El 3 de junio fue inmovilizada en San Andrés una avioneta cargada de cocaína. Pertenecía a Miguel Jaramillo, esposo de Alejandra Azcárate, un personaje de la farándula nacional, muy popular en algunos círculos por su humor ácido y su lengua brava, pero odiada en otros por traducir en sus bromas un sentido sexista, de conciencia de clase, de desprecio hacia lo pobre, lo gordo, lo feo, lo común.
Era una noticia judicial y, de refilón, era farandulesca por razones obvias. Pero fue la faceta política la que se llevó toda la repercusión. Jaramillo y Azcárate son dos reconocidos uribistas, e inclusive ella fue uno de los rostros contra el proceso de paz. Buena parte de la carnicería que se armó contra ellos en redes provino del nutrido antiuribismo nacional. Y las defensas surgieron de las huestes del expresidente: Vicky Dávila tuiteó a su favor, Marta Lucía Ramírez hizo lo propio.
El 10 de septiembre pasado se inició la Feria del Libro de Madrid, y Colombia era el país invitado de honor. Aunque desde hace unos años este tipo de noticias de la cultura se mencionan en la parte final de los noticieros, al lado de las rupturas amorosas de los famosos, de las últimas colecciones de moda y los chismes de la realeza, se trataba sin duda de una información cultural. No obstante, muy rápidamente se volvió política cuando el propio Gobierno, a través del embajador Luis Guillermo Plata, admitió que los escritores invitados, los que nos iban a representar, habían sido escogidos por “neutros”; en otras palabras, que no estaban los intelectuales críticos del Gobierno, que entre otras son la inmensa mayoría de la inteligencia del país. La literatura pasó a un segundo plano.
Hace una semana, J Balvin protestó en redes contra los Grammy Latinos y hasta pidió boicotearlos al promover que los reguetoneros nominados no fueran a la gala del próximo 18 de noviembre porque, según él, no hay respeto hacia este tipo de música urbana. Casi de inmediato, el puertorriqueño Residente le respondió con palabras fuertes, puso en duda el peso artístico de Balvin al comparar su música con un carro de hot dogs, que se venden mucho pero que nunca tendrán estrellas Michelin. Una polémica para una simpática nota de entretenimiento (o varias), y sin embargo terminó de primera en la agenda política. De nuevo, el alto uribismo cerró filas para respaldar al paisa: Vicky Dávila se manifestó otra vez; Alejandra Azcárate se hizo sentir; lo mismo, Paloma Valencia, y hasta Óscar Iván Zuluaga montó una foto engullendo un perro caliente, con ojos cerrados y actitud voraz, como si no hubiera comido en varios días y como si no tuviera asesor de imagen. Marbelle también salió a terciar con un trino: “Pues a tragar perro caliente, porque a un restaurante Michelin no los dejan entrar”.
Aunque se podría pensar que este último tuit iba contra Óscar Iván Zuluaga (por la famosa foto), era contra los detractores de J Balvin, y sobre todo contra Residente. Así, todos estos uribistas le cobraron al rapero, compositor y gestor de causas sociales aquella camiseta del 2009 en la que insinuaba que Uribe era paramilitar.
La política colombiana, hoy más degradada que nunca, más vociferante, más irracional y sectaria, terminó envenenando todo: la literatura, la música, el arte, la farándula. Nos dividió en bandos irreconciliables, graduó de “neutros” a buenos poetas y escritores, y nos hizo empezar a sentir animadversión hacia personajes de la cultura popular que antes nos simpatizaban. Marbelle es un caso emblemático. Hace 25 años yo tarareaba inconsciente su “Collar de perlas”, me encantaba esta chica guapa de hermosa voz en su forcejeo por triunfar, con todos los obstáculos de un origen popular. Me gustó que RCN retratara su vida en una telenovela y que superara ese fatal episodio de un matrimonio con un policía corrupto que la maltrataba. Un país necesita tener ídolos populares y Marbelle era eso. Hace un par de semanas, antes del episodio de J Balvin, ella misma entregó otro ejemplo de esta septicemia (envenenamiento del organismo) que nos está generando la política y sus militancias sectarias, cuando se fue con todo contra Vanessa de la Torre para defender a María Fernanda Cabal por una dura entrevista que le hicieron a esa señora de la ultraderecha en Caracol Radio. Insultante, en esa estrategia del uribismo de atacar al oponente, no a sus argumentos, Marbelle le dijo a Vanessa en Twitter que “debería volver a los aromas del aceite frito”, para recordar algo que la propia periodista reveló años atrás en El País, de Cali, y es que trabajó como mesera en Estados Unidos, donde además alcanzó a estar ilegal un tiempo.
Qué doloroso que un símbolo de la movilidad social ascendente de este país termine despreciando a otros porque trabajaron en oficios no calificados alguna vez o porque no pueden ir a restaurantes Michelin. Triste que gente que pedaleó cuesta arriba tan duro para conseguir visibilidad social y salvar los obstáculos impuestos por un modelo de sociedad clasista y excluyente termine alinderada justo con la ideología que representa todo eso.
Más que lógico y razonable que cualquier ciudadano tenga afinidades partidistas, admire y respalde proyectos, y se adscriba a filosofías y formas de pensamiento, pero muy pernicioso, destructivo y empobrecedor que todos los temas nacionales terminen siendo asumidos desde el prisma de la política, de la política de facciones, además, y bajo la premisa de que no cabe el diálogo y que al contendor no hay que controvertirlo con razones sino acabarlo moralmente en esa dinámica aterradora de ejecuciones masivas y tumultuarias en las redes sociales.
Es también una gran paradoja que ese grupo político al que le gusta tanto el arte “neutro” sea el mismo que practique como discurso y como estrategia los extremismos, las falacias, los insultos y amedrentamientos. Ese veneno que empezaron a inocular hace 20 años ya es una septicemia que nos está carcomiendo todo y a todos. Se cumple de nuevo aquello que proclamaba Laureano Gómez en la convención conservadora de 1939: “Debemos armarnos por todos los medios posibles (...) y recurrir a la acción directa y el atentado personal (...) con el objeto de hacer invivible la República”.