solo se coló en páginas interiores para los diarios gringos, que no le concedieron tanta importancia. A lo largo de los meses venideros iremos conociendo muchos más pormenores de qué fue lo que ocurrió en realidad en la mañana de ese 4 de febrero en aquella casa del número 1600, Avenida Pensilvania, Washington D.C.

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Viendo la foto “histórica” es imposible no arriesgar otros juicios y plantear otros interrogantes más allá de cuándo durará esta luna ficticia de miel, y de qué tanto se negoció, de modo abierto y taxativo, pero también interna y psicológicamente, tras esa puerta cerrada. El primer juicio es el modo impresionante en que se parecen estos dos personajes en la desmesura de sus diferencias. Bajo la piel anaranjada del uno (por alemán-escocés o por exceso de cámara bronceadora o mal maquillaje), y la piel parduzca del otro (por pura sangre colombiana o ¿quizá por italiano del sur?), bajo ese pellejo laten dos egos mórbidos e hiperbólicos, dos mitómanos redomados, dos hombres con una convicción autocrática del poder, y antes que nada dos líderes cuya acción política está construida más en la puesta en escena, en el performance, el eslogan, el efectismo, que en las ejecuciones y los resultados. Dos grandes improvisadores con un exceso de fe en sí mismos, en sus intuiciones, y en la necesidad de prevalecer asumiendo todos los riesgos, y sin reparar en los costos, personales, institucionales, sociales e históricos.

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Con sus diferencias enormes de poder e influencia mundial, al uno y al otro los pintan como perfectos animales políticos, estrategas excelsos, jugadores geniales del ajedrez político local y mundial. Yo, en cambio, veo a dos personajes bastante primarios, reactivos, que ejercen su poder y deciden en buena medida por el tono temperamental del día a día. ¿Habrá alguien más básico que Trump y su tremenda pobreza argumentativa y discursiva, un hombre para el que el mundo se mueve básicamente entre dos adjetivos, “fantástico” o “terrible”, en la medida en que se alindere con sus visiones y sus intereses o los contraríe? El gran Philip Roth, en su primer mandato, contó las palabras de su exiguo vocabulario en el discurso público y no pasaban de 72.

Pero, en fin, el que me preocupa en verdad es Petro, mi Petro, el que dirige mi país, afecta mi día a día, mi futuro, por quien voté, de quien esperé muchas más cosas, y a quien, con este viaje y en esa “foto histórica”, terminé de dimensionar y esbozar lo que me faltaba comprender de él. Muy reveladoras sus palabras del día anterior a la cita con Trump al asegurar, sin temblarle la voz, que lo de Washington sería determinante para su futuro, pero también “para la vida de la humanidad”. Me da la impresión de que en hora y cuarenta de su reunión se le cayeron al hombre varios de los pilares de su ideología, de su proyecto político, y hasta de su retórica ambiental y humanista. Así, luego de tres años de porfiar en una “paz total”, que llegó a extremos inverosímiles como permitir que las disidencias de las Farc se movieran en carros oficiales, llevando armas incluso, o que en manifestaciones políticas del presidente se invitara a tarima a tenebrosos criminales encarcelados, con salvoconducto para estar allí, resulta que ahora se le entrega a Estados Unidos la lista de varios de ellos y la promesa de su extradición. Lo de “Chiquito malo”, el hombre del Clan del Golfo, es muy irónico, pues en la cita en la Casa Blanca se citó su nombre y quedó asegurado su envío a una prisión federal, pero luego supimos que la orden de captura en su contra está suspendida desde diciembre pasado. Y hubo más paladas de tierra para enterrar ese Frankenstein mal concebido de la paz total. Así, luego de tres años de una incomprensible inmovilidad de la Fuerza Pública contra las guerrillas, el jueves pasado, 24 horas después del encuentro en EE. UU., se bombardeó por primera vez un campamento del ELN de modo directo.

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Con el narcotráfico el viraje se sugiere más drástico. Después de tantos años de defender la corresponsabilidad entre países consumidores y productores, parece que volvemos a la antigua retórica de aceptar que somos los grandes culpables de estar envenenando América, como dice Trump, y entonces se vienen las aspersiones aéreas, y varias promesas de ofensivas muy fuertes contra la mafia.

Irreconocible este Petro hablando con Trump de combustibles fósiles, el verdadero veneno mundial para él que ahora sí queremos explotar en la Venezuela vecina.

Luego de esa hora y cuarenta minutos ya no es tan claro qué tanto va a luchar el presidente de esta potencia mundial de la vida porque su partido siga en el poder cuatro años. Es que Petro, más que socialista o progresista, es antes que nada petrista, uno que dejará el poder en agosto, sin visa y con su nombre en la lista Clinton.

Veremos. Todo puede cambiar en horas con este par de imprevisibles embaucadores, para quienes el mundo se mueve casi con el ritmo, los ánimos y hasta los humos con que amanecieron en su día a día.

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