Se posesionó la nueva fiscal general de la Nación, Luz Adriana Camargo, y a pesar de que ya hubo una mujer en el cargo escogida en propiedad hace 13 años, y dos más, dos Marthas por cierto, que lo asumieron por encargo, dadas las circunstancias, coyunturas y procesos de hoy, lo de ella bien podría ser un punto de quiebre, y el mayor reto que asume una mujer en la historia de Colombia.
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Viviane Morales fue elegida fiscal en 2013 para desempantanar casi un año y medio de enfrentamiento y pulso entre la Corte Suprema y el segundo gobierno de Álvaro Uribe en su fase terminal. Morales no llegó al puesto tanto como jurista ni como mujer sino como cabeza de un grupo político y religioso con cierto peso en el país. Y su rápida salida dejó ver cuan frágil era aún la conciencia sobre el imperativo moral, de equidad, de corrección histórica, de mera justicia, que significaba abrir espacios de altísimo perfil para las mujeres. La portada de la revista Semana que registró su retiro (la muy reputada Semana de los López Caballero y de Alejandro Santos, no la de hoy) dejó más que claro el fuerte rezago patriarcal y los atavismos machistas de la sociedad colombiana. “Triunfó el amor”, decía el titular y se veía la foto de Viviane con su esposo, Carlos Alonso Lucio, cuyos escándalos y torcidos, viejos y nuevos, la obligaron a dimitir. Sin duda, un titular atrapado en la visión más convencional de los roles de género, cuando perfectamente podría haberse titulado “Triunfó el uribismo”, que efectivamente la quería fuera del cargo por el curso cierto que estaban tomando varias investigaciones contra miembros del Centro Democrático en su tiempo.
Algo, o mucho, tristemente, se volvió a reeditar hace menos de un mes cuando Amelia Pérez, la candidata con más opción para llegar a ser fiscal, tuvo que dimitir a su aspiración por cuenta de los trinos, viejos y nuevos, de su esposo, Gregorio Oviedo, en los que se iba con todo contra el fiscal Barbosa, defendía de frente la inocencia de Nicolás Petro, atacaba con epítetos muy fuertes, como “escoria” y “alimañas”, a distintos periodistas reconocidos, y demostraba una adscripción incondicional al petrismo. Amelia empezó a perder terreno ante la Corte en las últimas rondas de votación, y en últimas renunció en una carta en la que en últimas volvió a “triunfar el amor”, pues luego de afirmar que el proceso de elección del fiscal se había visto atravesado por opiniones ajenas a ella, también aclaraba que su decisión de retiro buscaba “dejar a salvo de todo riesgo y peligro lo más preciado que existencialmente tengo: mis hijos y mi compañero permanente de vida…”
La administración de Luz Adriana Camargo en la Fiscalía puede ser entonces ese punto de quiebre en el cual la condición femenina, y en últimas el género, deje de ser el artilugio de la equidad, la gracia, la concesión, el rasero con que se midan las ejecutorias, el lente con que se encuadren las expectativas, para pasar al segundo plano donde ya debería estar. Es un gran momento y la conjunción de sus antecedentes personales, de los institucionales, y las primeras declaraciones entregadas la semana pasada, dan un pronóstico esperanzador.
Lo primero es su origen y trayectoria en la rama judicial, que la ponen, junto a Alfonso Gómez Méndez, como la única fiscal especializada en derecho penal en la historia, pero contrario a este, sin ninguna desviación hacia la política activa en ningún momento. Comenzó desde la base, como funcionaria de un juzgado, y trabajó en la Fiscalía por 12 años, y la conoce por dentro. También puede exhibir resultados en sus trabajos dentro de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, y para la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Contrario al anterior fiscal, que salió de la Casa de Nariño directo a la Fiscalía, y por cuatro años fue imposible no pensar en que era un subordinado del presidente Duque, o al menos un amigo agradecido, lo cual confirmó día tras día, Camargo no guarda ninguna relación directa con Gustavo Petro, y aunque sí hay una cercanía con Iván Velásquez, su ministro de Defensa, parece enmarcarse estrictamente en un plano profesional y en el ámbito jurídico, con resultados importantes en el desenmascaramiento de la corrupción en otros países.
Llega a una institución que soportó a dos de los peores fiscales de la historia, ambos con libretos ocultos e intenciones escondidas, que se fueron destapando con el tiempo. Ambos tenían secretas aspiraciones políticas, y demasiados nexos con centros y personajes de poder que hacían incompatible su presencia en el cargo. Néstor Humberto Martínez no lo soportó y luego de los bochornosos y lamentables episodios del testigo Jorge Enrique Pizano, pieza clave en todo el entramado de Odebrecht, aprovechó un pretexto ideológico y moral para irse. Barbosa, de un cuero más duro, aguantó todo su periodo, pero nunca ocultó que su misión principal era entorpecer e interferir en los líos judiciales que tuviera el Centro Democrático. Al final, ya fue escandaloso el desequilibrio entre la celeridad de los procesos contra Nicolás Petro, y la lentitud en las causas contra el expresidente Uribe y sus alfiles. Y ya en el último año no pudo ocultar que estaba haciendo campaña política, quizá por la presidencia del 2026, porque perdió hasta el tono jurídico en sus intervenciones para asumir uno deliberante y proselitista.
Por eso, llama tanto a la ilusión esa primera promesa de Luz Adriana Camargo de que será una fiscal que opine poco. Por eso, también, se recibe con buena expectativa su declaración de que Martha Mancera, la fiscal que estaba encargada, y quien era de la cuerda de Barbosa, no será parte de su equipo de trabajo y no pertenece a su círculo de confianza. Así, elegante, con firmeza, pero sin agraviar, dejó un mensaje claro de que la influencia del exfiscal se acabó.
Luz Adriana Camargo puede hacer historia, por mujer, por jurista, por independiente, por los retos inmensos y la magnitud del envilecimiento y ceguera a los que llegó la política en este sin salida de uribismo o petrismo.
En cuatro años, ojalá la recordemos más por fiscal que por mujer.