Tener a un presidente que fue maestro de escuela, labró la tierra, tomó la leche de sus propias vacas, estudió en instituciones públicas, que viene de una provincia de la periferia lejana, y acredita un ADN indígena, debería ser un auspicio prometedor para estos países acerca de una nueva era de inclusión y correcciones históricas.
Perú tiene desde hace cuatro días un nuevo jefe de Estado con esas características y lo que se sugiere, en cambio, es que se acaba de embarcar en la aventura más azarosa e incierta de toda su historia, y de alguna manera también toda la región. Pedro Castillo es su nombre y de él asustan varias cosas. Inclusive, la de menos es su origen de izquierda ortodoxa, con un mentor marxista declarado, Vladimir Cerrón, que no pudo ser candidato pues lo inhabilitó una condena judicial. Por corrupto. Eso sugiere para muchos que el mandatario va a tener un patrón, un jefe. En otras palabras, que podría ser un subpresidente. Como el de aquí, pero en la otra orilla. Castillo intentó alejarse de esa tutela al final de la campaña, pero el domingo pasado Cerrón lo llamó al orden: “quien gobernará es Perú Libre y si el presidente se desvía de su programa, el partido lo alineará”, afirmó en una entrevista.
Son demasiadas las incertidumbres alrededor de Castillo y todo comienza justo con su inexistente carrera política. En veinte años lo único que puede mostrar de experiencia es haber sido candidato a la alcaldía de Anguía, un poblado de menos de cinco mil habitantes, en Cajamarca, elección que además perdió. De resto, nada distinto a ser profesor de escuela y sindicalista activo. Y antes de eso, hizo parte de las rondas campesinas, que son una especie de autodefensas creadas para contener a las guerrillas y ayudar en el mantenimiento de la seguridad rural. De eso, también tuvimos aquí. En 2017, saltó a la fama por una huelga nacional de profesores en la que el cuerpo docente pedía alza en los salarios y que se derogara la ley de la carrera magisterial, incluidos los exámenes periódicos de idoneidad.
Es cierto que los diplomas y títulos de nuestras clases dirigentes, educados afuera en universidades de muchas campanillas, definitivamente no han hecho mejor nuestra política ni asegurado una moral pública ni una conciencia de construcción nacional, ni la claridad de un proyecto de país. No obstante, sí han permitido que aun en el vagón de cola, estas naciones intenten andar enganchadas a los grandes procesos del mundo, a las corrientes de pensamiento, a las innovaciones y los modelos de la cultura y la tecnología. Castillo parece tener el nivel intelectual de un maestro de cualquier escuela campesina de las nuestras, con un pensamiento premoderno en muchas dimensiones. No es clara su formación profesional pues su hoja de vida dice que es bachiller en educación y magíster en psicología educativa, ambos títulos de la universidad César Vallejo, en Trujillo.
Ese nivel tan básico quedó claro más de una vez en esta campaña presidencial cuando hizo varias propuestas que desnudaron una ignorancia peligrosa sobre fundamentos básicos de Estado, política, economía, comercio exterior, y otras casi alucinadas: prohibiré las importaciones, al menos de lo que se produzca en Perú; contrataré ingenieros agrónomos “que construyan cuencas hidrográficas”; nacionalizaré varias empresas vitales. Y ya antes había propuesto que cada hospital debía tener “un razonador magnético que detecte las enfermedades a tiempo”. Y, si de formación de estadista no hay nada, tampoco se aprecia una razonable sensibilidad humanista que le asegure una cierta apertura mental y una actitud incluyente, más allá de la dialéctica de la lucha de clases y el viejo discurso de los despojados que deben ser redimidos. Así, por ejemplo, antes de primera vuelta aseguró que la violencia contra la mujer y el feminicidio se producen “por el ocio y el desempleo”. ¿Qué querría decir?
Una de las facetas más espeluznantes de este capítulo Castillo que empieza en el Perú tiene que ver con esa extraña mescolanza moral e ideológica que lo hace comunista, o cercano al comunismo, pero a la vez ferviente católico que ya apostató alguna vez (se hizo evangélico) y después regresó; también, enemigo acérrimo del matrimonio gay, del aborto y la eutanasia. Y, además, partidario de las soluciones de fuerza y mano dura en la seguridad. Todo esto lo afirmó sin matices en entrevista para la Deutsche Welle hace unos meses.
El nuevo presidente también se ha apuntalado en el clásico discurso antiyanqui de nuestras izquierdas, una prevención que cada vez pierde más peso entre nosotros al comprobar que aun los Estados Unidos y su imperialismo no son un bloque monolítico y diabólico sino una realidad muy compleja y diversa en la que ya caben hasta los populismos tercermundistas y las megalomanías que alcanzan a poner en peligro las instituciones, pero también las resistencias y la prevalencia de los derechos y las garantías civiles. Preocupa pensar en que Perú se alindere con dictaduras nefastas como Venezuela o Nicaragua, y se convierta en otra cabeza de playa y futura expansión para la voracidad imperial china o la truculencia hegemónica de Putin. Sin duda, los gringos han sido “unos hijos de perra” con Latinoamérica, pero son “nuestros hijos de perra”, digo yo.
Los indicios me permiten arriesgar que el experimento Castillo va a ser mucho más malo que bueno para el Perú, para los vecinos, y hasta para las otras izquierdas del subcontinente, algunas en camino de llegar al poder con propuestas más serias, y con líderes mucho más estructurados. El fracaso peruano redundará inclusive aquí, y asistiremos otra vez a la triste lección de que ser de las mayorías excluidas de siempre no acredita por sí solo para que le suelten a alguien el manejo de un país, y que el ajuste de cuentas con los excluyentes de siempre no puede ser a costa de destruir riqueza ni instituciones; tampoco que aquel argumento de “al menos no ha robado” es muy ingenuo para castigar a los bandidos de corbata y terno (como dicen en Perú) y entregar una nación a una aventura azarosa.
En fin, este hombre con tan poco vuelo intelectual y político, con una moral muy de derecha y una ideología muy de izquierda, va a comandar la sexta economía del subcontinente, a tener un jefe en Junín, y a estar metido en el corazón de Lima, donde mandan esas castas blancas y no tan blancas que siguen añorando y viviendo ilusoriamente en el gran virreinato, y en donde los presidentes se han sentado en “la silla de Pizarro”, aunque Pizarro murió hace casi cinco siglos, y Bolívar y San Martín rompieron con él 200 años atrás, exactamente.