En un futuro podremos contar que vivimos el año de la peste, y que lo sobrevivimos. Que al principio fue alucinante porque estuvimos encerrados y asustados, que volvimos a escuchar los sonidos primigenios de la Tierra en el silencio de las ciudades detenidas, y a ver los picos nevados que por décadas nos taparon el esmog de los autos y las fábricas. Pero también vimos deambular de madrugada, familias de venezolanos con niños que pasaban por el frente de nuestras casas. ¿Dónde dormirían? ¿A dónde irían y qué comerían? Además, nos volvimos temerosos del abrazo del otro, y del otro. Si antes estábamos distanciados, ahora sí la distancia fue “social” y obligatoria, y si algunos nos quejábamos de que la vida se nos estuviera haciendo más virtual y menos real, la paradoja cruel fue que sin la electrónica y la web quizá la sociedad hubiera colapsado.
En el caso colombiano, la pandemia fue doblemente letal pues tuvo una consecuencia política perversa: le dio aire al presidente más mediocre de la historia, quien había terminado tambaleante el 2019 por una reacción civil masiva y decidida, con una nueva generación poniendo el hombro, y el augurio de un 2020 con procesos y rumbos quizás inéditos. Llegó el coronavirus y todo se detuvo, sobre todo los ánimos y la avalancha inconformista, y Duque consiguió seguir mandando en medio de la incertidumbre general. A pesar de las estupideces en las que incurre a menudo, como aquello de cantar goles contra el COVID con Vinasco y hacer advocación a la virgen de Chiquinquirá para paliar la enfermedad, al Gobierno le convino que solo le exigieran concentrarse en la pandemia, y lo hizo relativamente bien en líneas generales, aunque puntualmente cayó en serios desaciertos como aquello de ofrecerle un préstamo a Avianca de 270 millones de dólares o esa carnicería irresponsable del primer día sin IVA cuando sacó a miles de incautos a la calle con la manipulación de unas gangas del comercio.
Además del COVID-19, las tragedias naturales le dieron algo más de aire y ocasión para mostrarse como si en serio gobernara. Entonces lo vimos en Dabeiba, por las inundaciones, y en San Andrés, por el terrible huracán Iota, y en otras partes siempre prometiendo ayudas y hablando de partidas. Con esas imágenes fue difícil no pensar que en el fondo el hombre daba más para ser el director de la Unidad de Gestión del Riesgo de Desastres que para presidente.
Pero si bien mostró cierta empatía y responsabilidad con los damnificados de tragedias naturales, no hubo esa misma diligencia, ni humildad ni compromiso con las víctimas de otros dramas surgidos del hambre, el desamparo o la violencia. A noviembre habían sido asesinados 250 líderes sociales en al menos 20 departamentos; seis meses antes, la ministra del Interior, Alicia Arango, había declarado sin ningún sonrojo que en Colombia mueren muchas más personas por robo de celulares que por ser defensores de derechos humanos.
Ese desprecio por esa Colombia abrupta y popular se hizo patente en octubre cuando Duque sintió indigno e insolente que unos indígenas del Cauca lo emplazaran para hablar de sus problemas y de las promesas incumplidas y los puso a marchar a Bogotá en una minga que resultó exitosa porque no se dejó estigmatizar, se acomodó pacífica en la capital y consiguió una victoria simbólica y la promesa de que vienen otras movilizaciones similares. También fue evidente en julio, en Tasajera, cuando en el peor y más dramático siniestro de este 2020 murieron 45 personas y 19 quedaron heridas al asaltar un camión cisterna accidentado para robar la gasolina, en presencia de una Policía que permaneció como simple espectadora en todo el episodio. Ahí más que visitas y fotos con la prensa, la acción gubernamental que aguardábamos (y seguimos aguardando) es saber qué ocurrió realmente en ese corredor vial donde se mueve la mayoría del contrabando de combustible en Colombia, y cuál fue la responsabilidad de la Policía que no actuó ni previno el desenlace fatal.
La Policía también fue coprotagonista en otro de esos desdenes del presidente con las víctimas. La noche del 9 y la del 10 de septiembre tienen que entrar en la historia de la infamia, luego de que en un CAI un hombre inerme fue asesinado por uniformados, y al día siguiente varios agentes de la ley abrieron fuego indiscriminado contra las hordas de ciudadanos que protestaban, algunos con violencia, por el crimen. Murieron 14 personas, la mayoría sin ninguna relación con la trifulca. Los hechos apenas produjeron la destitución de dos patrulleros de bajo rango, cuando en una democracia de verdad caerían generales, ministros y hasta presidentes. El fiscal todavía sigue investigando. En este caso, el desprecio de Duque fue muy afrentoso pues se negó a acudir a un homenaje de desagravio a los muertos (donde le pusieron una silla que quedó vacía), y en cambio dos días después se disfrazó de policía y se fotografió con los agentes en un CAI.
También estuvo presto a defender a su jefe cuando una infame Corte lo privó de la libertad, y él en tres ocasiones en menos de una semana se manifestó contra esa decisión, no como un jefe de Estado, imparcial, respetuoso de la separación de poderes, sino como un fiel peón ante la amenaza al rey. La Corte tampoco dio la talla y apenas pudo zafarse del proceso se desembarazó y lo mandó a la Fiscalía.
Hubo dos hechos que salvaron el año nacional. En mi opinión los protagonistas de esos dos hechos deberían ser los personajes del año, por la singularidad extrema, valiente y ejemplar de sus acciones. La primera fue en junio, en zona rural de Cali, cuando el patrullero de la Policía Ángel Zúñiga entregó su arma y se negó a seguir adelante con un desalojo a familias pobres luego de ver que un tractor aplastaba sus enseres. La segunda fue en julio, cuando Andrés Rodríguez Cáes, juez de Usiacurí (Atlántico), se negó a aceptar un soborno de 200 millones de pesos del corrupto senador Eduardo Pulgar. Un policía y un juez dándole ejemplo vivo y contundente a un presidente, a una Corte, a unos generales en un año que no deberíamos olvidar.