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Mi Bogotá, la horrible Bogotá

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Sergio Ocampo Madrid
04 de septiembre de 2023 - 02:00 a. m.
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La conozco, la padezco, la compadezco, la resiento, me duele, me gusta, la pienso, la riño, la he añorado cuando nos hemos dejado de ver por un buen tiempo. ¿Habrá algo más parecido que todo lo anterior a ese siempre intrigante y misterioso concepto del amor? Es mi relación con Bogotá, ciudad donde no nací, pero en la que he nacido, muerto y renacido mil veces, porque aquí aprendí a leer, a escribir, a ilusionarme y desilusionarme, a amar, odiar, confiar y desconfiar, a esperar y desesperar, a creer y a perder la fe, a engañarme y desengañarme… a vivir.

Esta es pues mi ciudad; lo ha sido por más de cincuenta años. Aquí fui al kinder, aquí me hice hombre y ahora aquí me estoy haciendo viejo. En los últimos tres meses han llegado a mis manos dos libros que tienen que ver bastante con ella, con lo que fue, con lo que pudo ser y con lo que quizá nunca será. El primero, “Las casas que hablan”, me lo regaló Sandro Romero hace dos semanas. Se trata de una compilación de textos de Elisa Mújica sobre la historia de esa joya que es La Candelaria, sus habitantes, sus ritos, oficios, un libro editado por la Secretaría de Cultura, que es un homenaje a unas casas con la historia de una ciudad y de un país entre sus muros, pero sobre todo a unas calles que son más imperecederas todavía porque, como anotaba Moisés de la Rosa, en “Calles de Santafé”, de 1938, un edificio, un templo, un inmueble se puede derribar o deformar, pero “la calle, con su trazado, con su recta o sinuosa trayectoria, perdura como un viejo pergamino”.

En “Las casas que hablan” hay una referencia de Lucas Fernández de Piedrahita, de 1688, acerca de cómo en la parte central de Bogotá (La Candelaria) vivían unos 3.000 españoles, entre criollos y peninsulares, y en los barrios altos, al oriente, y hacia el norte, llamados Pueblo viejo y Pueblo nuevo, se arracimaban diez mil indios. Y justo esa afirmación tiene todo que ver con el segundo libro, “La Bogotá inconclusa”, una investigación del profesor de la facultad de Economía del Externado de Colombia, Óscar Alfonso, quien me honró con la petición de hacerle el prólogo. En este texto académico se disecciona el fenómeno de la estratificación social en la capital, se lo relaciona con la forma en que nos organizamos espacialmente en ella, y cómo las lógicas del mercado, el modelo económico, decisiones políticas de un segregacionismo encubierto, y unos atavismos culturales muy arraigados, casi desde que la ciudad era esa retícula modesta de la que habla Fernández Piedrahita, configuraron un mapa de la exclusión y la inequidad en Bogotá, uno que se reedita como destino casi inapelable de generación en generación. Trescientos treinta y cinco años después, en “La Bogotá inconclusa”, esos diez mil indios, esos que vivían en la periferia, fuera de La Candelaria, son millones y se amontonan básicamente en los extramuros del sur y del occidente.

En lo personal, este par de libros, pero sobre todo “La Bogotá inconclusa” me llegó casi como una revelación, un primer acercamiento al interrogante de por qué Bogotá, mi ciudad, es irremediablemente fea, sucia, hostil, caótica, desordenada. Con un agravante, y es esa convicción derrotista de que tiende a empeorar, y que en las más de cinco décadas que llevamos compartiendo ella y yo, desde mi niñez y adolescencia cuando jugaba fútbol en los prados entrañables del Park Way, hasta hoy entrando ya en una primera senectud, cuando funjo como vecino de otro parque de mi entraña, el del Virrey, es la peor Bogotá en la que he vivido. Es la percepción de un pequeño burgués (no lo niego) pero que utiliza a menudo Transmilenio, que camina, que trota por la ciclovía, que va al centro, pues allí soy profesor, que es un arquitecto sin cartón, que se alegra con un buen nuevo edificio, y se duele con algún nuevo adefesio, y que de vez en cuando va a hablar con el veintejuliero niño del vestido rosadito, obviamente en un articulado, marca Volvo, de la ruta L. Un bogotano más, uno que nació aquí sin ser alumbrado aquí.

