¡Make America a banana republic!

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Sergio Ocampo Madrid
21 de agosto de 2023 - 02:00 a. m.
"Hay un personaje, uno real, grandote, gordo, repulsivo, que consigue sumergirme del todo en esta perturbadora sensación de que ya vivimos en una distopía, una en la que la verdad dejó de ser paradigma, y la valoración negativa de la mentira se relativizó y se puede justificar a menudo, una en la que el resultado valida al proceso, el Estado de opinión desplaza al de derecho, la lógica del resumen y el efectismo se privilegian a la de la argumentación racional, y el lucro y los negocios se liberaron de cualquier consideración ética o moral".
"Hay un personaje, uno real, grandote, gordo, repulsivo, que consigue sumergirme del todo en esta perturbadora sensación de que ya vivimos en una distopía, una en la que la verdad dejó de ser paradigma, y la valoración negativa de la mentira se relativizó y se puede justificar a menudo, una en la que el resultado valida al proceso, el Estado de opinión desplaza al de derecho, la lógica del resumen y el efectismo se privilegian a la de la argumentación racional, y el lucro y los negocios se liberaron de cualquier consideración ética o moral".
Foto: AFP - TIMOTHY A. CLARY
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A menudo, y de modo cada vez más frecuente, siento que hace rato estamos viviendo en una distopía. Es sospechoso que cualquier consulta en la red genere publicidad al respecto casi de inmediato y por otros canales, que en una conversación salga a relucir el nombre de alguien y minutos después nos aparezca como recomendación de amigo, o que inclusive un simple pensamiento, no declarado, termine en alguna coincidencia con algo que llega del ciberespacio. El famoso e inquietante algoritmo que vive pendiente de lo que buscamos, pero también de lo que hablamos y, más aterrador, de lo que está todavía en nuestros pensamientos. Con las aplicaciones para ligar, para conocer a alguien o para tener sexo simplemente, siento espeluznante que algo en la nube, alguien en alguna parte, una corporación, o simplemente una máquina, interfiera en la voluntad de con quien hacer o no hacer match, con quien debería irse uno a la cama, o en últimas de quién se puede enamorar la gente. Sin duda, una de las grandes conquistas de la humanidad, que no tiene ni un siglo, es haber logrado llegar a este punto de la historia en que hombres y mujeres nos volvimos libres de decidir a quién amar, a quién tener de compañía, por un rato, por un tiempo, por toda la vida.

Hay un personaje, uno real, grandote, gordo, repulsivo, que consigue sumergirme del todo en esta perturbadora sensación de que ya vivimos en una distopía, una en la que la verdad dejó de ser paradigma, y la valoración negativa de la mentira se relativizó y se puede justificar a menudo, una en la que el resultado valida al proceso, el Estado de opinión desplaza al de derecho, la lógica del resumen y el efectismo se privilegian a la de la argumentación racional, y el lucro y los negocios se liberaron de cualquier consideración ética o moral.

Se llama Donald Trump, presidente número 45 de Estados Unidos, el único en haber tenido dos impeachment (acusación y juicio político del Congreso) en su periodo, el negacionista del cambio climático, el de la mentalidad precientífica de recomendar inyecciones de desinfectante contra el Covid, el que nunca quiso presentar sus declaraciones de renta, el que se cargó con centenares de documentos, clasificados muchos, de la Casa Blanca para su mansión en Mar a lago, al dejar de ser mandatario, el que llamó telefónicamente a Brad Raffensperger, secretario de Estado de Georgia, para que sacara de algún lado los 20.000 votos que le faltaron allí, el que pidió a su vicepresidente Mike Pence desconocer los resultados electorales del 2020 en los que perdió, y el que, ante la negativa de este, ese mismo día tuiteó: “Mike Pence no tuvo el valor de hacer lo que debería haberse hecho para proteger nuestro país y nuestra Constitución”. El hombre que afronta 91 procesos estatales y federales, desde fraude comercial hasta instigación a la insurrección; el condenado hace tres meses por abuso sexual… El supremacista blanco agazapado, el racista velado, el homofóbico encubierto, el machista descarado.

El gran Philip Roth en 2017 lo expresó sin atenuantes en The New Yorker: “He sentido alarma como ciudadano con los gobiernos de Richard Nixon y George W. Bush. Pero, cualquiera que fueran las limitaciones en su carácter o intelecto, no eran tan humanamente pobres como es Trump: ignorante del gobierno, de la historia, de la ciencia, de la filosofía, del arte, incapaz de expresar o reconocer los matices de la sutileza, desprovisto de toda decencia y manejando un vocabulario de 77 palabras que es mejor llamar imbecilidad que inglés”.

