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Ahora resulta que el uribismo se convirtió en una mansa paloma. Ya tiene un aliado que busca utilizar para mostrarles a los indecisos, a los “aburridos con el petrismo”, que el corazón grande aguanta una fórmula vicepresidencial de la comunidad LGBTQ+. Por lo tanto, quiere vender al recién ungido como una opción chévere, de centro, que no le come cuento a nadie.
Pero Juan Daniel Oviedo ha sido un consistente y disciplinado militante de la derecha. Es un uribista bacano, cool, lejos de la naftalina del señor caído de El Ubérrimo, o de orates como José Obdulio Gaviria, que, supongo, ya hará parte, por derecho propio, del comité asesor o de estrategia política de la candidata del uribismo, Paloma Valencia.
Y como se trata de reencauchar lo imposible, ahora la senadora Valencia, aliada de Uribe desde la cuna, resultó ecuánime, tolerante, demócrata, pluralista. En una palabra: de centro. Nada más lejos de la verdad. En su defensa casi irracional de Uribe, ha sido una guerrera de extrema derecha que ha cerrado filas y hecho caso omiso de la corrupción que carcomió a los dos gobiernos de Uribe, o del sangriento imperio paramilitar que cogobernó al país desde los tiempos de las Convivir en Antioquia, aupadas y patrocinadas por el gobernador Álvaro Uribe Vélez.
Por supuesto que su estilo no es el de la franja lunática, representada por el teletigre, Abelardo de la Espriella. Este aprendiz de caudillo fascista es histriónico, banal, con esqueletos en el clóset que salen a la luz pública a cuentagotas, y con la posibilidad real de ser un factor de poder si él o Valencia pasa a la segunda vuelta. Con lo que quedaríamos en las mismas: la extrema derecha unificada alrededor del representante de la franja lunática, o de una candidata más ponderada —por lo menos en sus modales—, pero en defensa de esos valores y acciones que nos dejaron momentos muy oscuros, como el caso de los falsos positivos, la impunidad paramilitar, o una guerra intensa y, a fin de cuentas, infructuosa. En ocho años de régimen uribista, la guerrilla de las Farc fue debilitada pero no derrotada; Raúl Reyes murió en un bombardeo en territorio ecuatoriano —con el apoyo político y de inteligencia del gobierno gringo— y, a pesar de la retórica de sus aliados y alzafuelles, dejó al país en una situación de violencia exacerbada y con mayor pobreza en los territorios.
Quedan Sergio Fajardo y Claudia López como los últimos de la fila. Será fascinante ver las maromas ideológicas que harán para no quedar por fuera del poder. Fajardo y su socio, Jorge Enrique Robledo (quemado), trataron de tomarse, en 2022, la campaña presidencial de Rodolfo Hernández por asalto, pero el finado candidato les salió más avispado de lo que pensaban y les cerró la puerta en las narices. Y López no tuvo más remedio que apoyar a Petro. ¿Harán alianza con la extrema derecha —en cualquiera de sus apellidos— con tal de no perder relevancia? Suena raro, pero en estos tiempos que corren casi todo es posible en política. Incluso que la exalcaldesa, con todo y sus profundos rencores hacia el presidente, termine en las toldas de Cepeda. Y Fajardo de pronto viendo focas en la Antártida. No sería para menos.
