Shaki, ¿y el amor propio?

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Sergio Ocampo Madrid
23 de enero de 2023 - 05:01 a. m.
"No es fácil de entender que alguien en verdad enorme esté empecinada en hacerle ver a un pequeño idiota la desmesura de su rencor, la magnitud de la herida, y le esté dando tanto estatus, y tanto poder, a alguien en verdad tan pequeño, eternizándolo además para la historia en más de una canción".
"No es fácil de entender que alguien en verdad enorme esté empecinada en hacerle ver a un pequeño idiota la desmesura de su rencor, la magnitud de la herida, y le esté dando tanto estatus, y tanto poder, a alguien en verdad tan pequeño, eternizándolo además para la historia en más de una canción".
Foto: Redes sociales
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En 1955, Gabriel García Márquez publicó la crónica “La batalla de las medidas”, que iniciaba con una turba embravecida en el andén número cinco de la terminal de trenes de Roma, a la espera de que alguien se apeara de un tren cuyo punto de partida había sido Copenhague. La mayoría iba con toda la intención de insultarla, de hacerle pasar un mal rato y así sucedió. Apenas Sofía Loren se bajó del Scandinavian Express rugió la multitud y los rostros se pusieron muy hostiles.

¿La razón? Sofía acababa de llegar del norte donde dio declaraciones acerca de ese símbolo nacional que se llamaba Gina Lollobrigida, para criticarla, algo que llevaba haciendo desde hacía unos años por cualquier motivo, un vestido, una película, una foto, una palabra. Era un antiguo duelo de dos divas, aunque quizá la palabra duelo no se ciña del todo a la verdad: si bien a menudo Sofía hacía escarnio de Gina, esta nunca quiso contestarle. Inclusive, cuando el conflicto escaló hasta el escándalo, para delicia de los magazines y diarios europeos, Sofía declaró estar dispuesta a encontrarse con Gina “para esclarecer públicamente la polémica”, en el lugar, día y hora que decidiera la otra. Hace una semana, o sea casi 70 años después de estos rifirrafes, se fue para siempre Gina Lollobrigida. Sofía se quedó esperando alguna respuesta.

Amando a las dos, admirando a las dos, soy totalmente del bando de Gina en su convicción de que el silencio puede ser la mejor respuesta, el mayor desprecio, y que uno es dueño absoluto de la decisión sobre a quién le concede el estatus de rival, contradictor o enemigo. Soy de la misma escuela de Luis XIV, a quien la leyenda le atribuye una extraña reacción cuando cerca de Flandes fue atacada una patrulla real en una escaramuza con un puñado de nacionalistas, y la orden que llegó de Versalles fue no hacer nada al respecto. “No cualquiera se pelea conmigo”, dicen que dijo el rey sol. Un poco más acá en el tiempo y en la geografía, RH Moreno Durán proclamaba su derecho a “hacerles casting a sus enemigos”.

Admiro esta actitud de serenidad, de amor propio, de orgullo y hasta de elegancia, para saber a quién graduar de oponente. Y, más allá, por decidir de quién se quiere dejar joder uno, dejarse mortificar, fastidiar, o herir. Creo que la estatura de un ser humano la define, en cierta medida, la de sus némesis.

Volví a leer las tres crónicas de García Márquez en las que tocaba el tema de Gina y Sofía y no pude dejar de pensar en Shakira, en su última canción contra Piqué, Session 53, y en la larga tusa de seis o siete meses en los que ha producido dos temas musicales más y dejado destilar la rabia infinita que siente por los cachos que le pegó el futbolista y por haberla cambiado por una chica 20 años menor.

Es cierto que llego tarde al tema; es verdad, porque ya se ha dicho mucho, desde la simple dupla de morbo y farándula, hasta el entramado complejo de la psicología del duelo y la monetización digital, pasando por el feminismo y el patriarcalismo, en una mescolanza un poco estrambótica de despecho clásico y capitalismo salvaje. Desde la mexicana Thalía, quien le pidió dejar tanta lora, hasta la maravillosa Leila Guerriero, que en un texto breve le recordó que en ese invento que es el amor (porque es un invento), en el que uno cae (porque en realidad se cae), siempre está escrita la cláusula, en letra minúscula, cuando no invisible, de que llegará un final, y le sugirió, en una lógica muy emparentada con la de Gina, con la del Rey Sol, que el olvido siempre será la venganza mayor.

Me encanta que sea Leila Guerriero, mujer, autónoma, voz libre, la que diga eso y se constituya en la mejor respuesta al feminismo camorrero que aplaude a Shaki como aquella hembra insubordinada y herida que está vengando el honor de millones y empezando a saldar deudas históricas por tantas mujeres sumisas que callaron un dolor similar en silencio por siglos de siglos. Y aplauden, además, también, “que ya las mujeres no lloren, sino que facturen”.

También están esas voces que defienden una nueva posibilidad de manejar los dolores, las penas, las pérdidas, como mejor se disponga y que cada quien gestione como le venga en gana sus procesos individuales para superar un trauma. Válido, respetable, pero allí entonces encuentro una contradicción muy profunda, y es esa de tantos famosos, tantas luminarias, incluida Shaki, que viven peleando a brazo partido por el derecho absoluto a su intimidad, a su vida privada, cuando les conviene, pero que pueden abrirla al escrutinio público como en este caso para sacarse un clavo o simplemente vengarse. Si mal no recuerdo, cuando decidieron romper lo hicieron por comunicado, para evitar los rumores, y en procura de perturbar lo menos posible a Milan y a Sasha, sus niños.

En lo personal, siempre vi a Piqué como un mequetrefe, un gran ególatra, pueril, narcisista, tonto-hermoso. Y hasta un jugador prescindible. No era fácil entender cómo una mujer de la talla de ella, grande, ambiciosa, poeta, empresaria, luminosa, pudo iniciar algo serio con él, y que inclusive lo inmortalizara en aquel hipotético viaje en una bicicleta al sagrado parque Tayrona. En fin, justo ahí están esas claves profundas, herméticas, insondables que mueven la maquinaria de ese terrible invento que se llama amor.

Y en la misma senda, tampoco es fácil de entender que alguien en verdad enorme esté empecinada en hacerle ver a un pequeño idiota la desmesura de su rencor, la magnitud de la herida, y le esté dando tanto estatus, y tanto poder, a alguien en verdad tan pequeño, eternizándolo además para la historia en más de una canción.

En esto del amor propio, del darse un lugar, seguro Gina tendría varias cosas para decirle a Shakira.

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