Trump es lo más cercano a esos líderes inhumanos y mórbidos que plantearon los novelistas de las distopías en el siglo XX, con Orwell a la cabeza. Y el autodenominado Grand Old Party, GOP, o sea los republicanos, son la estructura política, de cómplices, por adscripción ideológica, por miedo, por comodidad, que le está permitiendo, o al menos no le está impidiendo, seguir adelante con la pesadilla a la que está llevando a Estados Unidos. Escribía Maeve Reston el martes pasado en el Washington Post sobre la triste realidad y la vergüenza de que las cuatro cabezas del partido Republicano en Georgia, declarados en contra de Trump en los últimos días, sean una minoría apabullada frente al aplastante apoyo de todo el partido.

De todos modos, lo más absurdo y desmoralizante para ese país, y para el mundo, es que un líder con todo ese prontuario, con la evidencia rampante de tuits, de sentencias judiciales, de llamadas telefónicas, que fue calificado hace dos años como el cuarto peor presidente de la historia en una encuesta entre 142 historiadores de la Academia Americana de Historia, salga de una audiencia judicial y se encuentre con una multitud que lo aplaude y vitorea, que tenga el 70 % de intención de voto para las primarias republicanas, y que esté empatado con el demócrata Joe Biden en una eventual contienda en 2024. O sea, una porción enorme de población no solo ciega ante la certeza sino en negación de sus historiadores, su prensa, sus élites intelectuales, probablemente las más encumbradas del mundo. Una ciudadanía no solo empobrecida en su intelecto sino en su bolsillo, pero que no se siente agraviada por la vulgar demostración de riqueza y exclusión de su líder.

Independiente de las discrepancias que como latinoamericano puede uno tener con esa nación, y sobre todo con su política exterior, no se puede ni dudar del carácter paradigmático que tiene Estados Unidos para el mundo entero, su democracia, las lógicas de su institucionalidad, el acervo de derechos y garantías que han ido aportando a la civilización. De muchas formas, un líder y sus voceros dejando dudas graves sobre su sistema electoral, planteando groseramente que la división de poderes se acabó y la justicia se volvió un apéndice del presidente, que los jueces están haciendo más política que justicia, significa un daño enorme a la democracia más representativa del planeta. Inclusive, acogiendo una tesis de Carlos Granés, en ese estupendo ensayo que es “Delirio Americano”, sobre la latinoamericanización de EE. UU. y del mundo, dejamos de sentirnos un poco las repúblicas bananeras que hemos sido y que los gringos, más que los demás, nos han hecho sentir.

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luis(89686)23 de agosto de 2023 - 04:44 p. m.
La sociedad gringa es muy compleja. Para nombrar una sola de sus coplejodades está el día de acción de gracias que los hace sentir el -pueblo de dios-. En los años cincuenta, en la celebraciones cantabamos los himnos entre ellos el de "dios salve a américa tierra de paz" creyendo que se refería a toda América. Lo prohibieron, porque América son solo ellos. Piero lo entendió con su canción -Los Americanos-.
ALEJANDRO(os9iw)22 de agosto de 2023 - 11:10 p. m.
Es sabido, históricamente, que los grandes imperios declinan, que su propio poder se corrompe y corrompe todo lo que le rodea, pues eso es lo que le está sucediendo a USA de la mano de engendro de la mentira, del engaño, del robo, del abuso, del supremacismo blanco y del racismo, es el peor ejemplo que la humanidad puede tener. El mal ejemplo cunde y ya tiene seguidores, sus aúlicos, que ciegamente lo apoyan y que emularán su comportamiento cuando no esté, este tipo tiene va a dejar ese legado.
Alberto(3788)21 de agosto de 2023 - 11:11 p. m.
Perfecta.
Jorge(98559)21 de agosto de 2023 - 05:11 p. m.
La ignorancia es contagiosa y está llevando a los Estados Unidos a ser un país de trogloditas. Ojalá que esa enfermedad no siga avanzando como ocurrió en Brasil y posiblemente en Argentina.
Hector(31467)21 de agosto de 2023 - 04:17 p. m.
El demonio blanco, el anticristo marcado con el 666. Llevará al mundo al paroxismo de desorden, caos, y destrucción.
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