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Margelis somos todos

Sergio Ocampo Madrid

27 de enero de 2025 - 12:04 a. m.

Aunque muy lejos en la geografía y en las circunstancias, Margelis Tinoco y Melania Trump fueron dos mujeres protagonistas de la toma de posesión de Donald Trump el pasado 20 de enero. Ambas son migrantes, la primera, colombiana; la segunda, eslovena. Melania, de 54 años, alta, esbelta, lució regia, aunque oscura y lúgubre en el maquillaje perfecto de su piel blanca y en su traje de alta costura. Margelis, bajita, obesa, piel cobriza y quemada, mestiza de la tierra, tiene solo 48, pero se ve, en su sudadera mugrienta y bajo su gorro de lana, muchos años mayor que Melania.

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Quizás en el mismo momento en que en Washington Melania le daba ese falso beso a Trump, a Margelis en Ciudad Juárez (México) le llegaba la notificación de que su cita para solicitar asilo en Estados Unidos, que había aguardado por seis meses, en los que recorrió miles de kilómetros a través de Venezuela, Colombia, Centroamérica y México, fue cancelada de modo indefinido y tal vez para siempre por orden del nuevo presidente. No entendí por qué Melania no se veía feliz, si para ella vienen años inmediatos de gran vida, de esa que nos han vendido como la ideal en el modelo económico imperante. Y entendí hasta los huesos la tragedia de Margelis, para quien vienen 4, 8, 20 más, de trashumancia forzada, hambre, violencia, o sea de la cotidianidad que padecen millones de latinoamericanos descastados y convertidos en residuo indeseable de ese mismo modelo económico.

En su cara llorosa, Margelis representa sin matices el tiempo que viene para América Latina en los cuatro años de esa aventura política, social y cultural en la que se acaba de embarcar Estados Unidos. Aunque ya lo conocíamos, el Trump en su segunda versión ha sido mucho menos eufemístico para ir soltando los indicios de lo que nos aguarda con él. Lo dijo sin miramientos diplomáticos: (La relación) “debe ir genial; nosotros no los necesitamos a ellos; ellos nos necesitan a nosotros”.

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Y en acciones concretas y en palabras también desnudó la filosofía y las metodologías que va a poner en práctica. Por un lado, despliegue de autoritarismo, y hechos de fuerza, o simbólicos: Ejército a lo largo de la frontera con México, y cambio por medio de un simple decreto del nombre del golfo de México a golfo de América. De un plumazo se borran 450 años de historia desde cuando el cartógrafo Baptiste Boacio, en 1580, lo bautizó con ese nombre, y se desconoce que se trata de aguas internacionales sobre las que tienen jurisdicción tres naciones, México, USA y Cuba, y un registro de la Convención sobre el Derecho del Mar y del Grupo de Expertos de la ONU en Nombres Geográficos (Ungegn).

Imposible para Trump ocultar su profunda convicción de superioridad blanca y su mentalidad racista. Y de paso, su evidente desprecio por América Latina. En diciembre eso quedó más que claro con aquel deseo de que Canadá algún día se convierta en el estado número 51. Canadá, con quien comparte origen, idioma y composición racial, pero no Puerto Rico, que lleva más de un siglo deseando ser esa estrella 51 en la bandera, y que ha recibido un trato siempre de segunda. Inclusive, en su primer mandato cuando comenzó a proponer que Dinamarca les vendiera Groenlandia, alcanzó a sugerir que podrían llevarse a Puerto Rico a cambio. La vida y el destino de millones, tratados así como simple mercancía.

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Que el golfo se llame de otra manera no pasa de ser anecdótico; lo verdaderamente escalofriante es todo lo dicho, actuado y sugerido alrededor del tema de Panamá. En este campo, ha enfilado toda la batería de mentiras, manipulación y de propagación de mensajes efectistas y patrioteros que calan entre sus adeptos, y en una ciudadanía escasamente informada. ¿De dónde saca Trump esa épica de que en la construcción del canal murieron miles de estadounidenses?, cuando los miles de muertos que dejó la megaobra eran trabajadores afroantillanos, indígenas panameños y chinos, como ha quedado descrito en varios libros, entre ellos “The great Divide”, de Cristina Henríquez, o en “La historia no contada”, de Marixa Lasso.

Asegura Trump que Panamá está maltratando a los barcos estadounidenses cobrándoles tarifas excesivas, cuando estas se establecen en unas tablas únicas y no tienen en cuenta la bandera de las embarcaciones, sino su calado, su tamaño y el peso de la carga que transportan. En la misma línea, dice el nuevo presidente que Panamá le entregó el canal a China, lo cual es abiertamente falso y confunde el sistema completo de operación en el que se separa el canal de los ocho puertos con que cuenta Panamá en el Caribe y en el Pacífico, dos de los cuales están concesionados desde hace más de 25 años, y son manejados por Hong Kong, cuando todavía éste hacía parte del Reino Unido. El resto de puertos también está bajo concesión, incluso en manos norteamericanas.

Estados Unidos construyó y pagó el canal luego de que, por situaciones nunca esclarecidas, fracasó Fernando de Lesseps, a quien Colombia contrató para iniciarlo, y Estados Unidos lo manejó durante 87 años básicamente para su beneficio. Panamá lo ha manejado estos últimos 25 años para servicio del mundo, en total neutralidad, y pagó más de cinco mil millones de dólares por la ampliación, financiada por bancos japoneses y europeos.

Habrá que ver esta semana en qué tónica llega a Panamá el secretario de Estado, Marco Rubio, y así tener más claridad de lo que se viene para América Latina con este Trump 2.0.

Entre tanto, seguiremos pendientes de Melania, sus vestidos, sus viajes, sus escasas declaraciones. A Margelis la olvidaremos en muy pocos días.

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