“¿Quieren menos drogas? piensen en menos ganancias, y en más amores. Piensen en un ejercicio racional del poder”.
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La frase es tan extraordinariamente sencilla, lúcida, atinada y certera que parece dicha por un poeta y no por un jefe de estado. Los presidentes casi nunca dicen verdades completas, humana y éticamente ciertas, porque todo lo que expresan está mediado por una compleja y malabarística trama de razones de Estado, delicados y complejos juegos de intereses, seguridad nacional, diplomacia, geopolítica, leyes, Constitución, secretos. La política y la verdad nunca han ido de la mano. Incluso cuando se apela a las verdades, a las esenciales, los discursos políticos suelen ser criticados como simplistas, necios, ingenuos, y hasta estúpidos. Que lo diga Pepe Mujica.
Por todo eso, siempre me ha parecido excepcional esa declaración de independencia de Estados Unidos de 1776 cuando 13 estados determinaron que “la búsqueda de la felicidad” es “un derecho inalienable”. Por eso es tan terriblemente poético que el PIB de Bután se denomine Índice de Felicidad Nacional Bruta e intente medir la tasa de retorno en términos de la felicidad de sus pobladores.
La pregunta con que inicia esta columna la hizo Gustavo Petro la semana pasada en la asamblea general de la ONU, y apunta a la verdadera esencia del problema de las drogas, al modo absolutamente erróneo, ineficaz e inclusive bárbaro en que se ha acometido la guerra contra los psicoactivos desde hace cinco décadas cuando Richard Nixon la decretó, y el resto del mundo, con Colombia a la cabeza la compró y la hizo propia. En su inicio, la asumimos como los principales culpables de estar narcotizando al mundo, de malograr a la juventud; nos aceptamos parias y admitimos sumisos todos los vejámenes afuera al intentar movernos por el mundo. No recuerdo un solo gobierno en cinco décadas que haya levantado su voz contra la evidente segregación, maltrato, humillación a los colombianos en las aduanas, en las oficinas de migración, en los aeropuertos, o en las embajadas al solicitar las visas. Y permitimos que nos trajeran otra guerra a la ya inveterada guerra colombiana. Y Pablo Escobar estuvo cerca de arrodillar al Estado en su forcejeo por no dejarse extraditar. Y todo se corrompió. Y llovió veneno en las selvas porque había que erradicar una mata ancestral, por las buenas o por las malas.
En los últimos veinte años algunas voces empezaron a arriesgarse en contracorriente, y empezar a cambiar paradigmas: Colombia lleva la peor parte en todo este entramado internacional del tráfico de estupefacientes de principio a fin: participamos en la cadena de producción en sus pasos iniciales que son los que menos rentabilidad generan; nada que ver con las cifras astronómicas de los eslabones finales en las calles y bodegas de Nueva York. Pero además los impactos en la naturaleza son aterradores sobre las fuentes de agua, sobre los bosques húmedos que se talan, sobre los sembrados que se asperjan con glifosato, sin contar obviamente las vidas humanas que se pierden por la violencia, o los proyectos de vida que se malogran en las prisiones. Pero, adicional, está el daño cultural para la identidad de un pueblo, de por sí sin mucha fortaleza en su identidad, al que el mundo entero matonea con el sistema discriminatorio de las visas o con la psicología del estereotipo y el chiste.
Ahora, Petro desde el foro natural de la ONU, arriesga otro paso adelante para mostrar que el problema de las drogas es el de un mundo intrínseca y estructuralmente infeliz, una rueda dentada que tritura a la gente por la esquizofrenia del consumismo, por la lógica inapelable de la oferta y la demanda, de la plusvalía, donde la solidaridad entre los seres, entre las naciones, es una quimera, una ingenuidad; un mundo cada vez más solitario, más incomunicado, pero pletórico en tecnologías de la comunicación, en una guerra cotidiana de supervivencia para cientos de millones, más banalizado y cada vez más distante de la naturaleza y sus equilibrios. Un mundo aterrador como el de Aldous Huxley, sin nexos, sin certezas de origen, más programado incluso desde la genética, con cada vez más influencers y menos Shakespeares.
Casi una distopía de la que vale la pena escaparse, un infierno en el que los seres humanos deberíamos empezar a reclamar el derecho inalienable a la evasión. La guerra contra las drogas tiene que ser una guerra perdida, como son todas las guerras, políticas y religiosas, que han intentado reglar los apetitos, las necesidades emocionales, la conciencia, y en general todo aquello que siempre podrá hacerse a puerta cerrada, en la intimidad.
Entonces cobra todo el sentido cuando en ese mismo foro, Petro clamó: “Para ocultar sus propias culpas sociales han llenado de sinrazón los discursos y las políticas (...) Disminuir el consumo de drogas no necesita de guerras, de armas; necesita que todos construyamos una mejor sociedad. Una sociedad más solidaria, más afectuosa, donde la intensidad de la vida salve de las adicciones y de las nuevas esclavitudes”.
Como era esperable, desde su pequeñez intrínseca casi de inmediato aulló el expresidente y delfín Andrés Pastrana para calificar todo el discurso de Petro como “una vergüenza”, y decir que el presidente se declaró en Nueva york como “el gran capo defensor de la cocaína”. Y lo corearon luego otros pequeños delfines también, como Miguel Uribe Turbay: “sus palabras estuvieron cargadas de resentimiento y odio al acusar a la libertad económica y al libre mercado como promotores no solo del cambio climático sino de la muerte en el mundo, o como Paloma Valencia quien solo vio la intención de llevar “el odio de clases a las relaciones internacionales.
La ultraderecha de siempre, la que “pisotea las rosas y marchita su aliento de aromas sagrados con su razonable epilepsia inquisidora”, como decía ese poeta iluminado que era don Gonzalo Arango.