Y vengo a entender que Bogotá, la que me correspondió a mí en el tiempo, es una ciudad sin dolientes, sin ciudadanos, sin bogotanos. Y mirando el libro de Elisa, con sus citas de chapetones que vivían en este vecindario en el siglo XVII, quizá nunca los ha tenido, y aquello del estereotipo del cachaco, el de la rr arrastrada y el uso del hermoso “sumercé”, el de la Atenas suramericana con sus ejércitos de poetas haciendo versos en cafés afrancesados, el de la ciudad en la que los gamines pedían la hora con un “discúlpeme la molestia”, según narra Álvaro Salom Becerra en “Don Simeón Torrente ha dejado de deber”, quizá todo eso fue una leyenda. Una bonita leyenda, por demás. Es que es imposible que una ciudad donde el 70 % de la gente se siente segregada, arrinconada, maltratada por tener que desplazarse hasta tres horas día a día para ir a su trabajo, excluida de los buenos espectáculos, de las grandes universidades, de las librerías, es imposible que por mera bonhomía se apropie de la ciudad, la sienta suya, y hasta la quiera.

Eso se evidencia en que los pactos mínimos entre un ciudadano y su ciudad están hechos añicos, y no pagar en Transmilenio se convirtió en un derecho adquirido y permanente, y el colado le hace el quite al torniquete como algo natural. En el acto de botar un papel en la calle, del ciudadano común, o en el de la volqueta que derrama una tonelada de escombros bajo un puente hay un profundo desprecio por la ciudad, así como hay una lógica esquizofrénica de igualar en la deformidad, en la fealdad, en nivelar todo el entorno alrededor del bombardeo visual y la antiestética, en esos ejércitos, ya no de poetas sino de grafiteros armados de aerosoles.

El fracaso de nuestra clase dirigente, la de Bogotá, está en no haber logrado aún un metro, en los huecos perpetuos, en las polisombras que se quedan años, en los andenes desechos, o discontinuos, o inexistentes, en la recolección de las basuras, sí en todo eso, pero antes que nada en no haber conseguido romper una mentalidad de fractura social, de exclusión, que viene desde los tiempos coloniales, y de paso no haber logrado construir un ciudadano bogotano, una identidad, un sentir, y una responsabilidad. Ese es el fracaso rotundo quizá desde don Gonzalo Jiménez de Quesada, y con seguridad absoluta hasta doña Claudia López. Fracasaron. Fracasamos.

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Myriam(24817)04 de septiembre de 2023 - 11:21 p. m.
Bogotá tiene muchos problemas y en esta administración la suciedad y las malas obras, ojalá no haga el esperpento de corredor verde, más la inseguridad y la séptima en el centro peatonal o muladar mejor, no es tan fatal como la describe Sergio.
Eduardo(7668)04 de septiembre de 2023 - 06:49 p. m.
La fea capital de Kagajistán.
JOSE(mpvhd)04 de septiembre de 2023 - 04:03 p. m.
Lamentable pero muy acertado lo que escribe el periodista. A un facilitador de planeación le escuché: Si esto no tiene un doliente, olvídese de que tenga éxito. Bueno será si el próximo alcalde tenga como prioridad ganar amigos de la ciudad. Que les duela Bogotá.
Alvaro(31173)04 de septiembre de 2023 - 03:50 p. m.
A mi Bogota, " La Ciudad de Todos los Colombianos" . Vienen muchas personas , viven , estudian , trabajan o se van y hablan tan mal. Aquí llegan personas desplazadas y algo se hace o algo encuentra. Mucho periodista y locutor la compara y habla todo lo negativo , pero ahí siguen. Hay uno que hablaba o habla de otra ciudad que llama la "Tacita de Plata" y aquí sigue , contra esta Bogota. Pues de todas maneras, con todos sus defectos aquí seguirá alimentando esperanzas.
Hector(31467)04 de septiembre de 2023 - 03:29 p. m.
Bogota', donde todos desde todas partes llegan, se quedan, consiguen, pero no tienen sentido de pertenencia ni civismo con ella. y peor au'n, parecen sa'dicos con ella. Y ahora metro elevado...pa' acaabarla de cagar.
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