Petro gana o empata. Petro nunca pierde ni se equivoca, y si se equivoca también gana. Los petristas, los del gobierno y de su grupo, pero también los de a pie, los que llegaron por afinidad ideológica, decepción de centro o por simple antiuribismo, no lo dejan perder. Se trata de una alucinante narrativa construida con silogismos, falacias, verdades a medias, contrasentidos, y hasta poesía, catequesis cristiana y espíritu republicano. Así, si por descuidos e incompetencia nacional, Barranquilla pierde la sede de unos juegos Panamericanos conseguidos en el Gobierno anterior, y hasta se va echada una ministra del Deporte, es que Petro no quiso soltarle miles de millones a la cuestionada familia Char, la del alcalde de la ciudad, que los aguardaba con ansias para hacerse al botín. Si en una visita oficial a Panamá al presidente le da por pasear de la mano y en actitud romántica por las calles y otros lugares públicos con una mujer transexual, esa es su vida privada y su tiempo libre.
Si se le cae un ministro de Hacienda por redirigir contratos de la Unidad para la Gestión de Riesgo de Desastres hacia parlamentarios, el problema no es la corrupción de alguien o de un gobierno sino del aparato y la organización estatal. “Todo ministro de Hacienda ha sido chantajeado y extorsionado desde el Congreso. El congresista también cree que es normal, pues así se ha hecho siempre la política”, justificó el propio Petro en su momento para bajarle gravedad a la salida de Ricardo Bonilla. Un honesto acto de depuración, según los petristas.
Si a Petro le da por trinar a las 3 a.m. de un domingo para prohibir el ingreso de unos aviones con colombianos deportados que ya se había autorizado es porque el presidente no duerme, solo trabaja. Si luego de armar semejante zafarrancho desaparece todo ese domingo, es que tiene derecho a descansar, así toda la crisis haya quedado en manos de una chica inexperta jugando a saber de política exterior, de un canciller saliente despedido a las malas, y un embajador en USA bienintencionado, que se batieron para sacar al país del desastre, inclusive llamando y reencauchando al enemigo número 1 del Gobierno. Si al día siguiente hay que agachar la cabeza y recibir los aviones, y a los tres días de nuevo saber que los deportados siguen llegando con esposas en manos y pies, de todos modos Petro le ganó el pulso a Trump, se le paró en la raya con toda la dignidad.
Hace una semana al presidente le dio por lavarse las manos en público y decidió transmitir un Consejo de Ministros con el objetivo de mostrar que todo lo malo de su gobierno, la bajísima ejecución, las improvisaciones, las salidas en falso, la permisividad con la corrupción, no son culpa ni responsabilidad de él sino de ellos. Los petristas lo aplaudieron por esa formidable iniciativa de transparencia.
Si ese ejercicio de abrir el consejo de ministros le sale mal, y termina en una pelea de perros y gatos, por dignidad de algunos, por coherencia ética de otros, por respeto a sí mismos de no dejarse maltratar, porque no avalan que el presidente haya convertido a una casi adolescente en la todopoderosa del gobierno y a un corrupto, chantajista, y abusador de mujeres, en su jefe de gabinete, es que ese consejo es el reflejo del país, diverso y con libertad de opiniones, de pensamiento.
Sencilla y abrumadoramente eficaz esa narrativa de Petro de asumir los éxitos como propios, los errores y hasta los delitos como males inveterados del Estado, las ausencias como descanso y vida privada, los señalamientos como persecución de los medios oligárquicos y de la ultraderecha acechante. Y si él mismo se permite una pequeña autocrítica, termina aplaudido por íntegro. Inclusive cuando se le sueltan frases que deberían ser torpedos para la “pureza” con que ha publicitado su lucha política y el imaginario impuesto por dos décadas, eso es honestidad y humilde corrección histórica. Grandeza republicana. Así, el lunes admitió que “el sectarismo hace perder al proyecto popular. Por eso la izquierda nunca ganó”, en una confesión de haber transado con la forma más tradicional de hacer política y con los partidos de siempre, para llegar al poder, esos que en su discurso no pasan de ser los opresores de dos siglos y la causa de la guerra y el atraso. Y todo para acreditar la presencia de Benedetti allí. Y qué tal esa frase de “hay un feminismo que mata”, para bajarle el tono al maltrato a mujeres, también de Benedetti.
Es tan tozuda e inexplicable la actitud del petrismo de no dejarlo perder, que además de inmolaciones como las de Olmedo y Sneyder que hicieron todo a sus espaldas, o de sacrificios silenciosos como el de Bonilla, hay gestos cercanos al Síndrome de Estocolmo. El jueves en Caracol Tv entrevistaron a Jorge Rojas, jefe del Dapre, uno de los históricos del petrismo, que renunció luego del conflictivo consejo de ministros. Y a pesar de que el propio Petro dijo de él un día después que “casi acaba con el gobierno” y lo señaló por hacer acusaciones infundadas contra Benedetti, todo en Rojas fueron elogios y loas al jefe de Estado en una actitud que raya en el absurdo: “Es que consideré que se había cumplido mi tiempo en el cargo”. ¡Hombre, Jorge, llevabas una semana en el puesto!
También hay justificaciones de Petro que se tambalean entre el cinismo y la ingenuidad. Como aquel de “la gente merece una segunda oportunidad”, con el que volvieron al gobierno Laura Sarabia tras el turbio incidente de polígrafos, chuzadas y hasta suicidios, y Armando Benedetti, y sus serios indicios de venalidad y señalamientos de maltrato y abuso a mujeres. Una lección de caridad cristiana.
¿Qué argumento sacará del sombrero para sostenerlo ahora que la Corte lo llamó a juicio por el caso Fonade? ¿La gente merece una tercera oportunidad? Y si lo condenan, ¿la culpa será del Estado, de la sociedad?