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Mesianismos y populismos de aquí y de allá

Sergio Ocampo Madrid

15 de octubre de 2023 - 09:05 p. m.
"Con el poderoso pretexto de la agresión real y desmesurada de Hamás, y con el explicable fervor e indignación momentánea de la comunidad internacional, Netanyahu, el viejo y enconado enemigo de los acuerdos de paz de Oslo, puede terminar despoblando Gaza, correr al oeste la línea de los asentamientos judíos que siempre han sido una permanente provocación y un motivo de queja, restringir al extremo las limitadas libertades y autonomías de los palestinos y diferir una vez más la posibilidad de un estado árabe al lado de Israel" - Sergio Ocampo.
Foto: EFE - WAEL HAMZEH
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Brutal, bárbaro, monstruoso, atroz. Caben todos los superlativos para calificar el ataque de Hamás a Israel la semana pasada. Las imágenes de los cadáveres diseminados en una carretera, la historia de Shani Louk, la alemana pisoteada, escupida, moribunda en el platón de una camioneta, los relatos de las familias escondidas en armarios ante la incursión de los milicianos a balazos, para ejecutar ancianos, niños, los testimonios de sobrevivientes del festival musical adonde entraron ametrallando a todo el mundo y donde cayó la colombiana Ivonne Rubio.

Sin atenuar que la iniciativa, y la primera responsabilidad, de la orgía de sangre es de Hamás, y sin poner en duda el derecho de Israel a defenderse, también se puede calificar de brutal la respuesta del Estado judío: el ataque masivo a Gaza, los bombardeos indiscriminados, la decisión de cortar todos los suministros de servicios, agua, medicamentos, para los cientos de miles que viven allí, en una zona acostumbrada al bloqueo desde hace 16 años, la orden emitida el viernes a un millón de palestinos de evacuar todo el norte de Gaza, en una maniobra orientada a “vaciar el acuario”, y en la falsa premisa de que quienes decidan quedarse dejan de ser población civil y pasan a ser considerados combatientes de Hamás. Hasta la ONU, que ya ha puesto 11 funcionarios muertos, ha clamado que es imposible llevar a cabo una movilización de esa magnitud y advierte una catástrofe humanitaria.

Con el poderoso pretexto de la agresión real y desmesurada de Hamás, y con el explicable fervor e indignación momentánea de la comunidad internacional, Netanyahu, el viejo y enconado enemigo de los acuerdos de paz de Oslo, puede terminar despoblando Gaza, correr al oeste la línea de los asentamientos judíos que siempre han sido una permanente provocación y un motivo de queja, restringir al extremo las limitadas libertades y autonomías de los palestinos y diferir una vez más la posibilidad de un estado árabe al lado de Israel.

Yuval Harari, el gran intelectual judío de nuestro tiempo, escribió una valerosa columna al respecto en el Washington Post del 11 de octubre. No es fácil criticar a Israel y a su gobierno en un momento en el que todo occidente le está ofreciendo respaldos incondicionales, y apenas las voces parias de siempre o aprueban o no condenan las acciones de Hamás. La Unión Europea alcanzó a meter la expresión sin “extralimitarse” en su comunicado oficial de respaldo a la defensa de Israel, y aunque la Liga Árabe habla de masacre en Gaza tras la contraofensiva hebrea, su planteamiento central es pedir el alto el fuego a ambos bandos.

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En su texto, Harari considera que sus coterráneos están pagando el precio de años de arrogancia, en los cuales los gobiernos y la gente común se sintieron más fuertes que los palestinos y optaron por la estrategia de ignorarlos simplemente. “Hay mucho que criticar sobre la forma en que Israel ha abandonado el intento de hacer la paz y ha mantenido durante décadas a millones de palestinos bajo ocupación”, dice. Obviamente, nada de eso justifica las atrocidades de Hamás, su negativa a aceptar un estado judío en Medio Oriente y sus constantes torpedos a la paz.

Más adelante viene toda una arremetida contra Netanyahu y su populismo casi delirante, responsable de la debilidad del Estado y de la fragmentación de la sociedad a la que terminó dividiendo sin matices entre patriotas y apátridas, entre leales y conspiradores, según su adscripción u oposición al Gobierno. Un tema central es el del deterioro de la seguridad, en el que Harari recuerda cómo el primer ministro se negó a recibir hace unos meses al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, quien pretendía advertirle sobre los riesgos de seguridad por amenazas externas, y cómo despidió de su cargo al ministro de Defensa, Yoav Gallant, por objeciones sobre varias políticas gubernamentales.

Los lamentables sucesos de hace una semana han llevado a muchos a recordar la guerra de Yom Kippur, hace exactamente cincuenta años, cuando Egipto y Siria atacaron ferozmente a Israel y consiguieron unas victorias iniciales que luego el ejército israelí consiguió revertir. Pero en el calor de la indignación de hoy, y la solidaridad, casi nadie parece recordar que Golda Meir (cuya vida por estos días se expone en la película que lleva su nombre), una líder mucho más liberal y humanista que los que gobiernan hoy a Israel, se cayó de su cargo por la falta de previsión en la inteligencia y en la seguridad que facilitaron el ataque de los dos países árabes en ese octubre negro del 73.

A pesar del desgreño en el Estado israelí que denuncia Harari, en manos hoy de “unos mesiánicos y fanáticos oportunistas”, apenas termine de asentarse la enorme polvareda de hoy, que ojalá no derive en un conflicto global, vendrán los juicios de responsabilidades y el llamado a rendir cuentas. Israel es un país serio y con mentes muy brillantes como para no leer las lecciones de la historia; entre ellas, la primordial, que es insostenible tener una masa de millones de personas en un limbo político, social, geográfico, a la merced de los cantos de sirena de los extremismos, y que la solidez de cualquier acuerdo depende de que se suscriba entre estados reales, formalizados, a los que los tratados multilaterales y los dispositivos internacionales puedan imponer exigencias. Eso regulariza todo, incluido el nefasto mecanismo de la guerra, de la represalia, de la legítima defensa. La comprobación fehaciente, y hasta esperanzadora, es el mismo Yom Kippur del 73, pues cinco años más tarde se firmó la paz entre Egipto e Israel, que perdura hasta hoy.

El imperativo entonces es no seguir maltratando y humillando al pueblo palestino, en esa cárcel a cielo abierto que es la franja de Gaza, o en Cisjordania. Y, sin dudarlo, reducir y desarmar a Hamás, pero sin la estrategia de tierra arrasada.

El populismo, como dice Harari, corroe los estados y genera violencia. También el mesianismo. Valdría la pena que Gustavo Petro leyera a Yuval Harari para entender que el pueblo hebreo y su espíritu es tan diverso y complejo que abarca desde el pensamiento más ortodoxo y chauvinista, como el de Netanyahu, hasta el más universal y libérrimo, como el de Harari. Tal vez así, el hombre de la “paz total”, de “la potencia de la vida”, comprendería que es torpe, e inoportuno, comparar Gaza con los campos de la muerte de los nazis, y esquivar una condena abierta contra Hamás, para terminar en el mismo bando de los siniestros y anacrónicos Kim Jong Un y Alí Jamenei, o de Nicolás Maduro y su gran pobreza histórica y mental.

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