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Vladdo, 40 años dándole palo al poder

17 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

El 14 de marzo de 1986, el diario La República publicó una caricatura en la que se veía a un Virgilio Barco, candidato presidencial, arrastrando con esfuerzo un carro, el de la victoria, en el que sonreían triunfantes Julio César Turbay, Samper y Santofimio; abajo, un Luis Carlos Galán perplejo y achicopalado los veía pasar. Han transcurrido 40 años, entrado y salido diez presidentes, promulgado una nueva Constitución, irrumpido un elefante en Casa de Nariño, confirmada una silla vacía y tres años de farsa en El Caguán; hubo un buen acuerdo de paz en La Habana, frenado por la ultraderecha, y luego deformado por la propia izquierda; la pregunta de quién dio la orden sigue sin respuesta por los 6.402 muchachos asesinados; lo mismo por una decena de candidatos y precandidatos baleados; estallaron bombas en aviones, en centros comerciales, en periódicos, y el hombre más peligroso del mundo terminó abatido en un techo en Medellín. Todo eso y mucho más se ha publicado en miles de caricaturas del mismo autor en estas cuatro décadas para registrar entre amarguras matizadas por humor este país tan azaroso.

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Cuarenta años de oficio cumplió Vladimir Flórez, Vladdo, el pasado 14 de marzo. Respetable y valioso este ejercicio sin pausa de memoria, de apuesta por el arte del dibujo, y por ese otro arte más complejo, elaborado y peligroso de la crítica, de la sátira política. Si se juntara en un solo libro todo lo que ha dibujado en estas cuatro décadas este joven de 62 años, nacido en Armenia, se tendría una historia comentada de Colombia bastante completa, punzante y trágica y tristemente divertida. Así, veríamos la figura de un Virgilio Barco rodeado de chispas, confuso, aturdido, indicio de un alzhéimer avanzado que nos ocultaron; veríamos a un Samper eternizado como un chanchito de alcancía, con la consecuente ranura para la entrada de plata en su lomo, y bajo el lema de “si ingresó dinero del narcotráfico a mi campaña, fue a mis espaldas”; también, la lenta y progresiva degradación del palacio presidencial en tiempos de Álvaro Uribe hacia un edificio en obra negra, medio búnker, medio fortaleza, con calaveras, manos cercenadas, con la bandera del grupo Planeta y la de Eltiempo.gov.co ondeando muy cerca de una antena satelital de RCN, Radio Casa de Nariño. Veríamos a Andrés Pastrana con un traje ostensiblemente más grande que él, y a Iván Duque siempre como un muñeco de lego, y la Casa de Nariño como una casa de juguete. A Petro, con ojos alicorados, o bien ocultos bajo unas gafas oscuras de carey, luciendo una ancha banda presidencial compartida con Armando Benedetti. Y a Duque y Petro proclamando un “Yo sepulté a la derecha”, el primero, y un “y yo la resucité”, al segundo.

Vladdo es uno de los últimos especímenes de una larga tradición de grandes caricaturistas colombianos que se puede rastrear desde la genialidad de un Ricardo Rendón, a inicios del siglo XX, verdugo de la hegemonía conservadora, y tristemente malogrado por mano propia en 1931 cuando se montaron los liberales; de un Chapete, azote del dictador Rojas Pinilla, encarcelado varias veces por ese régimen; de un Osuna que consiguió dejarnos íconos indelebles con la perra Lara, del gobierno aristócratico de López Michelsen, con la monjita boteriana, de un místico Belisario, o la jirafa desconcertada de Pablo Escobar, y de otras glorias como Caballero, Barti, Pepón, Mico, Matador, Yayo… Algunos de estos tenían una ideología partidista y terminaron sucumbiendo en la militancia. Cuando se inició la República Liberal, en 1930, el lápiz de Rendón comenzó a mostrarse mucho menos implacable y mordaz; Matador aceptó ir en la lista al Senado por el Pacto Histórico este año. El enorme Osuna nunca ha ocultado su laureanismo y luego su alvarismo. El credo político de Vladdo, a quien conozco desde hace casi los 40 años que está cumpliendo de oficio, es el de “palo pa todos”, o sea el de la eterna suspicacia hacia el poder, la desconfianza a priori con los políticos, y la conciencia de que a los dirigentes siempre hay que vigilarlos, llamarlos al orden, hacerlos responder.

Álvaro Gómez decía en un prólogo a un libro de Osuna que “la sociedad ha creado para el caricaturista un estado de privilegio que le permite agredir sin responsabilidad, insinuar sin comprobar. Esta inmunidad se considera indispensable para el ejercicio de la sátira y hoy forma parte del conjunto de garantías que constituye nuestro invaluable sistema de libertad de prensa”.

Quizá por eso, en 40 años Vladdo ha sufrido solo tres episodios claros de censura. El primero, en 1987, cuando recién estrenado en El Tiempo entregó una caricatura que llevaba el título “Amenazadas playas de Cartagena”, y un hombre anónimo comentaba: “ni que fueran jueces”. Al día siguiente salió publicada, pero le habían cambiado el comentario del personaje por “hasta dónde se mete el M-19”. Vladdo exigió que El Tiempo rectificara, y el diario aceptó, pero con la advertencia de que se quedaba sin puesto. Así fue, aunque regresó varios años después. La segunda fue en Semana, en 1995, cuando Felipe López le colgó una viñeta en la que se parodiaba la película “Duro de matar, la venganza” y la consabida foto de Bruce Willis, con un “Duro de tumbar, la vergüenza”, con la de Samper. López se comprometió a que nunca más le objetaría un trabajo y lo cumplió por 24 años, cuando Vladdo y 15 periodistas más renunciaron. Había llegado la era Gilinski.

La tercera fue el 7 de septiembre pasado, cuando tras un par de dibujos sobre Abelardo de la Espriella, uno con el peluquín de Trump y el otro con el presidente paseándose entre bolsas blancas de cadáveres, la gerencia de RCN, radio y televisión, le comunicó que su contrato se cancelaba.

Ese fue el homenaje de este gobierno del Tigre por 40 años en el oficio.

Gracias, Vladdo, por este tiempo y por esos otros cuarenta que se vienen en la revista Cambio, tu nueva trinchera.

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